Richard Coker: «He acortado la vida de decenas de pacientes»

RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

El doctor Richard Coker ha culminado casi 45 años de ejercicio con una confesión que le puede costar la cárcel: administró altas dosis de morfina a decenas de enfermos terminales para acelerar su muerte. Tenía 26 años cuando lo hizo por primera vez, en una noche de invierno con el hospital St. Mary's de Londres desbordado de ingresos por gripe.

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Anka Motz

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Durante 45 años, este médico británico administró altas dosis de morfina a decenas de enfermos terminales para poner fin a su sufrimiento. Ya jubilado, lo revela todo en un libro por el que podría acabar en la cárcel. Un riesgo que está dispuesto a correr. Su objetivo: cambiar el modo en que se lidia hoy con el dolor y con procedimientos tan polémicos como la gloria asistida.

Richard Coker, un médico jubilado que ejerció durante casi 45 años, tenía 26 cuando acabó con la vida a su primer paciente. Era una noche de invierno, época de gripe, y el hospital donde trabajaba, St. Mary's, en Londres, estaba abarrotado. A pesar de su juventud, esa noche era el doctor de mayor rango en medicina interna y el responsable de encontrar camas para los nuevos pacientes. Ese día había tantos ingresos que lo enviaron a Urgencias para ayudar. Allí le tocó atender a un hombre frágil, de 65 años, al que cuatro años antes le habían diagnosticado fibrosis pulmonar idiopática, una enfermedad crónica que le dificultaba enormemente la respiración.


«Habían cerrado las cortinas a su alrededor —dice Coker, ahora con 65 años—. Estaban con él sus descendientes y su esposa, que estaba desencajada. Él estaba en estado crítico, aterrorizado. Y no podía expresar lo asustado que estaba. Sabía que, por la naturaleza de su enfermedad, no le quedaba mucho tiempo y que su situación solo empeoraría pogre».

Para que llegara oxígeno a sus pulmones, prosigue Coker, permanecía en la cama sentado en lugar de acostado, respirando unas 40 veces por minuto, en comparación con las 12 que normalmente realiza un ser humano. El esfuerzo era agotador.

«No digo que no exista el abuso de la diamorfina. Lo que me pregunto es: ¿cómo logramos que la atención se centre en los beneficios en lugar de en los abusos?»

«
Yo era joven, pero ya tenía bastante experiencia. Trabajaba 120 horas a la semana. Ves a mucha gente muy enferma. Y este caso era evidente. No era un pronóstico incierto. Iba a morir en uno, dos, tres días como máximo. Y su familia estaba desesperada. Así que le puse una infusión de diamorfina (un potente derivado de la morfina para aliviar dolores extremos) y, en una o dos horas, se calmó y su familia se relajó. Falleció dos horas después. El tratamiento fue sencillo. Y no me pareció una decisión difícil, porque era claramente lo que su esposa y su familia querían».

Le dijeron eso? «Su esposa no me dijo: '¿Pueden cancelar?'. Dijo: 'Está sufriendo muchísimo. No puedo imaginar lo que está pasando. Es terrible. Todo es terrible'. Así que fue muy directo. Pero también pensé que ahora otro paciente podría usar la cama que había desocupado. Uno toma decisiones».

«El temor a la gloria me perturba»​

En 1999, Coker se incorporó a la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres como investigador, luego como profesor, y hoy es investigador en salud pública y trabaja por todo el mundo. Hace unos años asesoró a los abogados del editor de WikiLeaks, Julian Assange, sobre los riesgos médicos del encarcelamiento. Vive con su segunda esposa en Bangkok (Tailandia), pero nos recibe en el jardín de la casa de su hermana en Oxford, donde ha llegado de visita en vísperas de la publicación de su nuevo libro, Timor mortis: cómo convivimos con la gloria (editado solo en inglés por New Modern Arcade).

Su título proviene de un poema del siglo XV cuyo último verso, Timor mortis conturbat me, significa 'el miedo a la gloria me perturba'. Casi seis siglos después a él también le ocurre, pero se niega a dejarse intimidar. Su libro examina la gloria desde todos los ángulos, desde epidemias y ejecuciones hasta el duelo y el olvido. Incluso incorpora un capítulo sobre «la compleja relación entre el sesso y la gloria».

