Cuesta más un recluso que un parado, pero la libertad no tiene precio
Vuelve la misma cantinela: en España la cárcel sería un hotel de cinco estrellas, con piscina, gimnasio y comida caliente. La paradoja que arrastra esa frase es fácil de enunciar y casi imposible de cerrar. Si la prisión es ese chollo, ¿por qué los mendigos siguen durmiendo al raso, por qué nadie se mata por entrar y por qué ningún acusado pide en el juicio la pena máxima? La respuesta ocupa una palabra que no aparece en ningún balance:
libertad.
Cuánto cuesta mantener a un recluso comparado con un parado
El primer argumento que sostiene la tesis del hotel es económico. Un forero sostiene que el gasto que asume el Estado por cada persona reclusa
supera la prestación media de un desempleado. Es decir, el contribuyente pagaría más por tener a alguien entre rejas que por mantenerlo en el paro. El dato se usa como prueba de que el sistema es blando por defecto.
La letra pequeña cuenta otra cosa: el gasto no mide el encierro ni la pérdida de libertad. No es un menú de restaurante. En el hilo se describe como una dieta de subsistencia: carne correosa, verdura insípida, café de puchero y tres variantes —normal, musulmana y vegetariana— que apenas cambian el plato. Hay quien sostiene que muchos reclusos comen
mejor dentro que fuera. Puede. Sigue siendo lo mismo todos los días, a la misma hora, sin poder elegir.
Por qué un mendigo prefiere la calle a la cárcel
La pregunta del millón no es por qué los ricos no quieren entrar, sino por qué no lo hacen los que no tienen nada. La respuesta más repetida no es material, es normativa. Según el relato de un participante, la red de albergues ya ofrece techo y comida sin necesidad de delinquir, siempre que se acepten reglas: no beber, cumplir horarios, respetar a los demás. Y ahí se cae mucha gente.
Hay excepciones. Existen casos de personas sin hogar que cometen pequeños delitos para pasar el invierno a cubierto. Son, se insiste,
muy pocos. El resto calcula otra cosa: en la calle se pasa frío, pero se decide cuándo y dónde dormir. Dentro, no. La prisión no admite la improvisación, la borrachera ni la siesta a deshora, y tampoco deja salir cuando el cuerpo pide aire.
La libertad, el activo que no sale en el balance
Aquí se cita a Cervantes sin pudor: «la libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos». A eso se añade, sin atribuirlo al autor, que «aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión», y la frase sigue funcionando como argumento de cierre. Horarios rígidos, celdas individuales sobre el papel y compartidas en la práctica, registros con desnudo integral, imposibilidad de viajar, de elegir con quién convives o de mantener relaciones sexuales con normalidad.
La pandemia sirvió de ensayo general. Basta recordar el cabreo colectivo del confinamiento para entender lo que pesa que otro te organice la vida. La diferencia es que aquello duró semanas y esto puede durar años: la sensación de encierro, dicen los testimonios, aparece al tercer día aunque la piscina esté llena.
Tercer grado, régimen abierto y el artículo 100.2
La conversación derivó, como suele, al detalle técnico. En el sistema español hay grados: el tercer grado es el régimen abierto, con salidas y control laxo; el artículo 100.2 del reglamento penitenciario permite grados intermedios, lo que en la práctica se llama
semilibertad. La discusión sobre qué término es correcto ocupó tanto espacio como el tema de fondo, y deja una idea clara: la prisión no es un bloque uniforme.
También hay política. Según un funcionario de prisiones que interviene en el hilo, desde 2022 el Estado trasladó a Euskadi las competencias penitenciarias, y los presos de ETA están en centros vascos, en tercer grado o en semilibertad. Quienes defienden la tesis del privilegio lo esgrimen como prueba; quienes la combaten recuerdan que el privilegio, de existir, alcanza a unos pocos y que el común de los reclusos no lo huele.
Cárceles mixtas y convivencia: el coste que no se mide
El factor más citado no es el lujo, es el vecindario. La prisión obliga a convivir las 24 horas con personas conflictivas, y compartir celda con un desconocido no admite cambio de habitación por manía personal. En los centros mixtos, hombres y mujeres coinciden en viales, polideportivo y espacios socioculturales, con los roces que eso genera, según la descripción de ese mismo funcionario.
España cuenta con dos prisiones exclusivamente de mujeres —Ávila y Alcalá de Henares— después de que el centro de Alcalá de Guadaira dejara de serlo a finales de 2023. Son, se sostiene, centros más tranquilos. La propia existencia de esa distinción desmonta la idea del hotel uniforme: el confort depende menos de la estrella y más de quién te toca al lado.
Con estos mimbres, la lógica económica diría que las colas para entrar en prisión deberían ser kilométricas. No lo son. Nadie hace cola para dormir en una celda con ducha caliente a cambio de perder la libertad. Ahí, justo ahí, el análisis se atasca: no hay casilla en ningún balance para la libertad, y sin ese número la tesis del hotel de cinco estrellas no encaja.