Rufián, señalado en su propio partido y en las redes
¿Está Gabriel Rufián tocado en Esquerra Republicana? A juzgar por las valoraciones que circulan, la figura del diputado independentista acumula críticas desde varios flancos. En el debate político se mezclan ataques a su formación académica –se le reprocha no tener estudios superiores– con acusaciones de haberse moderado tras llegar al Congreso. Un sector de los comentaristas sostiene que Rufián ha perdido el favor de la cúpula de ERC, especialmente de Oriol Junqueras, lo que le obligaría a buscar acomodo en el PSOE o en partidos minoritarios. Otros, en cambio, lo defienden como un parlamentario eficaz dentro de lo que cabe.
La controversia no se limita a su supuesta falta de titulación: algunos observadores lo acusan de cambiar de discurso cuando pisó la Carrera de San Jerónimo. La etiqueta de «pobre hombre» o «cateto» se ha repetido, mientras que otro sector lo eleva como el mejor orador del hemiciclo. El abanico es amplio y las posiciones, irreconciliables.
¿Qué hay detrás del desgaste de Rufián?
Como suele ocurrir en la política independentista, el desgaste interno de los líderes es una constante. Quien recuerda al Rufián de los inicios –frontal y agresivo– lo compara con el actual, que ha tenido que negociar con el Gobierno central. La evolución ideológica, o lo que algunos llaman «cambio de caretas», le ha granjeado enemigos entre los más radicales y también entre quienes nunca comulgaron con su estilo.
Con todo, el debate deja una conclusión: la figura de Rufián sigue polarizando. Que esté «muerto» políticamente o no solo el tiempo lo dirá, pero la tormenta no amaina.
El perfil académico como arma arrojadiza
Una de las críticas más reiteradas es la falta de estudios formales. En un país donde la formación universitaria se ha convertido casi en requisito para la política, Rufián representa la excepción. Algunos ven en ello una carencia; otros, una virtud. Lo que nadie discute es que supo aprovechar los resquicios del sistema para llegar donde está. El sarcasmo de ciertos comentarios –«no cree que sepa contar hasta cinco»– no oculta una realidad: la política española sigue midiendo a sus representantes con una vara que no siempre es la de la eficacia legislativa.