Pero lo que más impacta es su honestidad desde la primera línea, no porque Coker fuera un médico atípico e inconformista, sino justamente porque no lo era. «Todos los buenos médicos han practicado la eustaquia; solo que ahora sentimos la necesidad de regularla», escribe.

¿Y era un buen médico?, le pregunto. «Sí. Habría sido un mal médico si no lo hubiera hecho. Habría sido inhumano».

¿Qué habría pasado, le pregunto, si la esposa de su paciente le hubiera dicho que mantuviera a su marido con vida a toda costa? «Muy buena pregunta», admite. Y me remite al caso de un paciente —no suyo—con sida en 1994, un hombre moribundo cuya esposa prometió que jamás le diría a un médico que lo dejara morir. «Según mi interpretación —explica Coker—, los médicos no tuvieron una conversación con ella que abordara el problema fundamental».

«Esos millonarios que quieren vivir para siempre han perdido la cabeza. Es cosa suya, pero están engañando a mucha gente que cree que se puede alargar la vida fácilmente»


En 1985, al año de graduarse, Coker atendió a su primer paciente con sida. «Quedé conmocionado, pavor e intrigado». Pocos años después se especializó en VIH. La esperanza de vida de un paciente con sida entonces era de unos dos años y el sufrimiento aumentaba al acercarse el final.

Con frecuencia les daba a los pacientes y a sus parejas suficiente morfina para llevar a casa. Hablaba con ellos: 'Si creen que está sufriendo mucho, puede tomar más. No se va a volver adicto', que era lo que les preocupaba. 'Si toman mucha más, su respiración se ralentizará y, finalmente, dejarán de respirar'. Estaba seguro de que los pacientes dirían: 'Necesito más. Solo denme más'. Así que siempre me aseguraba de darles

El médico jubilado establece aquí una distinción entre eustaquia y gloria asistida. Con sus pacientes terminales practicaba la segunda. Con el hombre de 65 años con fibrosis pulmonar, la primera. ¿Cuántas veces a lo largo de su carrera administró él mismo morfina y acortó vidas? «Bastantes». ¿Decenas? ¿Cientos de veces? «Decenas».

Sorprende su calma, su sinceridad. Al fin y al cabo, explica, muy poca gente reconoce que la gloria asistida y la eustaquia siempre han sido prácticas habituales de los médicos. «Es extraordinario, pero hay una razón por la que no quieren sacar el tema a colación: el temor a acciones legales».

No es una sombra teórica. Varios médicos han sido juzgados por aplicar sedaciones paliativas o eutanasias en países como España, Países Bajos, Bélgica, Francia, Estados Unidos o Canadá, aunque tan solo uno ha sido condenado: el norteamericano Jack Kevorkian, allá por 1999, justamente el caso que impulsó el debate sobre el 'quitarse la vida asistido' y los límites de las sedaciones paliativas.

Un médico contra los suyos...
En el Reino Unido, en 2018, un panel independiente informó de que al menos 456 personas fallecieron entre 1989 y 2000 tras recibir analgésicos potentes de forma inapropiada en el hospital de Gosport, en Hampshire. La Policía investigó 101 casos, pero en 2025, tras ocho años de investigación, se afirmó que no se habían presentado cargos porque los casos no cumplían con suficientes requisitos probatorios para un enjuiciamiento penal.

No estoy diciendo que no exista el abuso de la diamorfina», admite Coker, pero para él el problema es otro. «Lo que realmente me pregunto es: ¿cómo logramos que la atención se centre en los beneficios en lugar de en los abusos?».

Para Coker, la responsabilidad de la insuficiente atención al dolor en los pacientes terminales se debe «en esencia a una pésima gestión por parte de los médicos especialistas».

