Abascal dice que Marruecos no es un enemigo y sus filas se rompen
La frase se repite en todas las sobremesas políticas de 2026: “Marruecos no es una nación enemiga”. La dijo Santiago Abascal, y a muchos de los que votaron a Vox para levantar un muro moral ante Rabat se les atragantó el desayuno. No es para menos: el mismo partido que en 2021 calificó de «invasión» el asalto a la valla de Ceuta y cuyo líder fue declarado persona non grata en la ciudad autónoma, ahora pide templanza.
El giro tiene lecturas económicas. España y Marruecos mantienen un intercambio comercial intenso, con la agricultura, la pesca y el transporte de mercancías como puntales. Otra cosa es lo que esa interdependencia significa en el tablero político. Quienes aplauden el nuevo discurso sostienen que declarar enemigo a un socio así sería un error de cálculo; quienes lo critican creen que se cede ante un país que reclama Ceuta, Melilla y las aguas de Canarias sin poner nada encima de la mesa.
El fantasma de Ceuta y Melilla
La frontera es el campo de pruebas de todo el discurso. En 2021, Vox cargó contra el Gobierno por la entrada masiva de personas en Ceuta y Abascal acabó declarado persona non grata por usar la palabra «invasión». Años después, el mismo dirigente modula el mensaje. La contradicción alimenta las críticas internas: si entonces era una invasión, ¿qué es ahora?
Para rizar el rizo, la conversación salta a los currículos públicos. Mientras unos recuerdan que Abascal apenas aguantó ocho meses en un organismo antes de denunciar lo que veía, otros replican con los años que Pedro Sánchez pasó en la administración sin rechistar. La guerra de los expedientes no resuelve el fondo: si el acercamiento a Marruecos obedece a convicción, presión electoral o algo más incómodo.
El papel de Estados Unidos e Israel
La geopolítica lo explica casi todo. Marruecos ha normalizado relaciones con Israel y comparte intereses estratégicos con Washington. Para una parte del nacionalismo español, eso convierte a Rabat en un socio obligado en una región donde España tiene poco margen. Para otra, lo convierte en un adversario que ocupa el Sáhara Occidental con la bendición internacional mientras Madrid mira hacia otro lado.
La valla de Melilla de 1970 aparece como símbolo de un tiempo en que la frontera se controlaba sin aspavientos. Ahora, cada crisis migratoria convierte esa nostalgia en un arma arrojadiza entre partidos. El gobierno de Sánchez, al que Vox acusa de debilidad con Marruecos, observa el giro de Abascal con una mezcla de perplejidad y oportunismo.
El coste político de la ambigüedad
Abascal ha conseguido lo que parecía imposible: que sus críticos habituales y una parte de sus propios votantes coincidan en recriminarle el mismo gesto. Por razones opuestas, claro. Unos creen que cualquier acercamiento a Marruecos es una traición a la integridad territorial; otros, que la estrategia exterior de Vox se ha vuelto errática y oportunista.
En medio queda la acusación más ruidosa: que detrás del viraje hay intereses económicos. Sin pruebas en firme, el simple hecho de que se mencione ya condiciona el relato. La política europea hacia Marruecos nunca ha sido un camino de rosas, y Vox lo está comprobando en sus propias carnes.
El Sáhara Occidental, un territorio que según las estimaciones que manejan los análisis geopolíticos equivale a un tercio de la península, sigue sin un estatus resuelto. Mientras tanto, España mantiene con su vecino una relación de amor-odio: mucho comercio, mucha retórica, y ninguna respuesta clara sobre si estamos ante un enemigo o ante el socio incómodo de siempre.