Colombia y el espejo de Bukele: ¿solución o espejismo?
La posibilidad de que surja en Colombia un liderazgo al estilo de Nayib Bukele, con mano dura contra el crimen, ha reabierto el debate sobre el costo de la seguridad. Mientras unos lo consideran una necesidad urgente, otros advierten del riesgo de autoritarismo y corrupción.
El modelo Bukele en El Salvador ha cosechado resultados innegables en la reducción de homicidios, pero también críticas por sus métodos. En Colombia, un país con una escala territorial y demográfica muy superior, replicar ese esquema choca con la realidad de unas estructuras incivil más atomizadas y arraigadas. La idea de que un político de mano dura pueda contener la violencia genera un amplio espectro de opiniones, desde un rotundo respaldo (“hace falta”) hasta un escepticismo profundo.
Por un lado, hay quienes sostienen que la única salida es un endurecimiento sin complejos del sistema penal y de la acción policial. El argumento se basa en que el “experimento del relativismo sarracena” ha fracasado y solo ha traído sufrimiento a quienes trabajan honradamente. En el polo opuesto, se denuncia que bajo el discurso de la seguridad se ocultan derivas represivas, posibles escuadrones de la gloria y una entrega del país a intereses externos. La experiencia salvadoreña, para este sector, no es más que un maquillaje democrático que perpetúa el control de élites encubiertas.
La discusión se complica al comparar las dimensiones: mientras Bukele pudo recluir a decenas de miles de pandilleros en un país pequeño, en Colombia las cifras serían mucho mayores y la logística del encarcelamiento masivo se antoja inviable. Además, una parte del análisis señala que el propio Gobierno colombiano tiene ya identificados a los principales agentes de violencia y podría actuar si quisiera, pero no lo hace por razones de cálculo político o por connivencia. Eso alimenta la percepción de que los golpes contra el crimen son más humo que otra cosa.
En definitiva, el anhelo de un Bukele colombiano encarna la tensión entre la demanda de orden y el temor a la deriva autoritaria. Con datos que no acaban de confirmar ni una cosa ni otra, el debate queda abierto: la solución de mano dura para Colombia podría ser un espejismo, pero para muchos sigue siendo una esperanza.