A pesar de ser uno de ellos, Coker no parece ser un gran admirador de su propia profesión. Para empezar, critica el perfil de los candidatos a médicos. En su opinión, la selección ha favorecido tradicionalmente a las personas con predominio del hemisferio izquierdo, orientadas a objetivos, en lugar de a las de predominio del hemisferio derecho, que son mejores para el pensamiento global y la interpretación de las señales emocionales.


Cree Doker que el primer contacto de un estudiante de medicina con un cadáver (de tonalidad verde amarillento por el formaldehído) en una clase de Anatomía forma parte de un proceso de adoctrinamiento que fomenta la distancia emocional con respecto al sufrimiento. Coker insiste, a partir de ahí, en una «pésima gestión por parte de los médicos especialistas». De hecho, califica algunos de sus primeros encuentros con cirujanos como aterradores.

Una vez estaba anestesiando a una paciente cuando hacía mis prácticas, una mujer que iba a someterse a una cirugía de mama, entró el cirujano y me dijo: '¡Date prisa!'. Le clavó el bisturí en el pecho mientras se quedaba dormida. Se lo conté a mi jefe y, en lugar de decir: 'Obviamente, ese hombre es un bruto y no debería estar operando', me dijo: 'Sí, es así. Es terrible. Nos aseguraremos de que no tengas que volver a trabajar con él'».

Coker me cuenta otra historia. Tenía 23 años, era médico recién graduado y llevaba tres meses trabajando con un cirujano vascular. «Una señora de 95 años llegó con insuficiencia arterial en la pierna y querían amputársela». Preocupada, su nieta fue a verlo. Coker le dijo que era una decisión difícil porque, para su edad, aún gozaba de una buena calidad de vida, pero ¿cómo se las arreglaría en sus últimos años con una sola pierna? Aquel cirujano, viene a explicar Coker, miraba solo la pierna en lugar de a la paciente en su integridad.

El médico jubilado dice que las personas, y sobre todo las instituciones, suelen pasar por alto los aspectos importantes relacionados con la gloria. En su libro expresa una indignación sin contemplaciones ante la obsesión del siglo XXI con la longevidad, especialmente entre los hombres megarricos. Menciona al multimillonario tecnológico Bryan Johnson, de 48 años, protagonista del documental de Netflix No mueras: el hombre que quiere vivir para siempre.

Se pone un anillo en el […] para comprobar si tiene erecciones por la noche —se burla Coker—. Han perdido la cabeza. Es cosa suya, claro, pero están engañando a muchísima gente que cree que se puede alargar la vida fácilmente».

El peligro de las vitaminas​

Coker también desdeña los suplementos vitamínicos y otros productos similares cada vez más consumidos. A diferencia de los medicamentos, no están regulados. Algo que se debe, le digo, a que, aunque no sean beneficiosos, tampoco son perjudiciales. Coker no está de acuerdo.

«Son perjudiciales porque alteran la relación que tenemos con nuestro cuerpo, la relación con los médicos y, en última instancia, la relación con la ciencia, que se basa en la evidencia».

Su libro Timor mortis... arrancó hace tres años como un extenso ensayo dirigido a explicarles a los dos descendientes de su primer matrimonio (con una médica) su forma de ser. La conclusión de su tesis es que el planeta y la evolución requieren que todos muramos y seamos reemplazados, y que la gloria puede ayudar a dar valor y sentido a la vida.

Me cuenta, sin embargo, que la pasada madrugada lo han despertado pensamientos sobre su propia mortalidad. ¿Acaso escribir el libro no le ha servido de nada? «Oh, sí que ha servido. Empecé a escribir sobre cómo superé mi miedo a la gloria. Y entonces me di cuenta de que, en realidad, no lo he superado. Simplemente lo he aceptado».

Y no le preocupa que, al publicar el libro, la Policía investigue la gloria de su paciente de 65 años ocurrida hace cuatro décadas? «No lo creo —replica—. Y, si lo hacen, espero que muchos médicos salgan y me apoyen en lugar de esconderse». ¿Como esa escena de Espartaco?, le comento. «Sí. Espero ser Espartaco o, mejor dicho, espero que todos los demás lo sean».


https://www.elcorreo.com/xlsemanal/...quia-gloria-asistida-20260810140341-ntrc.html



Bueno.
Por aquí se sedan a enfermos terminales...
 
