Rusia no gana en una semana: un mes después, Kiev sigue en pie
La invasión de Ucrania arrancó con una certeza que en el hilo se daba por hecha: Kiev caería en cuestión de días. Un mes después, el relato se ha dado la vuelta. Los primeros mensajes hablaban de conquista exprés; los últimos, de soldados y mandos rusos cayendo «como chinches», en un comentario irónico. Entre medias, una avalancha de banderas ucranianas en redes sociales, ayuntamientos iluminados y una pregunta incómoda: ¿qué puede hacer un hashtag contra una división blindada?
La conquista exprés que nunca llegó
El guion inicial tenía horarios concretos. La capital ucraniana resistía mientras las tropas rusas se colocaban a
25 kilómetros de Kiev y tomaban el aeropuerto Antonov. Eso no era una victoria; era la penúltima casilla antes de la rendición. La fase siguiente, según el mismo relato, era la sumisión del país en una semana.
Ese calendario no se cumplió. Y cuando el pronóstico falla, la narrativa se recompone: ya no se habla de días, sino de avances «poco a poco y asegurando el terreno». Hay quien ha bautizado esas etapas como las fases de un relato que se estira según encoge la conquista.
El plan maestro, dicen con retintín, va siempre un paso por detrás de la realidad.
¿Puede Rusia sostener una guerra larga?
Aquí el análisis se parte en dos. Un bloque sostiene que Rusia es autosuficiente en materias primas, uno de los pocos países capaces de permitirse una autarquía, y que aguantará más tiempo sin kiwis que Alemania sin gas o un índice bursátil sin energía. Recuerda que ya pasó medio siglo en una semiautarquía exportando a sus socios y comprando manufacturas por pura cohesión política.
El frente contrario no lo tiene tan claro. Rusia es también granero: trigo, cereales, alimentos. La duda, según un mensaje del hilo, es si ese grano alimenta al país o se va por la borda del vodka. Si la producción se vacía en la exportación para sostener la caja, señalan, una guerra larga se paga con hambre propia. Ucrania, en paralelo, produce el
75% del trigo de Europa, según una cifra que se repite: perder ese granero no es un detalle menor.
El coste se paga en las facturas europeas
Occidente puede prescindir de la bandera rusa en los escaparates, pero no del gas. Según el cálculo que se cita en el debate, España importa en torno al
10% de su gas de Rusia; el resto llega por otras vías, con Argelia a la cabeza. Suficiente para respirar, insuficiente para dormir tranquilo. Porque el precio no entiende de porcentajes: la factura de la luz se cita ya en
200 euros al mes, y el conflicto añade presión sobre un coste de vida que no baja.
El efecto se extiende más allá de la energía. Combustible más caro, transporte más caro, productos que escasean en los lineales. Y una pieza que cambia el tablero, según un mensaje del hilo: China ha firmado acuerdos con Rusia para abastecerla, lo que reordena quién aprieta a quién. La guerra se cuela en la cesta de la compra antes que en los cuarteles.
Las banderas como arma de guerra
La respuesta simbólica ha sido contundente. El Ayuntamiento de París y la sede de la Comisión Europea se han iluminado con los colores de la bandera ucraniana. En el hilo se da por hecho que Rusia también quedará fuera de la próxima edición de Eurovisión. Y según un mensaje difundido en el debate, un partido de la coalición de Gobierno habría convocado una manifestación contra la OTAN tras la incursión rusa.
Suma y sigue. Hay quien ironiza con que a Putin debe de temblarle el pulso de tanto actualizar su muro. Otros, con que iluminar fachadas es una respuesta «temible» que no mueve un solo blindado. La bandera cambia de color; el frente, no.
¿Qué significa exactamente perder la guerra?
Con lo que hay sobre la mesa, el asunto sigue abierto. Unos defienden que Ucrania está militarmente muerta y enterrada y que solo falta el acuerdo de rendición. Otros, que ni se gana ni se pierde: se ha llegado al punto en que a las dos partes les conviene negociar, con Macron intentando mantener abierto el canal. Las dos lecturas conviven sin resolverse.
Y en medio, el dato que descoloca. Un mes de guerra, un país del tamaño de España en juego, y la pregunta que sigue sin respuesta clara no es quién gana, sino qué cuenta como ganar. Mientras nadie lo defina, cada bando seguirá celebrando victorias en su propio marcador. Ese es el punto exacto donde el análisis se atasca: sin árbitro, gana quien escribe el acta.