Sánchez reta a Trump y el eco se llena de dudas
Hay una paradoja que recorre todo el asunto: España presume de plantar cara a Washington mientras media conversación pública le recuerda sus dependencias de Rabat, Bruselas y Pekín. La advertencia de Pedro Sánchez de que Europa no será «vasalla» de ningún otro poder ha servido menos para discutir la relación transatlántica que para abrir el inventario de servidumbres que cada cual arrima a su conveniencia. Y ahí, el reproche que se repite: la misma voz que se alza contra el imperio se queda corta cuando el interlocutor tiene acento marroquí.
El argumento oficial y su letra pequeña
El mensaje es de manual: Europa no puede aceptar tutelas externas, y menos de una administración que ha hecho del arancel un instrumento de presión. Quien defiende esa línea sostiene que el presidente español marca un perfil propio frente a otros líderes europeos, y que ese perfil le sirve tanto para la política interior como para colocarse en el tablero internacional cuando deje La Moncloa. Es la lectura más amable: un dirigente que anticipa su salida y se construye un currículum de estadista.
La réplica llega por el flanco de la coherencia. Si el problema es el vasallaje, ¿por qué no se aplica el mismo rasero a las bases estadounidenses en territorio español, a las directrices de Bruselas sobre zonas de bajas emisiones o a los intereses marroquíes en el Sáhara? La acusación se repite con distintas formas: soberanía selectiva, según convenga.
Marruecos, el vasallaje que nadie discute
Aquí el consenso es llamativo. En un asunto donde casi todo se discute, la dependencia respecto a Marruecos aparece citada desde ángulos opuestos como el ejemplo que desactiva el discurso. Se menciona el episodio de la bandera española colocada boca abajo, la gestión del Sáhara y el peso de los intereses económicos y energéticos. La conclusión que se repite: contra Washington se puede hacer retórica; con Rabat, no.
El corolario es que la advertencia a Trump suena a gesto para consumo interno. Y que el gesto, además, tiene fecha de caducidad: quien lo pronuncia no estará en el cargo cuando toque rendir cuentas.
China, Bruselas y el resto del inventario
El tercer frente es el económico. Se apunta al peso creciente del comercio y la inversión china, a la fábrica de baterías y a las cadenas de producción de automóvil que llegan con capital asiático. La pregunta que sobrevuela: ¿es eso soberanía o es cambiar de amo? Hay quien recuerda que las exportaciones españolas a Estados Unidos siguen duplicando a las dirigidas a China, y que los aranceles son un paréntesis, no una ruptura.
La capa europea añade otra contradicción: Bruselas recomienda medidas que luego se aplican con entusiasmo, desde las zonas de bajas emisiones hasta los impuestos sucesivos. Soberanía para lo que interesa, obediencia para lo que conviene.
El cálculo político detrás del gesto
Más allá de la geopolítica, la lectura es doméstica. El mensaje moviliza a un electorado que quiere ver firmeza frente a la potencia americana, y desmoviliza a quien ya daba por hecho el alineamiento. La pregunta que queda abierta es si ese perfil resiste cuando el interlocutor no es Trump sino el socio que sostiene la legislatura, o cuando el expediente es el Sáhara y no el arancel.
La advertencia, en fin, se sostiene sobre una paradoja: cuanto más se insiste en la independencia, más se enumeran las dependencias. ¿Cuál de todas pesa más a la hora de decidir?