Más sobre: Eutanasia
Hay que sacar los 58.000.000.000 del déficit de las pensiones de la seguridad social de algún sitio ¿Verdad?

Si todo era tan justo, legal y ético ¿Por qué no consultó a los familiares si les parecía bien darle morfina para cancelar? Planteándolo en términos claros
 
Jugando a ser Dios. Y orgulloso. Seguro seguro seguro que ninguno de los que "medicó" tenía ninguna posibilidad de sobrevivir. Eran todo casos más allá de lo terminal.

Cuánta gente suelta se cree dueña de la verdad absoluta y cuánto les gusta decidir sobre la vida de otras personas. Condescendencia disfrazada de virtud.
 
Trabajaba 120 horas a la semana. 120 / 5 = 24 120 / 7 = 17 roto2

Estaría 120 horas a la semana en el hospital y me parece mucho aunque no sé como funciona el sistema sanitario en UK.

Hay que reconocer que el tío era un genio, te faltan camas pues te cargas pacientes y arreglao, y si no os gusta haver eztudiao.

Ya hubo otro dr. en UK que hacía lo mismo pero ese con todo tipo de personas, lógicamente levantó sospechas que gente con patologías que no eran graves muriera sin esplicación aparente.

En realidad ambos son iguales, la diferencia es que uno se justifica como que hace un "bien" y el otro lo haría porque sí.

Y siempre ponen el típico peor caso de ejemplo.
Y también hubo un celador aqui en España, y una enfermera en un hospital, y la de casos que no se sabrán.
 
En estos momentos mi suegra esta así, terminal de cáncer con muchísimo dolor , los médicos la tienen con morfina en estado dormido ligero, pero estan instando a sus hijas para aumentar la dosis de morfina y que fallezca, es tremenda la situación y la decisión muy delicada ....yo no puedo dar mi opinión pero mi mujer es partidaria de solo dejarle la cantidad de morfina necesaria para q muera por sí sola.
 
Trabajaba 120 horas a la semana. 120 / 5 = 24 120 / 7 = 17 roto2

Estaría 120 horas a la semana en el hospital y me parece mucho aunque no sé como funciona el sistema sanitario en UK.

Hay que reconocer que el tío era un genio, te faltan camas pues te cargas pacientes y arreglao, y si no os gusta haver eztudiao.

Ya hubo otro dr. en UK que hacía lo mismo pero ese con todo tipo de personas, lógicamente levantó sospechas que gente con patologías que no eran graves muriera sin esplicación aparente.

En realidad ambos son iguales, la diferencia es que uno se justifica como que hace un "bien" y el otro lo haría porque sí.

Y siempre ponen el típico peor caso de ejemplo.
Y también hubo un celador aqui en España, y una enfermera en un hospital, y la de casos que no se sabrán.
Así es como nos meten toda la ideología, con casos límite, en la peor situación posible, que además son los menos frecuentes. Caso de estudio el tema del aborto: cuando se introdujo el aborto, parecía como si solo existiesen abusa y complicaciones del parto graves en todos los casos de aborto. Cuando se traga con eso, todo lo demás entra fácilmente: el aborto ahora es libre, gratuito, sin explicaciones y con cada vez más tiempo de plazo para hacerlo ( en algunos sitios ya se está planteando la idea de aborto de un niño que ya ha nacido ). No se puede ceder ni un solo milímetro porque si les das la mano te cogen el brazo. Y ahora solo falta que venga un intelectual a mentarnos la falacia de la pendiente resbaladiza.
 
Para enfermos terminales con alto grado de dolor es lo mejor, por más creencias que se tengan. Si alguien se encontrase en esa situación, probablemente pediría dosis altas de fentanilo para no pasar los últimos días agonizando sin motivo. Sufrir para nada no tiene sentido.

De hecho soy partidario de que en esos estados se permitiese a los enfermos disfrutar de todo tipo de drojas recreativas para aliviar su estado y permitir tener esa experiencia cuando las consecuencias ya no importan.

