La viña de Nabot: la advertencia bíblica sobre abuso de poder económico
La primera lectura de la misa de este martes 16 de junio —del primer libro de los Reyes, capítulo 21— narra uno de los episodios más crudos del Antiguo Testamento: el rey Ajab desea la viña de Nabot, que este se niega a vender. Ajab, con la ayuda de su esposa Jezabel, urde una acusación falsa, Nabot es lapidado, y el rey toma posesión. Entonces el profeta Elías irrumpe: «¿Has asesinado y pretendes tomar posesión?». La sentencia divina es explícita: los perros lamerán la sangre de Ajab en el mismo lugar donde lamieron la de Nabot.
La historia es un arquetipo de la corrupción institucionalizada: el poder político manipula la justicia para apropiarse de la propiedad privada. Un tema que, trasladado al siglo XXI, resuena en contextos de expropiaciones forzosas, desahucios o especulación urbanística con connivencia administrativa. Si algo demuestra el relato es que la concentración de poder económico y político tiende a pasar por encima de los derechos individuales. Y que, según la lógica bíblica, la impunidad tiene fecha de caducidad.
El pasaje no ofrece medias tintas: no hay negociación posible, sino confrontación directa entre el derecho del propietario y la codicia del gobernante. La conclusión, para creyentes y no creyentes, es que el abuso de poder siempre genera una reacción, aunque sea a largo plazo. En tiempos de debates sobre el precio de la vivienda y la protección del pequeño propietario, la viña de Nabot sigue siendo un espejo incómodo.
¿Qué nos dice esta lectura sobre la economía actual?
La expropiación de Nabot no es un caso aislado en la Biblia, pero es el más explícito en mostrar la connivencia entre la realeza y el sistema judicial. La viña, como activo productivo, representa el sustento de una familia. Hoy, pequeños propietarios agrícolas y urbanos se enfrentan a dinámicas similares cuando el interés público (o privado con cobertura legal) se impone sin compensación justa. La diferencia es que hoy hay recursos legales, pero la asimetría de poder sigue siendo descomunal.