El rico frugal: caprichos de 2.500€ y sin cambiar de piso
Si el dinero dejara de ser un problema, ¿qué se compraría? La pregunta la lanza un forero que propone imaginar una gran fortuna. Su propia respuesta no es un yate ni un reloj de oro: una chaqueta y una bandera de la Segunda Guerra Mundial,
entre 2.000 y 2.500 euros las dos piezas. Quien plantea el escenario insiste en una idea incómoda: el ahorro se mantiene por moral incluso con una gran fortuna. No cambiaría de vivienda aunque le sobrara el dinero, seguiría soportando a los vecinos y destinaría donaciones grandes a protectoras de animales y a los más desfavorecidos. La alarma de casa, que según él cuesta muy poco a través de una operadora.
Cuánto cuesta el capricho de un coleccionista
La cifra descoloca. En un ejercicio de riqueza hipotética, el deseo material más concreto que aparece son
2.000 o 2.500 euros en dos objetos históricos. Para quien vive con holgura, ese gasto no altera nada. Ahí está el detalle que se repite: cuando no hay restricción presupuestaria, el capricho deja de ser caro y se convierte en pura cuestión de gusto. Un batido de una conocida cadena por
5 dólares vale como respuesta tanto como un vagón de tren habilitado como vivienda para recorrer Europa. La escala de precios se rompe por completo.
Por qué el mantenimiento pesa más que el precio
El freno no está en la compra. Está en todo lo que viene después. Hay respuestas que señalan que un bien caro arrastra IBI, seguros, revisiones y recambios, y que ese coste recurrente desanima más que el desembolso inicial. Un usuario descarta un coche deportivo porque el cambio de cubiertas le dejaría medio sueldo. Una bicicleta de montaña de carbono, por el contrario, admite recambios más baratos, y quien dice hacerle solo
200 kilómetros al año la plantea como compra razonable durante mucho tiempo. El lujo, visto así, funciona como una renta perpetua que nadie quiere firmar.
Tiempo, el lujo que no entra en ninguna tienda
Con la fortuna resuelta, la aspiración deja de ser material.
«Compraría tiempo, dejaría de perder un 80% al menos del que se le dedica al trabajo. Porque ganar pasta o tener pasta, también da su trabajo», resume una de las intervenciones. La idea aparece en varias versiones: retirarse, dejar de madrugar, no volver a negociar un convenio. El dinero compra objetos; el tiempo solo se compra dejando de venderlo. Hay quien añade un matiz con retranca: comprar la propia empresa y despedir a los jefes para verlos sufrir. Otros prefieren alquilar antes que comprar.
La isla amurallada: comprar distancia
Cuando se renuncia a los objetos, lo que se adquiere es aislamiento. Las respuestas más repetidas apuntan a una casa en el campo, sin vecinos, a ser posible en otro país, o a una isla privada rodeada de seguridad y protegida por todos los medios imaginables.
«Una parcela de varias hectáreas en buena zona con una casa decente pero no ostentosa. Para conseguir una distancia higiénica y saludable con las demás especies», plantea otra respuesta. El paisaje favorito varía: costa española, Tailandia, México, un pueblo frío con un paisaje bonito. El patrón común es siempre el mismo: alejarse de la gente.
Un equipo de fútbol y otras fantasías
No todo es retiro y silencio. La fantasía deportiva aparece varias veces: comprar el club del pueblo para ganar todas las ligas, o fichar jugadores y ganar la Champions con un equipo propio. Otra propuesta monta una nave industrial con capacidad para
5.000 personas y organiza una fiesta de veinticuatro horas el primer sábado de cada mes. También hay quien propone adquirir organismos internacionales para disolverlos, una ocurrencia que conviene leer con distancia. El denominador común es el control: no importa qué se compre, sino poder decidir sin depender de nadie.
Alquilar en vez de comprar
La opción más contraintuitiva no es comprar un yate, sino no comprar nada.
«Yo no compraría nada: Alquilaría», sostiene una intervención, y otra le da la razón: alquilar en lugar de comprar evita el mantenimiento y permite cambiar sin ataduras. Es la lógica de pagar solo por el uso. Frente a ella, la corriente más ostentosa apuesta por varios coches y un garaje enorme; en contra pesa que la casa importa menos que el garaje que la justifica.
El capricho más concreto que asoma en la conversación son esos dos objetos de colección por un máximo de 2.500 euros. Con una fortuna de verdad y ninguna atadura material, ¿compra alguien bienes o compra, simplemente, la opción de no volver a trabajar nunca?