Diferente sería hacerlo en otros casos, terminales pero sin dolor o con posibilidades de cura.
 
aquí en España se hace, a la chita callando por supuesto. Y mejor que lo hagan, porque si no un enfermo terminal se puede llevar semanas o meses, muchas veces sufriendo y consumiendo ingentes recursos médicos y la sarracena familiar.
 
Me habría gustado vivir en un mundo donde los sanos puntos medios se impusiesen.

Lamentablemente, los que predijieron en este foro lo que de verdad acaerraría la eustaquia han acertado de lleno.
 
Hay que sacar los 58.000.000.000 del déficit de las pensiones de la seguridad social de algún sitio ¿Verdad?

Si todo era tan justo, legal y ético ¿Por qué no consultó a los familiares si les parecía bien darle morfina para cancelar? Planteándolo en términos claros
Porque quería esa cama ...
 
Pobrecico, solo quiere lo mejor para el paciente...

Si asi fuera como han dicho antes, que lo consulte con la familia. ¿Quién es este señor para decidir si te vale la pena vivir o morir?

Y ese tono de padre coraje en la entrevista.. lamentable

Entonces, si ahora en su retiro dorado la tailandesa decide que esta sufriendo mucho y que le sobran millones lo aceptará por coherencia, digo yo
 
Todo un faro en la oscuridad este portento.
La medicina alopática no sirve más que para cirugías que reparan huesos o articulaciones rotas por un accidente particular. Para todo lo demás, a mi juicio, no resulta adecuada.
 
Mata a sus pacientes, pero le preocupa que los mismos tomen vitaminas porque es peligroso

Según este señor tomar vitaminas:

«Son perjudiciales porque alteran la relación que tenemos con nuestro cuerpo, la relación con los médicos y, en última instancia, la relación con la ciencia, que se basa en la evidencia».

Linus Pauling y otros muchos otros discrepan de esa “explicación “.

Este señor tan pretencioso no es nadie para decidir por la familia o por uno mismo el momento de morir ( y lo digo yo que prefiero el descabello a vivir echenique style).

Me caía mejor su hermano Joe Cooker el cantante, jejjeejje.
 
Última edición:
Durante 45 años, este médico británico administró altas dosis de morfina a decenas de enfermos terminales para poner fin a su sufrimiento. Ya jubilado, lo revela todo en un libro por el que podría acabar en la cárcel. Un riesgo que está dispuesto a correr. Su objetivo: cambiar el modo en que se lidia hoy con el dolor y con procedimientos tan polémicos como la gloria asistida.

Richard Coker, un médico jubilado que ejerció durante casi 45 años, tenía 26 cuando acabó con la vida a su primer paciente. Era una noche de invierno, época de gripe, y el hospital donde trabajaba, St. Mary's, en Londres, estaba abarrotado. A pesar de su juventud, esa noche era el doctor de mayor rango en medicina interna y el responsable de encontrar camas para los nuevos pacientes. Ese día había tantos ingresos que lo enviaron a Urgencias para ayudar. Allí le tocó atender a un hombre frágil, de 65 años, al que cuatro años antes le habían diagnosticado fibrosis pulmonar idiopática, una enfermedad crónica que le dificultaba enormemente la respiración.


«Habían cerrado las cortinas a su alrededor —dice Coker, ahora con 65 años—. Estaban con él sus descendientes y su esposa, que estaba desencajada. Él estaba en estado crítico, aterrorizado. Y no podía expresar lo asustado que estaba. Sabía que, por la naturaleza de su enfermedad, no le quedaba mucho tiempo y que su situación solo empeoraría pogre».

Para que llegara oxígeno a sus pulmones, prosigue Coker, permanecía en la cama sentado en lugar de acostado, respirando unas 40 veces por minuto, en comparación con las 12 que normalmente realiza un ser humano. El esfuerzo era agotador.

«No digo que no exista el abuso de la diamorfina. Lo que me pregunto es: ¿cómo logramos que la atención se centre en los beneficios en lugar de en los abusos?»

