La endogamia, la excusa que divide la llegada de migrantes a Ceuta
En cuestión de horas, la noticia de comportamientos extraños entre personas llegadas a Ceuta ha disparado un aluvión de teorías. La más visible, sin un solo estudio que la respalde, es la endogamia. Pero hay más: enfermedades olvidadas, trastornos mentales, consumo de sustancias, un supuesto plan del Gobierno jovenlandés para deshacerse de su población marginal y hasta una conspiración para explotar el Estado del bienestar.
Los hechos, de momento, son mínimos. Se sabe que un grupo de migrantes joven llegados en los últimos días ha protagonizado episodios que algunos describen como erráticos. La ausencia de una explicación oficial ha dejado la puerta abierta a interpretaciones de todo tipo. Ninguna contrastada.
La teoría de la endogamia, el gran comodín
La referencia más citada es el último Habsburgo, Carlos II (1661-1700), como paradigma de degeneración física y mental por los cruces entre parientes. Quienes defienden esa lectura sostienen que siglos de matrimonios consanguíneos en algunas zonas del Berebere explicarían conductas que no tienen otra definición. El problema: no hay ningún dato sanitario que vincule los episodios de Ceuta con un patrón genético. La endogamia existe, pero atribuirle un brote de conductas extrañas sin estudios es pura especulación.
Otras hipótesis recurren a la caricatura del consumo de “pegamento en bolsas”, un lugar común sobre jóvenes que viven en la calle. Hay quien rescata las bandas tcharmil, documentadas en Jovenlandia al menos desde 2015, para explicar un supuesto perfil violento importado a España. Y no falta el comentario que lo reduce a un episodio de estrés: “el propio de los científicos de alto nivel”, ironiza una intervención, restándole dramatismo.
El coste para el bolsillo y la acusación a Rabat
El debate no tarda en virar hacia lo económico. “España les mantiene y el negocio les sale redondo”, resume una de las intervenciones. El argumento es simple: la acogida de personas sin recursos carga sobre la sanidad pública, la educación y los servicios sociales, mientras Jovenlandia se ahorra el coste de gestionar a su propia población más vulnerable. Algunos van más lejos: sostienen que el Gobierno de Mohamed VI utiliza la presión migratoria para “quitarse de encima a delincuentes y enfermos”. Esa versión, repetida en redes, no tiene prueba documental que la respalde, pero alimenta la sospecha de que Ceuta es el vertedero del país vecino.
Lo cierto es que cada llegada masiva a la ciudad autónoma reaviva el mismo guion. Primero el impacto; luego la sospecha de un origen biológico o social; por último, la acusación al Gobierno español de gestión blanda. Los comentarios analizados reflejan esa evolución en pocas horas.
La lectura que descoloca
Entre tanto ruido, una explicación incómoda gana peso: los comportamientos extraños, de confirmarse, tienen más que ver con las condiciones de vida que con la biología. Personas que cruzan la frontera tras días de espera, sin asistencia, sin hogar ni expectativas, no necesitan endogamia para mostrar desesperación. Como apunta un comentario, “los jóvenes españoles, si no fuera por el móvil, harían lo mismo”. El episodio sigue abierto: sin diagnóstico oficial, sin estudios y sin explicación sanitaria. Mientras tanto, la endogamia funciona como chivo expiatorio perfecto. Demuestra poco, pero tranquiliza mucho.