Un pope increpa al Papa por hereje y la seguridad lo aparta
Un sacerdote ortodoxo increpó al Papa durante un acto público, le llamó hereje y acabó apartado por la
seguridad. El episodio reabre la fractura que separa a Roma de las iglesias orientales desde hace casi un milenio y ha servido de bandera a quienes ven en la figura de Francisco un problema que va más allá de la fe. El detonante, según las versiones que circulan, tiene que ver con las políticas sanitarias y el acceso de los fieles a los templos. Ahí empieza lo sencillo y termina todo lo demás.
¿Por qué un pope ortodoxo llama hereje al Papa?
La respuesta corta es que no reconoce su autoridad. El desencuentro entre Roma y las iglesias ortodoxas viene de lejos: el llamado cisma de Oriente se cuenta ya en siglos, y en la discusión se maneja la cifra de
967 años de separación. El motivo teológico clásico es el «filioque», pero por debajo late una cuestión de poder: quién manda y quién interpreta. Hay quien recuerda que la mayor defección de la Iglesia fue, según cierta lectura, «la separación de los griegos de la unidad de la Iglesia Universal».
A partir de ahí, las posiciones se ordenan solas. Para una parte, el religioso actuó como un «hombre de principios» que señala lo que considera una desviación. Para otra, insultar al Papa es justo lo que hace quien ya se ha salido del redil. Y un tercer grupo sostiene que el problema no es el gesto, sino la propia división: mientras existan dos relatos enfrentados sobre la misma fe, cualquier encontronazo acabará en los tribunales o en los telediarios.
Vacunas y teorías sin respaldo que envuelven el caso
En el trasfondo del episodio asoma la polémica sobre las vacunas. El sacerdote, según estas versiones, habría reprochado al pontífice las restricciones de acceso a los templos para los no vacunados y lo habría señalado como responsable de un supuesto daño a los fieles. Conviene separar el hecho del relato: el encontronazo y la intervención de la seguridad son verificables; las afirmaciones que lo rodean —grafeno en las dosis, un supuesto Nuevo Orden Mundial empeñado en destruir las tradiciones cristianas o una previsión de millones de muertos—
no cuentan con ninguna prueba y circulan como rumor en foros y redes. Mezclar lo uno con lo otro es la mejor forma de que el asunto real se pierda.
Aun así, esa mezcla es parte del fenómeno. El episodio ha funcionado como catalizador de un malestar más amplio: desconfianza hacia las instituciones, hacia los medios y hacia cualquier autoridad que pida obediencia. Cuando esa desconfianza se viste de teología, el resultado es un sacerdote increpando a un Papa y una comunidad partida en dos sobre si fue un héroe o un provocador.
El eje ucraniano: greco-católicos frente a Moscú
Debajo del ruido hay un asunto geopolítico con nombre propio. La iglesia greco-católica ucraniana está en plena comunión con Roma y, según los cálculos que se manejan en el hilo, representa alrededor del
10% de Ucrania; la iglesia ortodoxa del país rondaría, por esos mismos cálculos, el
70%. Esa convivencia tensa arrastra siglos: la
Unión de Brest de 1596 ya buscó precisamente eso, salir de la órbita de Constantinopla y entrar bajo la autoridad papal para esquivar la influencia del recién creado Patriarcado de Moscú. Catalina II emitió en 1794 un edicto para despejar el terreno ortodoxo en los territorios anexionados.
La lectura que se hace hoy enlaza con esa historia: se sostiene que cada empuje de Moscú acerca a los pueblos eslavos de vuelta a Roma. Es una hipótesis, no un hecho consumado. El patriarca Kirill queda, en ese escenario, en una posición incómoda si otras iglesias autocéfalas aceptaran la primacía papal, algo que de momento nadie ha firmado.
Quién puede hablar en nombre de la Iglesia
El choque también es una pelea por la legitimidad. Dentro del propio catolicismo hay corrientes que sitúan el inicio de lo que llaman una etapa de «impostores» en el Vaticano en octubre de 1958, y que consideran que el último pontífice legítimo fue Pío XII. Son tesis de minorías, pero explican por qué un gesto aislado encuentra eco: hay una audiencia preparada para recibirlo.
Los documentos citados como referencia del pontificado actual —
Lumen Fidei (2013),
Laudato si' (2015),
Fratelli tutti (2020)— no han cerrado ninguna de esas grietas. Quien esperaba una condena rotunda del gesto del sacerdote no la ha tenido; quien esperaba una defensa cerrada del pontífice, tampoco.
Con estos mimbres, lo probable es que el asunto no se cierre solo. El sacerdote apartado por la seguridad pasará, el ruido quedará, y la pregunta de fondo —si un cisma de mil años se puede recomponer o si solo se administra— seguirá sin respuesta. Los que hoy llaman héroe al pope mañana quizá no recuerden su nombre. La fractura, en cambio, seguirá ahí.