«
Yo era joven, pero ya tenía bastante experiencia. Trabajaba 120 horas a la semana. Ves a mucha gente muy enferma. Y este caso era evidente. No era un pronóstico incierto. Iba a morir en uno, dos, tres días como máximo. Y su familia estaba desesperada. Así que le puse una infusión de diamorfina (un potente derivado de la morfina para aliviar dolores extremos) y, en una o dos horas, se calmó y su familia se relajó. Falleció dos horas después. El tratamiento fue sencillo. Y no me pareció una decisión difícil, porque era claramente lo que su esposa y su familia querían».

Le dijeron eso? «Su esposa no me dijo: '¿Pueden cancelar?'. Dijo: 'Está sufriendo muchísimo. No puedo imaginar lo que está pasando. Es terrible. Todo es terrible'. Así que fue muy directo. Pero también pensé que ahora otro paciente podría usar la cama que había desocupado. Uno toma decisiones».

«El temor a la gloria me perturba»​

En 1999, Coker se incorporó a la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres como investigador, luego como profesor, y hoy es investigador en salud pública y trabaja por todo el mundo. Hace unos años asesoró a los abogados del editor de WikiLeaks, Julian Assange, sobre los riesgos médicos del encarcelamiento. Vive con su segunda esposa en Bangkok (Tailandia), pero nos recibe en el jardín de la casa de su hermana en Oxford, donde ha llegado de visita en vísperas de la publicación de su nuevo libro, Timor mortis: cómo convivimos con la gloria (editado solo en inglés por New Modern Arcade).

Su título proviene de un poema del siglo XV cuyo último verso, Timor mortis conturbat me, significa 'el miedo a la gloria me perturba'. Casi seis siglos después a él también le ocurre, pero se niega a dejarse intimidar. Su libro examina la gloria desde todos los ángulos, desde epidemias y ejecuciones hasta el duelo y el olvido. Incluso incorpora un capítulo sobre «la compleja relación entre el sesso y la gloria».

Pero lo que más impacta es su honestidad desde la primera línea, no porque Coker fuera un médico atípico e inconformista, sino justamente porque no lo era. «Todos los buenos médicos han practicado la eustaquia; solo que ahora sentimos la necesidad de regularla», escribe.

¿Y era un buen médico?, le pregunto. «Sí. Habría sido un mal médico si no lo hubiera hecho. Habría sido inhumano».

¿Qué habría pasado, le pregunto, si la esposa de su paciente le hubiera dicho que mantuviera a su marido con vida a toda costa? «Muy buena pregunta», admite. Y me remite al caso de un paciente —no suyo—con sida en 1994, un hombre moribundo cuya esposa prometió que jamás le diría a un médico que lo dejara morir. «Según mi interpretación —explica Coker—, los médicos no tuvieron una conversación con ella que abordara el problema fundamental».

«Esos millonarios que quieren vivir para siempre han perdido la cabeza. Es cosa suya, pero están engañando a mucha gente que cree que se puede alargar la vida fácilmente»


En 1985, al año de graduarse, Coker atendió a su primer paciente con sida. «Quedé conmocionado, pavor e intrigado». Pocos años después se especializó en VIH. La esperanza de vida de un paciente con sida entonces era de unos dos años y el sufrimiento aumentaba al acercarse el final.

Con frecuencia les daba a los pacientes y a sus parejas suficiente morfina para llevar a casa. Hablaba con ellos: 'Si creen que está sufriendo mucho, puede tomar más. No se va a volver adicto', que era lo que les preocupaba. 'Si toman mucha más, su respiración se ralentizará y, finalmente, dejarán de respirar'. Estaba seguro de que los pacientes dirían: 'Necesito más. Solo denme más'. Así que siempre me aseguraba de darles

El médico jubilado establece aquí una distinción entre eustaquia y gloria asistida. Con sus pacientes terminales practicaba la segunda. Con el hombre de 65 años con fibrosis pulmonar, la primera. ¿Cuántas veces a lo largo de su carrera administró él mismo morfina y acortó vidas? «Bastantes». ¿Decenas? ¿Cientos de veces? «Decenas».

