La Tercera Guerra Mundial, antesala de la conquista alienígena
En una guerra nuclear prolongada, las cenizas de los incendios subirían a la estratosfera y bloquearían la luz del sol durante meses. La humanidad estaría ocupada sobreviviendo, con las comunicaciones rotas y las instituciones hechas polvo. Nadie miraría al cielo. Y esa, sostiene una corriente de análisis, es exactamente la ventana que aprovecharía una civilización interestelar: un vacío de poder que no han provocado ellos, lo que les permitiría llegar como salvadores y no como invasores.
La comparación histórica inevitable es la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos no inició el conflicto, pero cuando entró en escena encontró una Europa en ruinas y se convirtió en el poder hegemónico del continente sin necesidad de administrarlo directamente. Fue visto como liberador, no como ocupante, a diferencia de los nazis, que cargaban con el odio de haber empezado la guerra. Ese modelo de dominación blanda, a base de sobornos a élites y alianzas estratégicas, es el que repetirían unos visitantes con ventaja tecnológica.
No todos lo ven tan complicado. Hay quien argumenta que una civilización capaz de cruzar el espacio nos lleva 100 años de desarrollo, un suspiro, y que no necesita estrategia alguna: nos barrería en cuestión de horas. Otros, en cambio, bajan al detalle táctico: sondas del tamaño de mosquitos que se introducen en los oídos de los líderes mundiales y los convierten en marionetas, o la tesis de que la invasión ya está ocurriendo en silencio, con élites infiltradas en las altas esferas del poder y humanos colaboracionistas. El debate sobre naves y guerras nucleares sería solo una distracción.
El dato que descoloca: el mismo esquema de dominio que se aplicó a Europa tras 1945 —controlar sin conquistar, comprar élites en lugar de bombardearlas— es el que se plantea para una hipotética ocupación posterior a la Tercera Guerra Mundial. Si el patrón se repite, el conquistador no llevará casco ni nave, sino corbata y cuenta bancaria.