Tres años de pronósticos fallidos sobre la economía rusa
Cuando arrancó la invasión a gran escala, el coro occidental fue unánime: sanciones devastadoras, colapso económico inminente, desmembramiento del país. Tres años después, la realidad ha dado la vuelta al guion.
Hay quien sostiene que Rusia es la quinta economía más grande del mundo, según el análisis que circula en los mentideros geopolíticos, y ha superado a Alemania. La economía europea, mientras, camina al borde de la indigencia energética e industrial. El ridículo, dicen algunos, no es de Moscú.
El PIB de Italia que nunca se desmoronó
La frase se repitió hasta la saciedad: Rusia es «el PIB de Italia», un gigante con pies de barro. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, prometió enviar la economía rusa «a la Edad Media». Se habló de desmembramiento, de saqueo, de un Putin con cáncer terminal. Nada de eso ocurrió.
Dos años y medio después, Moscú no solo no colapsó: escaló posiciones en el ranking global.
El argumento que más se repite en los análisis críticos con la OTAN es que el armamento occidental ha demostrado su inutilidad en una guerra real de desgaste. Los sistemas de alta tecnología, diseñados para conflictos de lujo contra adversarios sin
defensa antiaérea, se han revelado frágiles.
Las bañeras volantes, como se conoce despectivamente a ciertos cazas, necesitan diez veces más horas de mantenimiento para el mismo número de salidas y requieren pistas barridas para no inutilizarse por una simple gravilla. La cantidad, sostienen, es una forma de calidad.
Ucrania en Kursk y la paradoja del territorio
El dato que descoloca a propios y extraños:
según algunos participantes, Ucrania ha llegado a controlar más de mil kilómetros cuadrados de territorio ruso en la región de Kursk. Para unos, es la prueba de que Moscú no puede ni mantener la integridad de su propio suelo. Para otros, es una operación que se retiró sin consolidar y que no cambia el sentido estratégico de la guerra. La incursión avanzó unos doce kilómetros y se replegó. El frente de Donetsk, mientras, sigue su curso.
La lectura más cínica es que Ucrania, uno de los países más pobres de Europa, planta cara a la segunda potencia militar del mundo con armamento sobrante y capado de la OTAN. La lectura opuesta: Rusia lleva tres años sin doblegar a un vecino al que prometió vencer en tres días.
Ambas cosas son verdad al mismo tiempo, y eso es lo que hace el asunto tan incómodo.
La baza nuclear y el desgaste silencioso
El recurso al armamento nuclear aparece cada vez que el debate se atasca. «Si a Rusia se le acaba la mecha, os convertiréis en átomos», resume una de las posturas más repetidas. La respuesta es invariable: Rusia no es el único país con arsenal atómico. Nadie va a pulsar el botón, dicen los más templados, y agitar el espantajo nuclear solo sirve para tapar el dato económico.
Mientras tanto, el frente diplomático se mueve en otra dirección. Los ministros de industria de los BRICS se reunieron en Moscú para articular sus gestiones fuera del control de la OTAN. El fondo del asunto, sostienen algunos analistas, es un intento de hundir el nuevo orden económico emergente. Por ahora, no lo han conseguido.
Mercenarios, OTAN y el relato que no cuadra
Una de las líneas más incómodas del asunto es la presencia de tropas y mercenarios occidentales en suelo ucraniano. Se sostiene que hay combatientes de medio mundo buscando dinero y tropas europeas camufladas como mercenarios. El relato oficial vendió durante años que solo se enviaban armas a un país inocente. La realidad, según esta lectura, es que media OTAN desfiló por Ucrania durante ocho años formando a milicias ultranacionalistas, el mismo patrón que se aplicó en Irak con los yihadistas del ISIS.
El resultado, en cualquier caso, es un desgaste que no se mide solo en territorio.
Más de un millón de bajas ucranianas, según las cifras que manejan los críticos con la versión oficial, y un arsenal occidental dilapidado sin resultado estratégico. Estados Unidos ha gastado lo incalculable para financiar el esfuerzo de guerra.
Dónde se atasca el análisis
La paradoja es que ambas lecturas tienen datos a favor. Rusia no ha colapsado, pero tampoco ha ganado. Ucrania resiste, pero pierde territorio en el este. Europa se empobrece y sigue financiando la guerra. Y el relato occidental, el que prometió una victoria rápida y una economía rusa en ruinas, es el que peor ha envejecido. Nadie sabe cómo termina esto. Lo que sí se sabe es que los pronósticos fallidos ya no se pueden desmentir.