Sánchez impone controles a los italianos, pero no a la frontera sur
España ha restablecido de manera temporal los controles en las fronteras interiores de puertos y aeropuertos para los viajeros procedentes de Italia. La decisión llega después de que el Ejecutivo de Giorgia Meloni desoyera el ultimátum de Moncloa y mantuviera sus propias inspecciones a los españoles. Según los datos que circulaban al cierre de esta información, los controles italianos estaban vigentes hasta el 15 de agosto y los españoles se prolongaban hasta el 7 de septiembre.
El pulso con Italia: una respuesta con fecha de caducidad
La escalada empezó cuando Italia reactivó los controles para todos los que llegaban de España, una medida que Roma no ha retirado pese a las advertencias. Moncloa había anunciado que adoptaría «medidas proporcionales para proteger los intereses y la dignidad» de los españoles, y ha cumplido. La oposición italiana, por cierto, también ha cargado contra Meloni por no levantar los suyos y arriesgar el turismo bilateral en plena temporada alta. Una respuesta que, vista desde fuera, tiene algo de órdago de salón: se activa justo donde hay menos presión migratoria y se desactiva con fechas de inicio y fin claras.
La asimetría con la frontera sur
Mientras el pulso con Italia llena titulares, Ceuta juega en otra liga. El presidente de la ciudad autónoma desmintió la versión del Gobierno y aseguró que al menos 8.000 marroquíes permanecían aún en el territorio, una cifra muy superior a la que se manejaba oficialmente. La comparación es incómoda: los controles se activan para los turistas italianos, que no necesitan visado, mientras la presión migratoria en el sur se resuelve con datos que no terminan de cuadrar. No es un argumento para quitarle la razón a la reciprocidad; es un dato que explica por qué la medida suena a gesto más que a política.
¿Cuánto cuesta la escenificación?
La decisión tiene un coste inmediato: más papeleo, colas en los aeropuertos y trabajo extra para la Policía Nacional y la Guardia Civil. Lo que no tiene es un destinatario claro. Los viajeros italianos son ciudadanos de la UE con derecho de libre circulación; la inmigración irregular no viaja con pasaporte comunitario. Quienes defienden la respuesta invocan la doctrina de la reciprocidad: si Roma nos controla, nosotros controlamos. Quienes la critican señalan que el coste lo asumen los pasajeros y el sector turístico, mientras la frontera que de verdad necesita vigilancia sigue con más dudas que respuestas.
La pregunta que flota en el ambiente es si alguien en Moncloa ha explicado alguna vez por qué la firmeza se demuestra con Italia y no con Marruecos. Con los controles puestos y las fechas encima de la mesa, el único agujero evidente sigue siendo el mismo de siempre: el control migratorio que nadie sabe completar.