Ceuta: la impotencia de las protestas en una crisis migratoria que no resuelve nadie
¿Qué ocurre cuando una parte de la ciudadanía siente que el Estado protege a quienes acaban de llegar y desoye a quienes llevan toda una vida en la ciudad? En Ceuta, esa percepción se ha convertido en el combustible de unas protestas que, por el momento, no logran mover los hilos del poder. Los manifestantes denuncian que los asentamientos de personas migrantes no solo no se desmantelan, sino que crecen, y que el Gobierno y las fuerzas de seguridad actúan con una complacencia que interpretan como una bofetada hacia los vecinos.
El malestar no es únicamente social: es político. En el horizonte están las próximas elecciones generales, y el recuerdo de que otros episodios graves en vísperas de comicios cambiaron el mapa electoral —el 11M de 2004, en plena campaña— invita a leer la crisis actual como un tablero de ajedrez, no como un problema humanitario. Hay quien sostiene que el Ejecutivo alarga deliberadamente la situación en beneficio propio; otros creen que simplemente no sabe cómo gestionar la presión fronteriza sin abrir un conflicto peor con Marruecos.
Y mientras tanto, la frustración se enquista. La sensación de que España ha perdido el control de su frontera sur y de que Ceuta se ha convertido en un peón en otra partida alimenta un clima de ira con salidas impredecibles. Nadie, en este momento, arriesga un pronóstico sobre hasta dónde llegará el descontento. La historia, desde luego, no invita a ser optimista.