Ricos lonchafinistas: el arte de no soltar un euro aunque sobre
Hay una escena que se repite en las casas donde el dinero no es un problema y, precisamente por eso, se comportan como si lo fuera. Un chaval de 13 años vuelve a casa de un amigo al que no veía desde que el amigo se mudó a Estados Unidos. La familia del amigo es propietaria de edificios enteros, sale en los periódicos y tiene patrimonio para que sus bisnietos vivan sin trabajar. La víspera del viaje de vuelta, avisan al padre: no hay casi nada para comer, solo tortilla francesa. El chaval acepta porque le hace ilusión ver al compañero. Al recogerle, el padre ve a la abuela, octogenaria, limpiando la cocina con cara de cansancio. A él no le ofrecen ni una cerveza. Y su hijo le cuenta que en la nevera había una pizza precocinada que quedó reservada para la cena familiar.
El episodio, contado en un foro de consumo responsable, ha generado una discusión que va mucho más allá de una tortilla. Porque el fenómeno tiene nombre:
lonchafinismo, la práctica de gastar lo mínimo incluso cuando no hace falta. Y no es exclusivo de ricos excéntricos. Es un patrón que aparece en médicos con consulta privada, en empresarios que empezaron de cero y en herederos que nunca han trabajado.
Qué es el lonchafinismo y por qué no es lo mismo que ser pobre
El término circula con naturalidad entre quienes observan estos comportamientos. La primera explicación que surge es la obvia: son ricos porque no gastan. Pero esa lectura se cae rápido. Ahorrarse dos pizzas no construye un patrimonio inmobiliario. Lo que hay detrás es otra cosa: una
mentalidad que confunde la frugalidad con la tacañería y que, en el caso descrito, roza el desprecio social. El padre del chaval lo interpreta así: «No me voy a gastar ni el dinero de una hamburguesa a domicilio en tu hijo». Es decir, no es
ahorro, es jerarquía.
La investigación académica sobre millonarios apunta en otra dirección. El libro
El millonario de la puerta de al lado, citado en la conversación, documenta dos décadas de estudio sobre cómo se construyen y se mantienen las fortunas. Sus autores esperaban encontrar a gente derrochadora a la que vender artículos de lujo. Encontraron lo contrario: perfiles frugales que viven muy por debajo de sus posibilidades, compran coches de segunda mano y esperan la oportunidad adecuada para gastar. La diferencia con el caso de la tortilla es que la frugalidad se aplica a uno mismo, no a los invitados.
Los casos que circulan: bolsitas de té reutilizadas y latas de refresco a medias
El repertorio de anécdotas que se acumula en la conversación es amplio. Un médico ginecólogo, jefe de departamento en la sanidad pública y con consulta privada, reutilizaba las bolsitas de infusión: las secaba para usarlas una o dos veces más. Un alergólogo con un patrimonio considerable se bebía una lata de refresco en dos sesiones, media para comer y media para cenar, y guardaba la mitad con un artilugio para que no perdiera gas. El mismo hombre tenía coches y motos para llenar un aparcamiento. La contradicción no es un error de cálculo: es la norma.
Hay quien sostiene que estos comportamientos no son tacañería sino
inteligencia financiera. El argumento: quien ha construido un patrimonio desde cero sabe lo que cuesta cada euro y no lo tira en comodidades prescindibles. Bajo esa lógica, la abuela limpiando la cocina a los 80 años no sería explotación sino una forma de mantener los pies en la tierra. Y la tortilla no sería una afrenta sino una decisión de gestión. El contraargumento es que esa explicación solo funciona hacia dentro: hacia fuera, hacia el invitado, la frugalidad se convierte en desprecio.
La frugalidad selectiva: dónde sí se gasta el dinero
El patrón que emerge no es el de quien no gasta, sino el de quien gasta en unas cosas y no en otras. Un profesional con propiedades heredadas y un puesto de responsabilidad no mira el precio en colegios, comida y actividades para sus hijos, pero ratea cinco euros en una manilla de puerta. Otro cambia el monovolumen familiar por un Skoda de segunda mano «para lo que necesito» y viste ropa de cadena salvo algún traje. La frugalidad no es uniforme: se aplica a lo que se percibe como prescindible y se relaja en lo que se considera esencial. El problema es quién decide qué es prescindible cuando hay un invitado en casa.
La conversación también introduce un matiz de clase. Hay quien defiende que gastar poco con amistades nuevas filtra a los aprovechados y evita robos y extorsiones. Es una hipótesis razonable en abstracto, pero no explica por qué la familia en cuestión no contrató un catering —un gasto irrelevante para su patrimonio— ni por qué no ofreció ni una cerveza al padre que iba a recoger a su hijo. La explicación más simple suele ser la correcta: no es estrategia, es costumbre. O es desdén.
El equilibrio que casi nadie encuentra
La conclusión que se repite en la conversación es que la clave está en el equilibrio: ni despilfarrar ni atesorar en modo rata. El dinero, bien usado, es tiempo y tranquilidad. Mal usado, es una jaula. Y hay un detalle que descoloca a cualquiera que haya observado estos comportamientos de cerca: los que más gastan en aparentar suelen ser los que menos patrimonio tienen. La frugalidad extrema y el derroche ostentoso son dos caras del mismo problema, la incapacidad de relacionarse con el dinero sin que él marque las reglas.
Queda un cabo suelto. La familia de la tortilla tiene patrimonio para generaciones. La abuela limpiaba la cocina. El chaval comió tortilla y vio la pizza reservada para la cena. Nadie discute que sean ricos. Lo que no se termina de cuadrar es si esa forma de ser rico es la causa de que el dinero les dure o el síntoma de que ya no saben para qué lo tienen.