¿Se ha perdido la épica en la música española? El pulso entre calidad y mercado
Encendiendo la radio, la lista de los 40 principales suena a banda sonora de cadena de comida rápida: producción en serie, estribillos de fórmula y un reguetón que parece fabricado por algoritmo. Entre los aficionados a la música, la pregunta ha vuelto a abrirse paso en los últimos años: ¿se ha hecho en España algo musicalmente comparable a las grandes obras del siglo XX? O, dicho sin rodeos, ¿dónde quedó la épica?
El ‘granel’ musical: la industria que fabrica hits en cadena
El término ‘granel’ se ha convertido en la metáfora favorita de los escépticos. Igual que un menú de comida rápida se compra por metros, el pop y el reguetón actuales parecen servirse en porciones idénticas. No hace falta un oído entrenado para notar la homogeneidad: cuatro acordes, misma percusión y letras que oscilan entre el desamor y el postureo. La comparación con el mundo de la restauración no es casual: la música está producida para no incomodar, para acompañar la compra, para no detener el tiempo. Y eso es exactamente lo que denuncia una parte de los oyentes: la falta de canciones que, como las de Mecano o Nino Bravo, sean capaces de pararlo.
Rosalía, el espejo roto de la modernidad española
Ningún nombre concentra más pasiones que Rosalía. Para unos, representa la reinvención del flamenco con una propuesta personal e inconfundible. Para otros, es el paradigma de la artista fabricada: un producto diseñado para el mercado global, comparable a una cadena de comida rápida que vende lujo, pero sabe a cartón. La acusación de que su éxito obedece más a la estrategia de marketing que al talento divide a los analistas. En el centro del choque está una pregunta incómoda: si el público que la aborrece y el que la adora hablan realmente de la misma propuesta musical.
El refugio de la world music y el canon clásico
Frente al ‘granel’ industrial, existe una alternativa que gana adeptos: la world music, un cajón de sastre donde la música folclórica y artesanal de distintos países se escapa de los algoritmos. Sus defensores la describen como el último reducto de la autenticidad, creada por músicos anónimos por amor al arte, sin trucos digitales. En paralelo, el canon clásico del siglo XX —de Rachmaninov a Turina, Granados o Falla— sigue siendo el espejo en el que se miran los que sostienen que la actualidad ni alcanza ni alcanzará esa altura. El argumento es difícil de refutar cuando se comparan nóminas: el siglo XX ofreció genios, mientras que el XXI, hasta ahora, ha dado grandes estrategias comerciales.
La cuestión no es únicamente estética. Es también industrial: cuando las plataformas premian el consumo rápido, la canción se convierte en una mercancía más. Que el último gran éxito suene a menú de comida rápida no es un accidente; es la lógica del mercado en su forma más pura. La pregunta que queda sobre la mesa es si la industria puede volver a producir canciones con capacidad de parar el tiempo, o si el público ya se ha acostumbrado a comer siempre lo mismo.