Saber envejecer: el bisturí frente a la genética a los 64 años
Madonna nació en agosto de 1958. Susanna Hoffs, cantante de The Bangles, en enero de 1959. Cinco meses de diferencia y 64 años cada una: misma quinta sobre el papel y dos maneras opuestas de encarar el paso del tiempo. La primera, fanática del mantenimiento gimnástico y de la cirugía estética; la segunda, sin pasar por quirófano, a base de
buen rollito y buena alimentación. Basta poner las fotos una al lado de la otra para que la pregunta sobre saber envejecer estalle sola.
¿Por qué dos personas de la misma edad envejecen de forma tan distinta?
La explicación que más se repite es también la más incómoda de aceptar: la lotería genética. Hay quien lo resume sin paños calientes, hablando de la
ruleta genética. Sales favorecido y cuentas con medios para mantenerte, bien; sales perjudicado y ninguna crema te salva. Sobre esa base actúan los hábitos: se apunta que fumar durante décadas pasa factura, y que alimentación, deporte al aire libre y sueño tienen un peso real en cómo se llega a viejo. El matiz que se repite: se puede estar más delgada o parecer algo más joven, pero el descolgamiento facial y la flacidez acaban llegando igual.
El iceberg que no sale en las fotos: hormonas y células madre
Aquí el análisis se vuelve más cínico. La mayoría de los famosos
está con algo, y el quirófano, el bótox y las operaciones son solo la punta del iceberg. Por debajo circula una lista que casi nunca se menciona: hormona de crecimiento, péptidos, células madre, cremas con retinol y terapias de testosterona. Esta hipótesis sirve para explicar por qué algunos veteranos conservan una masa muscular impropia de su edad. Se cita a
Mel Gibson, que a sus casi 70 años sigue fuerte, y a
Sylvester Stallone, al que se le atribuyó el uso de hormona de crecimiento. Conviene tomarlo como sospecha generalizada, no como hecho verificado caso por caso. Alguien añade el aviso escéptico: las terapias hormonales son
pan para hoy y hambre para mañana.
¿Cuándo la cirugía estética deja de ayudar y empieza a deformar?
La cirugía solo queda bien cuando no se nota que se ha hecho; si se abusa, el resultado es imposible de disimular. Y ahí aparece una escena que se repite: millonarias polioperadas en las clínicas más punteras que acaban pareciendo clones, con la misma cara deformada. La pregunta que sobrevuela —¿en qué momento se distorsiona tanto la realidad que una no ve la abominación en la que se está convirtiendo?— no tiene buena respuesta. Con tanto dinero alrededor, se argumenta, nadie del círculo dice la verdad y los espejos de casa parecen no contar.
«El rey y el peón, al final de la partida van al mismo cajón»
La comparación se extiende hasta la longevidad extrema. Aparece Henry Kissinger, entonces con 99 años, y Gene Simmons, bajista de Kiss, que a sus 73 años se pasa con el maquillaje. La reflexión que se repite es que nadie vence al reloj:
el rey y el peón acaban en el mismo cajón. Se citan también figuras que, para quienes comparan, han envejecido con dignidad:
Kim Basinger, con 69 años;
Dana Delany, con 66; Nena, la de los 99 globos; la saxofonista Candy Dulfer. La lista cambia, el criterio no: quien no ha abusado del bisturí suele salir mejor parado en las comparaciones.
La ventaja masculina: gimnasio, bronceado y sin atajos
En el caso de los hombres el margen parece mayor. Hay quien sostiene que basta con ir al gimnasio y mantenerse
naty para colocarse por encima de la media: delgado, con hierros o calistenia, piel bronceada, dientes cuidados y buen carácter. Se añade un matiz local: en un país donde durante décadas la estética y la fuerza se miraron con recelo, cumplir esos mínimos ya sitúa a alguien en un percentil alto. Y asoma una predicción: que las terapias de testosterona irán llegando. De fondo, la misma idea de siempre: parte del resultado depende de la genética y de los padres, no solo del esfuerzo.
Saber envejecer, ¿es resignarse o es algo más?
Frente al culto al rejuvenecimiento hay quien reivindica lo contrario. Alguno se confiesa incapaz de asumir el paso del tiempo, pero se niega a fingir juventud porque le parece patético creer que eso depende de uno. La vejez, vienen a decir, es dura, y frases como que la edad es solo un número no convencen a nadie. Otros van más lejos: sostienen que envejecer tiene una función —que la energía va hacia otra parte— y que forzar la máquina con hormonas la atrofia. Son posturas minoritarias, pero ponen el dedo en la llaga: ¿y si el problema no fuera envejecer, sino el pánico a que se note?
Al final, las fotos comparadas de dos mujeres de 64 años dicen menos de lo que parece. La genética no se compra, los hábitos pesan y el bisturí, a veces, resta. Con todo eso sobre la mesa queda una pregunta que nadie cierra: si mañana apareciera una pastilla capaz de detener el reloj, ¿cuántos la tomarían sin pensarlo y cuántos seguirían prefiriendo envejecer sin disimulo?