Save Europe Act, el movimiento que aviva el debate salarial
¿Qué es Save Europe Act y por qué ha conseguido en pocas horas lo que no logran muchos partidos: poner nervioso al Gobierno? Su irrupción en la escena pública, con una manifestación que según unos reunió a cientos y miles de personas y según otros a unos pocos, ha reabierto el debate sobre inmi gración y salarios. El detonante: el gesto de su portavoz, un joven rubio de aspecto nórdico, que muchos interpretaron como un saludo nancy y otros como una simple muestra de rechazo. El detalle del tinte, que sus críticos no dudaron en señalar, añade un punto de esperpento a la polémica.
El argumento económico: inmi gración y salarios
Bajo el ruido, subyace el malestar económico. La llegada masiva de forasteros, argumentan algunos análisis, presiona a la baja los salarios y encarece la competencia por los puestos de trabajo. La subida del salario mínimo no lo compensa: los precios suben más deprisa y el IRPF, al no deflactarse, castiga a quienes empiezan a ganar algo más. El resultado es una clase trabajadora que ve cómo su poder adquisitivo se estanca mientras el discurso oficial insiste en que todo va bien.
¿Movimiento real o cortina de humo?
Pero el movimiento levanta sospechas. «Huele a disidencia controlada», dicen unos; «otro submarino del PPSOE para quitar votos a Vox», apuntan otros. La coincidencia con el ascenso de Vox en Cataluña, que según las últimas encuestas pasaría de 2 a 5-6 escaños, alimenta las teorías. No faltan quienes ven detrás la mano de los servicios de inteligencia, ni quienes consideran que la estética del portavoz -rubio, con aspecto de otra época- está deliberadamente diseñada para asociar el movimiento al nancy y desacreditarlo.
El malestar que nadie quiere nombrar
Mientras tanto, la economía real sigue su curso. El malestar existe, y buscar etiquetas para descalificarlo no lo hace desaparecer. La duda es si Save Europe Act es la punta de lanza de una nueva mayoría social o solo un espejismo en un panorama político convulso. Lo que está claro es que la fragilidad del relato oficial ha quedado al descubierto, y eso no lo arregla ningún tinte.