Sorprende su calma, su sinceridad. Al fin y al cabo, explica, muy poca gente reconoce que la gloria asistida y la eustaquia siempre han sido prácticas habituales de los médicos. «Es extraordinario, pero hay una razón por la que no quieren sacar el tema a colación: el temor a acciones legales».

No es una sombra teórica. Varios médicos han sido juzgados por aplicar sedaciones paliativas o eutanasias en países como España, Países Bajos, Bélgica, Francia, Estados Unidos o Canadá, aunque tan solo uno ha sido condenado: el norteamericano Jack Kevorkian, allá por 1999, justamente el caso que impulsó el debate sobre el 'quitarse la vida asistido' y los límites de las sedaciones paliativas.

Un médico contra los suyos...
En el Reino Unido, en 2018, un panel independiente informó de que al menos 456 personas fallecieron entre 1989 y 2000 tras recibir analgésicos potentes de forma inapropiada en el hospital de Gosport, en Hampshire. La Policía investigó 101 casos, pero en 2025, tras ocho años de investigación, se afirmó que no se habían presentado cargos porque los casos no cumplían con suficientes requisitos probatorios para un enjuiciamiento penal.

No estoy diciendo que no exista el abuso de la diamorfina», admite Coker, pero para él el problema es otro. «Lo que realmente me pregunto es: ¿cómo logramos que la atención se centre en los beneficios en lugar de en los abusos?».

Para Coker, la responsabilidad de la insuficiente atención al dolor en los pacientes terminales se debe «en esencia a una pésima gestión por parte de los médicos especialistas».

A pesar de ser uno de ellos, Coker no parece ser un gran admirador de su propia profesión. Para empezar, critica el perfil de los candidatos a médicos. En su opinión, la selección ha favorecido tradicionalmente a las personas con predominio del hemisferio izquierdo, orientadas a objetivos, en lugar de a las de predominio del hemisferio derecho, que son mejores para el pensamiento global y la interpretación de las señales emocionales.


Cree Doker que el primer contacto de un estudiante de medicina con un cadáver (de tonalidad verde amarillento por el formaldehído) en una clase de Anatomía forma parte de un proceso de adoctrinamiento que fomenta la distancia emocional con respecto al sufrimiento. Coker insiste, a partir de ahí, en una «pésima gestión por parte de los médicos especialistas». De hecho, califica algunos de sus primeros encuentros con cirujanos como aterradores.

Una vez estaba anestesiando a una paciente cuando hacía mis prácticas, una mujer que iba a someterse a una cirugía de mama, entró el cirujano y me dijo: '¡Date prisa!'. Le clavó el bisturí en el pecho mientras se quedaba dormida. Se lo conté a mi jefe y, en lugar de decir: 'Obviamente, ese hombre es un bruto y no debería estar operando', me dijo: 'Sí, es así. Es terrible. Nos aseguraremos de que no tengas que volver a trabajar con él'».

Coker me cuenta otra historia. Tenía 23 años, era médico recién graduado y llevaba tres meses trabajando con un cirujano vascular. «Una señora de 95 años llegó con insuficiencia arterial en la pierna y querían amputársela». Preocupada, su nieta fue a verlo. Coker le dijo que era una decisión difícil porque, para su edad, aún gozaba de una buena calidad de vida, pero ¿cómo se las arreglaría en sus últimos años con una sola pierna? Aquel cirujano, viene a explicar Coker, miraba solo la pierna en lugar de a la paciente en su integridad.

El médico jubilado dice que las personas, y sobre todo las instituciones, suelen pasar por alto los aspectos importantes relacionados con la gloria. En su libro expresa una indignación sin contemplaciones ante la obsesión del siglo XXI con la longevidad, especialmente entre los hombres megarricos. Menciona al multimillonario tecnológico Bryan Johnson, de 48 años, protagonista del documental de Netflix No mueras: el hombre que quiere vivir para siempre.

Se pone un anillo en el […] para comprobar si tiene erecciones por la noche —se burla Coker—. Han perdido la cabeza. Es cosa suya, claro, pero están engañando a muchísima gente que cree que se puede alargar la vida fácilmente».

