Hungría derroca a Orbán y el nuevo líder se apellida Magyar
El resultado electoral en Hungría ha dejado un reguero de interpretaciones que van mucho más allá de las fronteras del país. El partido de Viktor Orbán, que llevaba tres lustros en el poder, ha perdido las elecciones frente a una formación liderada por un político prácticamente desconocido a nivel internacional:
Péter Magyar. La coincidencia onomástica —Magyar significa «húngaro» en húngaro— ha disparado todo tipo de suspicacias entre quienes ven en el resultado una operación orquestada desde Bruselas. La celebración de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y del hijo de George Soros, Alex, ha alimentado esa lectura.
Qué ha pasado en Hungría y por qué importa en Bruselas
El hasta ahora primer ministro húngaro era, según el relato que se ha impuesto en una parte del análisis económico y geopolítico, el principal obstáculo para la agenda comunitaria. Su negativa a alinearse con las políticas migratorias de Bruselas y su resistencia a las directrices energéticas le habían convertido en un grano en el culo de las élites europeas, según sostienen quienes siguen el día a día de las instituciones. La victoria de Magyar ha sido recibida con entusiasmo por la cúpula de la UE, que ve en el cambio un aliado más dócil.
La coincidencia del apellido del ganador con el gentilicio de su propio país ha sido el detonante de las teorías más creativas. Hay quien compara el caso con un hipotético triunfo en España de un candidato llamado «Castizo». La sospecha de que los servicios de inteligencia o los grupos de presión europeos hayan colocado a un títere para desalojar a Orbán circula con fuerza en los círculos críticos con Bruselas. No hay pruebas que respalden esa acusación, pero el nombre del ganador ha hecho correr ríos de tinta.
El perfil del ganador y su relación con el partido de Orbán
Péter Magyar no es un recién llegado a la política húngara. Procede de las filas de Fidesz, el partido de Orbán, y su formación, Tisza, se sitúa en el centro-derecha conservador. Ese detalle es el que más desconcierta a quienes esperaban un giro radical. Si el nuevo primer ministro pertenece al mismo ecosistema ideológico que el anterior, ¿por qué la celebración en Bruselas? La respuesta que se da desde el escepticismo es que lo relevante no es el programa, sino la disposición a no bloquear las decisiones comunitarias.
Quienes conocen Hungría de primera mano describen un país que se ha mantenido al margen de lo que llaman «giliprogresismo» e invasión migratoria durante los últimos años. La estación de Keleti, en Budapest, fue durante la crisis migratoria de 2015 un punto de paso masivo. Ahora, el temor de una parte de la población es que el cambio de gobierno abra la puerta a políticas de acogida que hasta ahora se habían evitado. El nuevo Ejecutivo tendrá que lidiar con esa expectativa.
Las consecuencias económicas y geopolíticas para la UE
El impacto del cambio húngaro se mide en clave de poder dentro del Consejo Europeo. Orbán era el último líder capaz de frenar decisiones por unanimidad en materia de política exterior, sanciones o fondos. Su salida debilita esa minoría de bloqueo y refuerza la posición de la Comisión. En términos económicos, Hungría es un país pequeño pero estratégico por su ubicación y por su dependencia energética de Rusia. Un giro hacia Bruselas podría traducirse en un mayor aislamiento de Moscú en la región.
La comparación con Polonia es inevitable. El anterior gobierno polaco era antirruso pero no plegó su política migratoria a las exigencias de Bruselas. El resultado, según la lectura que se hace desde la crítica, fue una presión constante desde las instituciones europeas hasta provocar su caída. En Hungría, el partido comunista no tiene presencia relevante, pero la sospecha de un «entrismo» orquestado desde fuera sigue viva en los mentideros. La pregunta que flota es si Magyar será capaz de mantener un perfil propio o si se convertirá en un simple ejecutor de las directrices de Von der Leyen.
Qué pasa con Moldavia y el flanco este de Europa
La conversación derivó hacia Moldavia, otro polvorín con dos mechas encendidas: Transnistria, controlada de facto por Rusia desde hace tres décadas, y Gagauzia, con autonomía y simpatías prorrusas. La presidenta Maia Sandu tiene tirón entre los jóvenes y los sectores prooccidentales, pero la mitad del país recela de Bruselas. La obligación de acoger migrantes en el marco de la solidaridad europea es uno de los argumentos que más rechazo genera.
El escenario más probable, según el análisis que se maneja, es que Sandu avance la integración con la UE a paso de tortuga, recibiendo fondos a cambio de reformas. Pero ceder Transnistria o Gagauzia sería su línea roja. Su electorado nacionalista no se lo perdonaría. La reunificación con Rumanía, que ya supera a Bulgaria en PIB per cápita, aparece como una vía alternativa para entrar en el club europeo sin pasar por la integración directa. Besarabia, mientras tanto, sigue partida entre Ucrania y Moldavia, y nadie espera que esa frontera se mueva.
El detalle que descoloca es que el hombre que ha desalojado a Orbán se apellida igual que su propio país. En húngaro, «magyar» significa «húngaro». Si alguien quería colocar a un títere, desde luego no se esforzó en disimular.