El cancionero italiano que España se cantó en castellano
Italia no exportó a España su mejor música: exportó su música entera, y aquí se adoptó sin pedir permiso. Medio siglo después el repertorio sigue en pie, de Domenico Modugno a Andrea Bocelli, pasando por Claudio Baglioni, Franco Battiato y Adriano Celentano. No es la nostalgia de una generación concreta. Es la banda sonora de tres.
De «Piange il telefono» a «24.000 baci»: la oleada turística llegó traducida
Los nombres más antiguos del cancionero son también los más doblados. Modugno, Jimmy Fontana, Gigliola Cinquetti, Celentano, Rita Pavone. El patrón se repite durante décadas: el original suena en la radio italiana y, en cuestión de meses, aparece una adaptación castellana que a veces mejora la letra y casi nunca la melodía.
Pavone merece párrafo aparte. Uno de sus temas más queridos no lo firmó un compositor de oficio, sino Lina Wertmüller, directora de cine —aristócrata, con una filmografía marcada por Giancarlo Giannini— que también escribía canciones. Otra de sus favoritas es una adaptación de un tema de Brenda Lee que, en italiano, se lleva la palma sobre el original.
Los setenta: cuando el italiano sonó sin doblar
Los setenta son la columna vertebral del repertorio. «Sabato pomeriggio» de Baglioni, «Bella senz'anima» de Riccardo Cocciante, «Io camminerò» de Fausto Leali, Amedeo Minghi y su «Cantare e d'amore», Toto Cutugno con «Donna donna mia», Sandro Giacobbe con «Il giardino proibito», la «Non si può morire dentro» de Gianni Bella. Balada melódica, orquesta de cuerda y un estribillo que no necesita traducción para instalarse en la cabeza.
Ese formato aguantó porque no exigía nada al oyente. Ni ironía, ni dobles sentidos, ni vergüenza. Se podía cantar en la verbena, en el coche o en la boda de un primo sin que nadie preguntara de qué iba la letra. El caso de Gianni Bella es el más revelador: su versión castellana, «De amor ya no se muere», cambió el sujeto del original —de morir por dentro a no morir de amor— y así, dulcificado, se recuerda mejor.
1988, Battiato y la letra que no se entendía pero se tarareaba
Franco Battiato es la excepción que confirma el molde. «E ti vengo a cercare» tuvo versión castellana, «Y te vengo a buscar», fechada en 1988, y a su alrededor circularon «Prospettiva Nevski», «L'animale», «Nomadi» y «Sentimiento nuevo». Battiato no cabía en un festival de verano y, aun así, entró en la playlist doméstica por la puerta de atrás: la de las letras raras que uno tararea sin entender del todo.
El resto de la década lo ocuparon Eros Ramazzotti, Umberto Tozzi con «Tu», Marco Masini, Gianluca Grignani, Paolo Vallesi y su «La forza della vita», Antonello Venditti, Ricchi e Poveri, Al Bano y Romina Power. A algunas formaciones de armonías vocales se les colgó la etiqueta de los Bee Gees italianos; la comparación era generosa y, con el tiempo, hasta resultó acertada.
Pausini, Bocelli y el relevo que nadie pidió
Laura Pausini, con «La solitudine», y Andrea Bocelli, con «Macchine da guerra», cierran la nómina. Con ellos llegan Iva Zanicchi y su «Testarda io», el grupo Collage con «Piano piano m'innamorai di te» y Mina, que aparece por la puerta grande con «Nessuno». El repertorio se desplaza de la balada de autor hacia la voz como espectáculo: menos canción, más garganta.
Hay un detalle que revela hasta qué punto se ha mezclado todo. Circulan temas que el oído colectivo atribuye a voces españolas —Mónica Naranjo, por ejemplo— y que nunca fueron suyos. El oído popular no archiva: recuerda a bulto. Y a bulto, medio siglo de música italiana acaba sonando indistinguiblemente propio.
Si algo demuestra el recorrido es que el mercado no premia la originalidad, sino la familiaridad. La próxima generación reconocerá, con bastante probabilidad, más estribillos italianos de los que cree; la duda es cuáles sobrevivirán al filtro y cuáles se quedarán para siempre en la boda de un primo.