Abascal: «un español no puede ser racista» y la réplica de su propio electorado
¿Puede un español ser racista? La pregunta parece una trampa y, en parte, lo es: la respuesta cambia según lo que cada cual entienda por racismo, por español y por Historia.
Santiago Abascal ha tomado partido con una tesis tajante, «un español no puede ser racista», y el eco que ha levantado dice bastante más sobre identidad y relato que sobre biología. Lo llamativo no es la frase. Lo llamativo es quién se la ha rebatido.
Porque no han salido a contestarle sus adversarios habituales. Han salido los suyos.
¿Puede un español ser racista según los estatutos de limpieza de sangre?
La primera objeción llega desde dentro de la propia historia de España. Se recuerda que los
estatutos de limpieza de sangre estuvieron vigentes durante cuatro siglos, un entramado jurídico que filtraba el acceso a cargos, colegios y órdenes religiosas según la ascendencia. Poca broma con el igualitarismo. Quien sostiene esto no niega que España haya sido tierra de mezcla; señala que también fue tierra de clasificación legal de las personas.
El contraargumento existe y tiene peso: durante buena parte de la etapa colonial, la condición de español se definía jurídicamente y no por el color, y las sociedades de la época se organizaban por estamentos antes que por razas. De ahí sale una segunda discrepancia, la del mestizaje: unos sostienen que mezclarse se vivía como deshonor y otros que el descendiente de españoles era español a todos los efectos legales. La discusión, por tanto, no es si hubo discriminación —la hubo—, sino si eso equivale al racismo tal y como lo entendemos hoy.
¿Cuándo nació el racismo como categoría?
Una línea de análisis defiende que el racismo, como concepto moderno, se construye en el siglo XIX con el respaldo de la ciencia de la época, y que antes de eso no existía como tal. Proyectar el término actual sobre el Imperio español sería, según esta lectura, un anacronismo de manual. La contrarréplica es sencilla: la limpieza de sangre hacía lo mismo con otro vocabulario. Seleccionar personas por su origen y llamarlo decencia no deja de ser seleccionar personas por su origen.
El argumento que no menciona la raza: paro y dumping salarial
Buena parte de la réplica se aparta del origen y entra en la nómina. El razonamiento es económico: con
tres millones de personas en paro, no se entiende qué función cumple atraer mano de obra que presiona los salarios a la baja. Quien defiende esto insiste en que su objeción no es étnica, sino laboral: habla de dumping salarial y de una economía sostenida sobre sueldos precarios. Es un diagnóstico incómodo precisamente porque evita la raza y apunta al bolsillo.
En paralelo circula una consigna que resume la desconfianza hacia el partido:
votar a Vox equivale a votar inmigración legal. El reproche no es que la formación sea blanda, sino que su propuesta se limitaría a ordenar el flujo en lugar de frenarlo. Ahí se juega Abascal buena parte de su crédito entre los suyos.
El argumento demográfico: 40 millones no bastan
Hay cifras sobre la mesa. La comparación es sencilla y se repite: Francia ronda los 60 millones de habitantes, Alemania los 80, Italia los 60, y la cuarta economía de la zona euro funcionaría con apenas 40. El corolario es siempre el mismo: sin población no hay mercado interior, no hay tejido productivo y no hay peso político en Bruselas.
- Alemania: 80 millones
- Francia: 60 millones
- Italia: 60 millones
- España: 40 millones
La réplica a ese argumento no se hace esperar:
nunca ha habido tanta gente en España. De ahí se deriva la tesis contraria, que sostiene que la cuestión no es cuántos somos, sino cómo vivimos, y que un país puede encogerse sin dejar de existir. Es la línea que pone la supervivencia por delante del tamaño del PIB.
Hispanoamérica como mercado y la vivienda como factura
A la discusión se cuela un argumento de oportunidad: si economías como las de Milei en Argentina o Bukele en El Salvador despegan, conviene estar bien posicionado en la región antes que los competidores europeos. Es el reverso amable del asunto, el que ve en la lengua y los lazos históricos una ventaja comercial y no un problema.
En los tramos finales aparece, además, un tema que no había salido: la vivienda. Se argumenta que la presión demográfica encarece el alquiler y empuja a los jóvenes a compartir piso, y que ese coste lo pagan los de siempre. También asoma la comparación con Japón, Corea del Sur o Singapur, presentados como países que, según esta lectura, no habrían abrazado el mismo modelo social.
El reproche del votante: «vendidos»
La crítica más dura no viene de la izquierda. Viene de quienes se consideran sus votantes naturales y acusan al partido de traicionar el mandato para el que dicen haberlo votado. El reproche es recurrente: que la formación se ha convertido en una derecha más, útil al sistema, y que el discurso identitario sirve de reclamo mientras la política real apenas cambia.
A esto se suma un factor que enrarece cualquier pronóstico: la sensación, extendida en ciertos círculos, de que el porcentaje de votantes nacidos en España cae cada año y de que cualquier partido que aspire a gobernar necesita cortejar a un electorado nuevo. La conclusión que algunos extraen —que ese electorado se ha vuelto cautivo del Estado— es una hipótesis, no un dato, pero explica la desmoralización.
Qué puede pasar a partir de aquí
Sobre el futuro, el material no ofrece desenlace, solo una mezcla de expectativas y de resignación. Una parte da por hecho que nada cambiará: no habrá plan, no habrá actor institucional que intervenga, no habrá giro posible. Es la parte del relato que menos tiene que ver con Abascal y más con quien escucha.
Al final, la frase del líder de Vox quedará como lo que es: una definición por la negativa. Nos dice lo que un español no puede ser. Sobre lo que sí es, seguimos esperando.