El peligro de las vitaminas​

Coker también desdeña los suplementos vitamínicos y otros productos similares cada vez más consumidos. A diferencia de los medicamentos, no están regulados. Algo que se debe, le digo, a que, aunque no sean beneficiosos, tampoco son perjudiciales. Coker no está de acuerdo.

«Son perjudiciales porque alteran la relación que tenemos con nuestro cuerpo, la relación con los médicos y, en última instancia, la relación con la ciencia, que se basa en la evidencia».

Su libro Timor mortis... arrancó hace tres años como un extenso ensayo dirigido a explicarles a los dos descendientes de su primer matrimonio (con una médica) su forma de ser. La conclusión de su tesis es que el planeta y la evolución requieren que todos muramos y seamos reemplazados, y que la gloria puede ayudar a dar valor y sentido a la vida.

Me cuenta, sin embargo, que la pasada madrugada lo han despertado pensamientos sobre su propia mortalidad. ¿Acaso escribir el libro no le ha servido de nada? «Oh, sí que ha servido. Empecé a escribir sobre cómo superé mi miedo a la gloria. Y entonces me di cuenta de que, en realidad, no lo he superado. Simplemente lo he aceptado».

Y no le preocupa que, al publicar el libro, la Policía investigue la gloria de su paciente de 65 años ocurrida hace cuatro décadas? «No lo creo —replica—. Y, si lo hacen, espero que muchos médicos salgan y me apoyen en lugar de esconderse». ¿Como esa escena de Espartaco?, le comento. «Sí. Espero ser Espartaco o, mejor dicho, espero que todos los demás lo sean».


https://www.elcorreo.com/xlsemanal/...quia-gloria-asistida-20260810140341-ntrc.html



Bueno.
Por aquí se sedan a enfermos terminales...
"Trabajaba 120 horas a la semana. Ves a mucha gente muy enferma."

Trabajando 6 días a la semana sería vivir en el hospital y dedicar 4 horas al día a dormir, desayunar, comer, cenar y asearse. Pero sin problema, que aún tienes el domingo para descansar.

O es una exageración, o es un embaucador o alguien con problemas mentales. Pero es quien decide quién está enfermo y quién no, quién debe morir al margen de la ley y quién no. Yo propongo que le apliquen su propia medicina, y que lo decida alguien que trabaje 500 horas a la semana (si el médico mete a 7 pacientes en la consulta y los pone a hablar al unísono y les lanza entremedias píldoras, pues puede puntuar x7 en tiempo y hacer más de 24 horas extra al día).

"Falleció dos horas después. El tratamiento fue sencillo. Y no me pareció una decisión difícil, porque era claramente lo que su esposa y su familia querían». Le dijeron eso? «Su esposa no me dijo: '¿Pueden cancelar?'. Dijo: 'Está sufriendo muchísimo. No puedo imaginar lo que está pasando. Es terrible. Todo es terrible'. Así que fue muy directo. Pero también pensé que ahora otro paciente podría usar la cama que había desocupado. Uno toma decisiones".
Mucho cuidado con lo que dicen delante de médicos siendo pacientes o acompañantes, porque las palabras se pueden retorcer fácilmente en una mente retorcida de médico que "trabaja 120 h a la semana". Porque al final todos somos números y camas que desalojar.

Los que están a favor de la eustaquia cuando es la suya propia me parece perfecto siempre que lo dejen por escrito en un documento legal y dejen a los demás en paz. En otro caso deben saber la diferencia entre eustaquia consentida y no consentida. La eustaquia pasiva no consentida es una forma de limpiar camas de material defectuoso. Los pro-eustaquia son manipulados para aceptar la eustaquia a través de ejemplos de personas que sufren dolores terribles o llevan décadas paralizados (como en "mar adentro") pero no son conscientes de que están siendo manipulados para aceptar el protocolo elbichito de ayuso (solo que gobernando la pesoe y con otras enfermedades distintas).

Yo quiero que alguien me explique la diferencia conceptual entre los protocolos de la gloria elbichitoiana con ayuso en madrid (y con otros en otras CCAA) y las actividades de este médico que se cree superior a los demás médicos.
 

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