Es que es mucho más sencillo callarse la boca que significarse.
Al final ni los sanitarios, ni los policías, ni los jueces ni nadie son superhombres. Son gente normal y corriente con sus miedos y sus intereses. Tampoco nos plantamos el resto de ciudadanos, seguimos sin hacer ruido, pagando impuestos y no arriesgándonos a complicarnos la vida.
Los mayores decimos que eso tendrían que hacerlo los jóvenes que son los que menos tienen que perder y los que más van a pringar, los jóvenes diciendo que es responsabilidad de los mayores que los han llevado hasta aquí, los funcionarios..., los empresarios..., los propietarios..., los unos por los otros y la casa sin barrer.
Y es que al final resulta que la mayoría de gente no sabe ni por dónde le da el aire, somos mayormente comodones, asustadizos y egoístas aunque a veces nos salga un ramalazo de generosidad por algún lado y, sobre todo, somos humanos, que es la condición más sobrevalorada que existe en el universo.
La humanidad patatín, la humanidad patatán... cuando desde el principio de los tiempos sólo uno de cada 10.000 humanos que han existido ha valido realmente la pena y son esas excepciones las que, por lo que sea, definen a la humanidad cuando debería ser al contrario y estar definida por los 9.999 restantes.
En definitiva, estamos frustrados porque esperamos, infundadamente, mucho de nosotros mismos y de nuestros semejantes.
A veces, cuando voy torcido tengo la capacidad de ver las cosas como son y no como deberían o podrían ser, y me maravillo de hasta donde hemos llegado a pesar de todo, me doy cuenta de que todo podría ser muchichísimo peor de lo que es y me quedo en paz.
También es verdad que tanto torcido como recto estoy muy agradecido por ya no ser joven y tener menos vida por delante que la que dejo atrás, porque por muy optimista que me ponga soy incapaz de no ver el infierno que está por llegar. Ojalá me equivoque.