Rusia no ha destruido Occidente: el desgaste que sí se mide
La tesis de que Rusia ha destruido Occidente y que el colapso es inminente circula con fuerza en los foros económicos. Los datos que se manejan en el debate, sin embargo, dibujan un cuadro más matizado: no un derrumbe, sino un desgaste prolongado con ganadores y perdedores claros. El detonante del hilo es una comparación de crecimiento: mientras
Rusia crece a más del 3,5% y China avanza sin inflación, Alemania está en recesión, Polonia ha pasado de crecer un 5% anual a poco más del 0%, y Japón tiene un PIB en poder de compra por debajo del español.
El diagnóstico más repetido no señala a Moscú como causa, sino a la propia arquitectura financiera occidental. Se argumenta que las sanciones contra Rusia han dañado más a quien las aplica que a su destinatario, y que el gasto en Ucrania supera el tamaño de toda la economía griega. La conclusión que se impone en buena parte del análisis es incómoda:
el fin ha llegado, pero no por un misil, sino por una década de endeudamiento, impresión de dinero y prioridades militares.
¿Qué datos sostienen la tesis del colapso occidental?
El inventario es contundente. Alemania decrece. Polonia, que venía de un crecimiento del 5% anual, se quedó en un 0,2% en 2023. Estados Unidos ha tenido que endeudarse en cuatro años como España, Francia, Italia y Reino Unido juntas para crecer un poco, y lo ha hecho en parte vendiendo gas licuado a Europa a precio de oro. Canadá y Australia arrastran una crisis de precios de vivienda y comida que, según se afirma, está empujando a migrantes colombianos a volver a Colombia.
Japón aparece como el caso más llamativo: su PIB en poder de compra ya está por debajo del español. Ucrania, según las agencias de calificación, ha entrado en corralito técnico y no puede devolver el dinero prestado. El gasto de la UE en Ucrania, se subraya, es mayor que toda la economía de Grecia.
La conclusión que extrae el análisis dominante es que las impresoras occidentales no pueden parar mientras millones de rusos trabajan sin descanso produciendo armamento.
Rusia crece a más del 3,5% y China avanza sin inflación. La asimetría es el argumento central: unos producen, otros imprimen.
El desacuerdo sobre quién está detrás del desgaste
No hay consenso sobre la causa. Una corriente sostiene que Rusia no ha hecho nada y que han sido los enemigos internos de los europeos, desde la finanza internacional, quienes han diseñado sanciones lesivas contra los propios europeos sin que estos protesten. Otra apunta directamente a las élites occidentales:
los amos de Occidente han destruido a Occidente, se dice, en una demolición controlada.
Frente a eso, hay quien recuerda que la responsabilidad es también individual. El argumento es que el pueblo se sabotea a sí mismo con mediocridad educativa, adoctrinamiento, medios que desorientan y un estado de alerta permanente sobre temas secundarios. El resultado, se afirma, es un producto acrítico, predecible y miedoso que no molesta a las élites: se hipoteca, consume y no se queja.
La contraposición más dura llega desde quienes exigen responsabilidad personal: nada de esto pasaría si el pueblo dejara de ser servil y sumiso. Y el recordatorio de que ya en 2020-2021 se comprobó hasta qué punto la gente entrega sus derechos alegremente cuando alguien se los pide.
¿Por qué la demografía desmonta el relato de los bloques?
El debate da un giro cuando se examinan los datos de población. Polonia tiene una tasa de fertilidad de 1,33 hijos por mujer, el mismo nivel que Alemania y similar al de Japón en 2018. En 2023 nacieron 272.000 polacos y murieron 409.000, una pérdida neta que se ha maquillado con la entrada de refugiados ucranianos. Rusia no escapa: su tasa de fertilidad es la misma que la polaca, y en el primer semestre del año nacieron 599.600 niños, 16.600 menos que en el mismo periodo del año anterior.
El argumento que se extrae es que ni Polonia ni Rusia han escapado a la modernidad, aunque estén algo lejos de los niveles de Europa Occidental. La tasa de fertilidad rusa, se apunta, es de 1,41 hijos por mujer, muy superior al 1,05 español, pero igualmente insuficiente para sostener la población.
El gasto militar y la pérdida de soberanía
Una de las líneas más críticas apunta a la OTAN. Se sostiene que la Alianza ha obligado a gastar dinero en tanques sin que nadie lo haya votado democráticamente, mientras se dejan Ceuta y Melilla sin protección. El dinero que se va a armas, se dice, engulle la apisonadora rusa, y el resultado es un agujero enorme en las cuentas públicas.
La propuesta que emerge de este análisis es un desacoplamiento de Europa. Se argumenta que Europa no lo hará nunca como unidad política porque es una creación anglobalista de posguerra bajo mando de Alemania y Francia, siervos más fieles pero siervos al fin. España, se dice, debería reactivar su soberanía y mirar a su entorno histórico natural: el Mediterráneo junto a Italia, Portugal y quizá Grecia, además de América Latina, Rusia, China y el mundo árabe.
El punto exacto donde el análisis se atasca
La discusión no cierra. Unos ven un colapso inminente, un nuevo 2008 que traerá otra década de oscuridad. Otros recuerdan que en un planeta finito es imposible crecer infinitamente, pero que el chicle se está alargando más de lo previsto. Y algunos apuntan a que la crisis de 2008 nunca terminó: solo la ocultó el QE, y ahora la inflación la devuelve a la luz.
Lo que nadie discute es que el desgaste es real. La discrepancia está en si es terminal o gestionable. Y ahí, exactamente ahí, el análisis se queda sin respuesta.