El estrecho de Ormuz se cierra y la gasolina ya sube un 42%
El estrecho de Ormuz está bloqueado y el coste ya aparece en cualquier surtidor. La gasolina en Estados Unidos se ha colocado en 4,24 dólares por galón, un 42% por encima del precio que tenía cuando arrancaron los bombardeos contra Irán. La cifra es contundente. Lo discutible es quién la paga, quién la capitaliza y cuánto falta para que el resto del mundo la note en la cesta de la compra.
La gasolina que ya se paga en el surtidor
Con la campaña de ataques en marcha, la administración estadounidense ha movido ficha: 700 millones de dólares para reflotar el carbón, buena parte canalizada a través de la Defense Production Act, la ley de poderes especiales de guerra. Se rescata así una industria que llevaba décadas cuesta abajo invocando una emergencia bélica. El discurso oficial habla de mineros y de empleo; el subtexto apunta a un sistema energético que se prepara para lo peor.
El reguero no termina ahí. Se avisa de una cascada que ya está en marcha: crisis alimentaria, flujos de refugiados, escasez de componentes electrónicos y racionamiento de energía. La crisis no llegará de un día para otro, pero llegará.
El plan iraní: asfixiar antes que vencer
La estrategia que se atribuye a Teherán no pasa por derrotar militarmente a Estados Unidos —no está a su alcance—, sino por hacer que la economía mundial obligue a Washington a marcharse. El razonamiento se repite con insistencia: Irán no puede expulsar a las tropas estadounidenses de Oriente Medio, pero sí puede estrangular una arteria crítica con minas, drones y cohetes, sentarse a esperar y dejar que sus propios aliados, y de paso los socios de Washington, le pidan a la superpotencia que se retire. El estrecho como palanca, no como trinchera.
Sea exacto o no el cálculo, traduce una lógica incómoda para Occidente: en una guerra de desgaste, aguanta más quien mejor resiste el daño que quien dispara más rápido.
La factura imposible de Washington
Sobre el terreno, la cuenta no cuadra. Los ataques se dirigen a objetivos baratos y móviles —radares, antiaéreos, camiones lanzadera— mientras lo valioso sigue enterrado en las montañas, fuera de alcance. El cálculo que circula es sangrante: cada misil puede costar hasta cuatro veces más que el blanco que destruye. A eso hay que sumar el carburante de los cazas, la escolta naval y aérea y el enjambre de drones de reconocimiento que lo acompaña. Y mientras, el portaaviones, gran símbolo de la proyección de fuerza, apenas se deja ver en esta partida.
Washington lo intenta compensar a base de gestos de fuerza —la amenaza de tomar la isla de Kharg, el pulso por el control del estrecho— que sus propios aliados leen más como desesperación que como estrategia.
El frente yemení y el vídeo falso que movió una retirada
El frente que nadie tenía en el guion ha dado un vuelco. Ansar Allah, con un arsenal mucho más modesto, ha golpeado una base militar saudí, la refinería de Jizan y la terminal petrolera de Yambo con misiles Zolfacar y Kheibar Shekán. La refinería de Jizan quedó en llamas y, con los mercados cerrados, la reacción del crudo quedó pendiente de la apertura.
El detalle más llamativo no es militar, es digital. Una de las versiones que circula sostiene que los hutíes avanzaron por la costa del mar Rojo tras difundir un vídeo falso, generado con inteligencia artificial, en el que un supuesto comandante enemigo ordenaba a sus tropas retirarse. Es una afirmación difundida por cuentas de seguimiento, sin verificación independiente, y conviene tratarla como lo que es: un rumor con sabor a futuro. Pero describe bien el suelo sobre el que se libra esta guerra.
Los flancos que se multiplican
El conflicto ha dejado de ser cosa de dos. Irán ha alcanzado una de las principales centrales eléctricas de Kuwait, ha lanzado misiles balísticos contra la base de Al-Azraq, en el este de Jordania, y un carguero estadounidense que transportaba gas natural licuado ha ardido en Egipto tras el impacto de un dron. En el ataque a Jordania se han descrito bajas graves y el traslado de heridos a Alemania.
Mientras, el frente europeo cruje por su cuenta. El 1 de septiembre, Alemania ha acusado a Rusia de librar una guerra híbrida y ha anunciado el cierre del consulado ruso en Bonn. En Rumanía han estallado disturbios por el precio del combustible. Y en España los pescadores han empezado a protestar por el gasóleo. La energía ha dejado de ser un asunto de política exterior.
El petróleo, los bonos y quién paga la fiesta
El bloqueo del canal reparte también ganadores inesperados. La agencia rusa TASS ha cifrado en un billón de rublos los ingresos extra que el presupuesto ruso podría obtener por la crisis de Ormuz: la escasez empuja al alza el crudo que Moscú vende a quien todavía se lo compra. El país que Occidente sanciona se frota las manos.
El mecanismo, eso sí, es el de siempre. Cuando el miedo se dispara, los inversores venden bonos, el precio cae y el rendimiento que ofrecen sube. Quien quiera financiarse —un banco, una empresa, un Estado— tiene que pagar al menos ese interés para resultar atractivo. Con los rendimientos tensionados, el dinero deja de circular barato y préstamos, hipotecas e inversiones lo notan. El petróleo caro es solo la punta: debajo está el encarecimiento del dinero.
Todo apunta a un otoño de racionamiento, gasolineras caras y presión creciente sobre los bancos centrales. Pero conviene no correr: nadie sabe cuánto aguanta cada bando ni cuándo se firmará un alto el fuego que ya se ha roto antes. La única predicción que se sostiene con los datos sobre la mesa es que, si el canal no se reabre antes de que se agoten las reservas estratégicas, la economía de guerra dejará de ser un titular para convertirse en la vida cotidiana de medio mundo.