Placas balísticas ligeras: la tesis que, según sus defensores, habría salvado a Shinzo Abe
Shinzo Abe recibió dos disparos de escopeta por la espalda. El ex primer ministro japonés murió horas después en el hospital. El parte médico citado en el hilo indicó que una de las heridas, en el cuello, era lo bastante grande como para alcanzar el corazón, y que ninguna de las balas apareció durante la cirugía. Sobre esa secuencia se sostiene una tesis incómoda: si Abe hubiera portado
placas balísticas ligeras de verano, sólo habría sufrido las lesiones del cuello y probablemente habría sobrevivido.
La propuesta no es teórica. Un portaplacas de verano de surplus policial británico cuesta unos
50 euros puesto en casa. Dentro van placas rectangulares de Kevlar de nivel
NIJ-IIIA, a unos 25 euros cada una. Dos placas —pecho y espalda— bastan. Unos 100 euros separan a un político de esa categoría de la que fue su última tarde.
¿Cuánto cuesta protegerse a diario con placas balísticas?
La barrera del precio es, a la vista de las cifras, falsa. El conjunto completo ronda el centenar de euros si se compra material de cuerpos policiales. La diferencia entre el chaleco de invierno y las placas de verano es de confort, no de coste.
Quien las usa a diario describe una carga mínima: el equivalente a dos folios de Kevlar, uno delante y otro detrás. Con ropa bien escogida, según se relata,
ni se nota ni da demasiado calor. Otra cosa es el coste social, que aquí es el verdadero lastre.
¿Habría detenido un cartucho de escopeta la placa NIJ-IIIA?
Aquí arranca el desacuerdo serio. Una escopeta del calibre 12 dispara con masas y energías muy por encima de un arma corta, subrayan los escépticos. Existen además cartuchos como los Brenneke que se comportan, en la práctica, como una bala maciza.
Quien defiende la placa responde con física elemental: la protección no tiene que parar el proyectil, sólo frenarlo lo suficiente para que no atraviese los órganos vitales. Atribuir a la placa una garantía de salvación absoluta sería un error, pero negarle cualquier efecto también lo es. El cálculo de quien defiende las placas asume que el torso queda intacto; los escépticos recuerdan que, incluso con chaleco, un cartucho de escopeta cerca puede reventar órganos internos por pura transferencia de energía. Nadie zanja el debate.
El calor, el disimulo y por qué se elige el chaleco mínimo
Portar protección balística en verano tiene un enemigo obvio: la temperatura. Con los
42 grados que, según se relata, marcaba la calle ese día, un chaleco completo es un suplicio. De ahí la apuesta por el mínimo imprescindible: dos placas, ropa holgada y a caminar. En invierno, en cambio, se recurre al chaleco completo, que se disimula bajo un abrigo.
El segundo enemigo es el disimulo. Una prenda bien escogida oculta las placas; una mal escogida convierte al portador en un bulto sospechoso. La clave está en la silueta. Y el tercero, la coherencia: quienes defienden esta rutina la comparan con otros hábitos de seguridad aceptados socialmente. Llevar dos placas es, sostienen, más útil que llevar una mascarilla por la calle.
Los escoltas y los magnicidios que no se evitaron
En el atentado, un escolta desplegó un maletín que, según se relata, era un escudo balístico desplegable. De poco sirvió, según se comenta en el hilo.
El argumento de los escépticos es histórico. César, Lincoln, Kennedy o Carrero Blanco no habrían salvado la vida con una placa de Kevlar, y algunos ni siquiera murieron por disparos. La respuesta a ese reparo es que comparar atentados distintos no invalida el caso concreto: importa dónde entró cada proyectil, no cuántos magnicidios ha habido en la historia. Otros recuerdan que fue una casualidad entre millones.
Queda un dato que rompe cualquier cálculo. La herida del cuello fue tan profunda que alcanzó el corazón, y las balas nunca se encontraron. Ninguna placa, por ligera que fuera, habría protegido esa zona. Un kit de un centenar de euros no responde a si Abe habría vivido. Sólo desplaza la respuesta un poco más cerca del sí.