Sánchez y la mentalidad de rebaño: la vieja receta de Le Bon
La dimisión que no fue de Pedro Sánchez ha vuelto a poner sobre la mesa un viejo manual: el de la psicología de las masas. En los días previos a su comparecencia, el presidente alimentó el suspense con una carta pública y un retiro espiritual que muchos leyeron como una jugada de ingeniería social. La pregunta no es si funcionó, sino por qué funciona. La respuesta está en un libro de 1895 que Gustave Le Bon escribió para explicar cómo una multitud anónima puede transformar a un ciudadano racional en un autómata emocional.
Psicología de las masas no ha caducado: se aplica igual a un mitin, a una burbuja financiera o a una estampida de ñus en el Serengeti.
El instinto gregario: de los ñus a los Sanfermines
El comportamiento gregario no es una metáfora. Es biología. El biólogo evolucionista William Donald Hamilton sostuvo en su artículo
Geometry for the Selfish Herd que cada individuo de una manada reduce su riesgo personal moviéndose hacia el centro del grupo. La manada parece actuar como una unidad, pero su función emerge de decisiones no coordinadas de individuos que buscan su propio bienestar. Lo mismo ocurre con los ñus que cada año se lanzan a un río lleno de cocodrilos: no van los más listos delante, sino los que simplemente estaban ahí. Los de atrás empujan a los de delante y ya no hay marcha atrás. Miles mueren ahogados o aplastados, pero los cadáveres amortiguan la caída de los siguientes. Sobreviven los suficientes para no corregir la mala decisión.
Ese patrón se repite en las aglomeraciones humanas. En los Sanfermines, jóvenes sanos corren delante de toros bravos que, en su entorno natural, se comportan de forma apacible casi todo el tiempo. El placer no está en el riesgo, sino en que sea otro el corneado. En las manifestaciones, en los estadios, en las reuniones religiosas y en las burbujas especulativas, el individuo se diluye en una masa que responde a impulsos, no a razones. La investigación sobre toma de decisiones en grupos grandes apunta a un dato incómodo: en grupos de 200 personas o más, un 5% de individuos informados basta para orientar al resto. Y cuanto mayor es el grupo, menor es la proporción de gente que realmente sabe lo que hace.
Nietzsche, el superhombre y la moral de rebaño
Friedrich Nietzsche puso nombre a lo que veía: moral de rebaño. Un comportamiento humano sumiso e irreflexivo que acepta los valores dominantes de la civilización sin cuestionarlos. Para el filósofo alemán, existían dos vidas: una anestesiada, enfermiza y frágil, y otra rebosante de alegría, sana y fuerte. La primera es la del hábito; la segunda, la del
ethos individual. Hay quien sostiene que buena parte de la izquierda moderna, que se reclama nietzscheana, reproduce exactamente lo que Nietzsche despreciaba: la sumisión a un relato colectivo impuesto desde arriba.
Hay quien sostiene que el socialismo busca que las personas estén contratadas para que su libertad quede condicionada, porque quien te contrata te domina. El gran dominador sería el Estado. En Cuba, los trabajos por cuenta propia estuvieron prohibidos y perseguidos durante años; hoy hay cierto margen, pero con control estatal para que no cunda el ejemplo. Lo que incomoda a los socialistas es la libertad de la gente, por mucho que cacareen lo contrario. La identidad impuesta sustituye a la identidad elegida.
El coronavirus como ensayo de deconstrucción del individuo
Detrás de la trama del coronavirus, según una parte del análisis crítico, late la implantación de un nuevo modelo de sociedad: deconstruir al individuo para convertirlo en parte de la masa. No es una novedad histórica. Las religiones siempre han sido un factor de cohesión: código de comportamiento, rituales de solidaridad y persecución de disidentes. Durkheim lo estudió; Trotter lo atribuyó al instinto gregario, uno de los cuatro instintos que configuran la vida humana junto al de conservación, nutrición y sexo.
En ese contexto, hay quien sostiene que la ausencia de un grupo de control en la campaña de vacunación masiva se convirtió en el argumento central de los críticos. Sin un grupo de control no hay experimento científico válido, y sin él no se puede comparar si los problemas de salud aparecen en vacunados o en no vacunados. La sospecha, no confirmada por las autoridades sanitarias, es que la población no vacunada podría haber actuado como control natural. La comunidad científica rechaza esa lectura: los ensayos clínicos previos a la autorización sí incluyeron grupos de control. El debate, en cualquier caso, sigue abierto en los márgenes del relato oficial.
El líder que no conoce la ruta
En las manadas de chimpancés, una vez saciados de comida, puede ser una cría o un individuo de rango inferior quien inicie la marcha. No es el más listo ni el más fuerte: es el que tiene más prisa. En los grupos humanos ocurre algo parecido. El líder no siempre conoce el camino; a veces solo camina más rápido. Y la masa, que no puede retroceder, lo sigue hasta el acantilado.
La dimisión que nunca llegó de Sánchez encaja en ese esquema. Un líder que se retira unos días, que se hace el muerto, que vuelve como resucitado. La liturgia no es casual: ocupa el nicho vacío que dejó la fe religiosa. Los ingenieros sociales conocen bien el sincretismo. Las masas son fáciles de domesticar cuando se les da un relato, un enemigo y un ritual. El problema es que, como los ñus, los que van detrás empujan a los de delante. Y los de delante, a veces, ya no pueden parar.
El análisis se atasca aquí. La psicología de masas explica el mecanismo, pero no el porqué de su eficacia sostenida. Quizá porque, como decía Buda, la felicidad es la ausencia de dolor, y la masa promete exactamente eso: la ausencia de la responsabilidad de decidir.