El calvario de los desahucios express: 1,5 años para echar a un okupa
La anécdota de Rosa y Jesús, una pareja de jubilados que ha visto cómo su propiedad era okupada y el proceso judicial se alarga año y medio, ha reabierto el debate sobre la lentitud de la justicia en los desahucios. La demora no es un caso aislado: los plazos medios para obtener una orden de lanzamiento superan con creces el año, mientras los propietarios asumen pérdidas y la okupación se consolida.
La justicia que no llega: de la denuncia al lanzamiento
El mecanismo legal exige que un juez dicte el desalojo, pero los juzgados están colapsados. La espera de 18 meses se ha convertido en la norma para viviendas okupadas. Esto genera un incentivo perverso: cuanto más se alarga el proceso, más difícil es recuperar el inmueble, y el okupa gana tiempo para consolidar su situación. La alternativa de la autotutela (desalojar por la fuerza) es ilegal y acarrea riesgos penales.
El trasfondo político: votos y vivienda
El debate adquiere un tinte electoral. Hay quien sostiene que la lentitud judicial beneficia electoralmente a ciertos partidos, al presentarse como defensores de los desfavorecidos. Sin embargo, los datos muestran que los propietarios particulares —muchos de ellos mayores— son las principales víctimas del sistema. La impunidad de la okupación no es un problema ideológico, sino de gestión judicial.
Datos que duelen
Un juzgado puede tardar 1,5 años en dictar el lanzamiento. Eso significa que, mientras el propietario paga hipoteca y comunidad, el okupa vive sin coste. La policía no puede actuar sin orden judicial, salvo en casos de flagrante delito. El cálculo económico es demoledor: el inmueble se deprecia, el propietario sufre un quebranto que rara vez recupera.
La pregunta que nadie termina de responder es por qué, con soluciones tecnológicas y procesales disponibles, la maquinaria judicial sigue anclada en el siglo XX. Mientras tanto, Rosa y Jesús esperan.