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Será en Octubre
A continuación, el Evangelio de…
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Jesús envía a sus discípulos a proclamar el Reino de Dios y curar a los enfermos, pidiéndoles una pobreza radical y una confianza absoluta en la providencia divina.
Jesús convoca a sus Doce y les otorga poder y autoridad sobre demonios y enfermedades. Su misión es clara: proclamar el reino de Dios y sanar a los enfermos. Pero la forma en que deben hacerlo es lo que llama la atención. Les instruye de manera contundente: "No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno". Esta directriz no es un mero consejo logístico, sino una profunda lección sobre la naturaleza de la misión y la fuente de su poder. Se trata de una pobreza radical, una renuncia a las seguridades humanas para depender por completo de la fuerza de la Palabra y de la providencia divina.
Esta "desnudez" espiritual, como la describe Carlo María Martini, no es un despojo exterior sin más, sino la condición para una auténtica libertad interior. Quien nada posee ni a nada se apega, nada tiene que perder y queda enteramente disponible para el servicio del Reino. La confianza no debe depositarse en los medios o apoyos humanos, sino en la propia misión encomendada y en Aquel que la impulsa. Esta vulnerabilidad asumida es la que permite estar verdaderamente atentos al entorno y abiertos al encuentro con las personas y sus realidades, cambiando por completo la dinámica del anuncio.
La instrucción de Jesús continúa con la indicación de dónde deben alojarse: "Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio". Esto subraya la importancia de la hospitalidad y la confianza en quienes los acogen. No se trata de buscar el lugar más cómodo o seguro, sino de integrarse en la vida de la comunidad que les recibe, compartiendo su mesa y su techo. Esta cercanía permite una comprensión más profunda de la realidad de las personas y facilita la comunicación del mensaje.
Si, por el contrario, no son recibidos, la respuesta es igualmente instructiva: "Y si alguno no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, como testimonio contra ellos". Este gesto, aparentemente simple, tiene un gran simbolismo. Es una forma de desvincularse pacíficamente de la negativa, sin guardar rencor, pero dejando constancia de que su mensaje fue ofrecido y rechazado. La misión no se trata de imponer, sino de ofrecer, y la libertad de aceptar o rechazar pertenece a cada uno.
El libro de los Proverbios nos ofrece una perspectiva sobre la sabiduría acumulada a través de la vida cotidiana, la observación y la experiencia. La oración de Agur, recogida en este texto, es un ejemplo de cómo educar el deseo, pidiendo no desde la codicia ni el miedo, sino desde la confianza. Su petición de una "ración de pan" es significativa, pues el pan es, por definición, el don para compartir. La sobriedad personal, al frenar la cultura del descarte, abre espacio para la justicia, entendida en la Escritura como dar a cada uno lo necesario para una vida digna.
Esta sabiduría bíblica nos invita a cultivar la libertad interior, que nos abre a la disponibilidad y al aprendizaje de vivir con lo suficiente. De esta manera, la mesa de la comunidad puede permanecer abierta y equitativa. La misión de proclamar el Evangelio y sanar lo herido del corazón humano nace de esta confianza y vulnerabilidad. Jesús nos llama a ponernos en marcha, sin miedo a nuestras debilidades, libres para estar, escuchar, abrazar, curar y comunicar la alegría del Evangelio, siempre respetando los tiempos y las respuestas de cada persona.
A continuación, el Evangelio de…