El antisistema que no quiere perder su pensión
Hay una paradoja que recorre cualquier conversación sobre el antisistema: quienes más hablan de destruir el orden establecido son, a menudo, los que más tienen que perder si el orden se rompe. En un intercambio de mensajes que se prolongó durante más de un año, un grupo de personas que se definen como antisistema debatió sobre qué significa realmente serlo. Y la conclusión, más que una definición, fue un retrato de contradicciones.
El punto de partida fue una descripción irónica: ser antisistema es militar en un partido de extrema izquierda, montarse en un autobús en tu pueblo con un bocadillo de mortadela y una fanta, y que te suelten en otra ciudad a hacer manifestaciones. A partir de ahí, cada cual fue añadiendo su propia versión. Uno de los participantes más activos lo dejó claro: él quiere la destrucción total y absoluta del presente, de todas las instituciones y de todas las leyes. Pero cuando se le preguntó por qué no montaba él un movimiento nacional, la respuesta fue el silencio.
El antisistema de salón y la pensión de 61 años
La acusación más repetida fue la de cobardía. Se señaló que quien se presenta como ideólogo del antisistema no se juega nada: a sus 61 años, está a punto de jubilarse, tiene un canal de YouTube que roza los 100.000 suscriptores y vende libros en una plataforma multinacional. «Rebelaos vosotros, que yo pongo las ideas», resumió uno de los mensajes. El argumento era que no está dispuesto a arriesgar su patrimonio, su libertad ni su pensión por la causa que predica.
El ejemplo que se puso sobre la mesa fue el de Varg Vikernes, que perdió su canal por expresar su pensamiento sin ambages. También se mencionó a Varela y a David Irving, encarcelados por sus ideas. La pregunta implícita era: ¿por qué el ideólogo no corre la misma suerte? La respuesta que se dio fue que prefiere iluminar el camino desde la distancia, sin mancharse las manos.
¿Qué es el sistema? Del trueque al dinero fiat
Uno de los giros más interesantes del intercambio fue la pregunta sobre qué entendemos por «el sistema». Alguien apuntó que el sistema empieza en la Revolución Industrial, cuando a los hombres les cortan el pelo y les visten de pollo para recordarles que son esclavos. La teoría chartalista, según la cual el dinero es aquello con lo que se cobran los impuestos, también salió a relucir: se señaló que dicha explicación solo aparece una vez consolidado el dinero fiat.
La discusión derivó hacia la religión. Se sostuvo que el cristianismo no es más que una escisión del judaísmo y que las verdaderas religiones de Europa son la romana, la griega, la nórdica y las prerromanas. Frente a esto, otra voz defendió que los bárbaros asimilaron la cultura greco-latina y el cristianismo con naturalidad, por ser mucho más brillante y conveniente que sus costumbres. El término «judeocristianismo» fue calificado de neolengua del sistema, una invención moderna impuesta a los cristianos.
La ley marcial y la comunidad de vecinos
Otra de las propuestas fue la ley marcial. Alguien dijo conformarse con ella, a lo que se respondió que eso no es destruir el sistema, sino todo lo contrario: una reunión de vecinos ampliada. El intercambio derivó en un debate sobre si una comunidad de vecinos puede declararle la guerra al edificio de al lado. La conclusión fue que puede conspirar y organizar vandalismo, pero que eso no es ley marcial.
También hubo espacio para las definiciones más prosaicas. Se dijo que ser antisistema consiste en no follar, apuntarse a todas las teorías conspirativas, ser gordo y físicamente desagradable, y pasar los días jugando con el ordenador y protestando por todo. O ser una funcionaria cincuentona que ficha todos los días, se va al Corte Inglés y vota religiosamente al PSOE. La ironía, en este caso, iba dirigida contra los propios participantes.
El antisistema que solo quiere que le dejen en paz
Entre las definiciones más sinceras apareció una que resumía el cansancio de muchos: «Hay muchas formas de ser antisistema. Yo era anarcosindicalista de joven. Ahora soy anarcofelpudero». La evolución desde el activismo juvenil hasta el desencanto adulto es, quizá, el retrato más fiel de lo que se discutía.
Otro participante llevó la definición al extremo: los únicos antisistema son los que están a favor de reducir el sufrimiento, lo cual lleva inexorablemente a la extinción de toda forma de vida sintiente y a la destrucción de la Tierra para asegurarse de que la vida tarde muchos millones de años en reaparecer. Una versión del antisistema que, al menos, es coherente con la destrucción total que otros solo predican.
La batalla de Pavía y el rey de Francia
La conversación también tuvo espacio para la historia militar. Se discutió sobre una canción que atribuye la victoria en la batalla de Pavía a Jorge de Frundsberg y sus lansquenetes. Se señaló que la batalla fue una victoria hispano-germánica, que los principales comandantes eran españoles y que Frundsberg, aunque tuvo un papel relevante, no fue ni de lejos el más decisivo. Por encima de él estaban el marqués Fernando de Ávalos, el marqués Alfonso de Ávalos, el marqués Antonio de Leyva y el conde Fernando de Andrade.
El debate derivó hacia la presencia alemana en la historia de España. Alguien bromeó con que en la batalla de Pavía el único alemán era Frundsberg, y que luego la wikipedia lo convierte en el protagonista. La discusión, en el fondo, era sobre cómo se construyen los relatos nacionales y cómo se atribuyen las victorias a quien conviene.
El antisistema que no quiere ser mártir
La conclusión que se extrae de todo el intercambio es que ser antisistema, hoy, es una etiqueta que cada cual se pone a sí mismo. Unos quieren destruirlo todo, pero sin arriesgar la pensión. Otros se conforman con la ley marcial, aunque no sepan muy bien qué es. Otros, simplemente, se han cansado y prefieren que les dejen en paz.
La pregunta que queda en el aire es si el antisistema puede ser algo más que una pose. Si quienes predican la destrucción total del sistema están dispuestos a arriesgar algo más que un canal de YouTube. O si, como sugirió uno de los mensajes, el antisistema de verdad es el que no tiene nada que perder, y esos son cada vez menos.
¿Qué queda del antisistema cuando el que lo predica tiene una pensión que defender?