Bitcoin llega a 16.000€ y la crítica sigue igual
Para sus críticos, Bitcoin no sirve como dinero. Es caro, es lento y su continuidad depende de que a un Estado con recursos no le dé por cerrarle la puerta. Ese diagnóstico abrió el debate en agosto de 2017, cuando la moneda rondaba los 4.000 dólares, y ni los subidones posteriores lo han enterrado. Quien lo firma no es un tecnófobo: admite tener algo de dinero puesto en criptomonedas por si suena la flauta. Solo niega que eso sea el futuro de la economía.
El problema no es el precio. Es la utilidad.¿Por qué Bitcoin no funciona como medio de pago?
Nadie quiere pagar comisiones ni esperar los
eternos minutos que tarda una transacción en confirmarse, sostiene la crítica. El caso que se cita es
Steam: la plataforma de videojuegos anunció que dejaba de aceptar bitcoins, según el enlace compartido en el hilo.
Enfrente, la respuesta técnica: tarjetas de débito que convierten a moneda fiat en el momento del cobro, monederos con distintos tipos de moneda o la
Lightning Network, un desarrollo que, según sus defensores, promete transacciones instantáneas y casi gratuitas. Hay más ventajas que se subrayan frente al oro: enviar 100 euros en bitcoins a cualquier parte del mundo en minutos, liquidarlos a una cuenta bancaria o viajar con toda la fortuna encima sin que nadie la vea.
El Estado puede acabar con Bitcoin, según los críticos
Sostiene el análisis inicial que en cuanto un Gobierno legisle en contra, ninguna empresa grande ni ningún banco querrá tocarlo. El mecanismo que invoca es el
compliance: la idea de que las entidades dejarán de operar con criptomonedas en cuanto aparezca la amenaza regulatoria. La contrarréplica es que prohibir no mata la red, solo la empuja a la economía sumergida, al intercambio de drogas, armas o prostitución, donde una moneda sin intermediarios sigue teniendo compradores. Y un matiz: en países con controles de capital, como Grecia, o en media África, donde el saldo del móvil se acepta antes que la moneda local, la utilidad no es teórica.
Al ciudadano medio le da igual la inflación
El relato cripto se apoya en que el dinero fiat pierde valor cada año y que un número fijo de monedas protege de esa sangría. La objeción es incómoda de rebatir: a la mayoría no le interesa. No sabe cómo se imprime el dinero ni cuánto le come la inflación. Solo en estados fallidos —
Venezuela es el ejemplo recurrente— la cosa cambia, y son la excepción. Un crítico lo resume con retintín: esas preocupaciones sobre el banco central son cosa de minorías muy motivadas.
El oro tiene siglos; Bitcoin depende del wifi
Como depósito de valor, la moneda digital afronta un problema de raíz: cuatro días de historia frente a un metal que acompaña a la humanidad desde siempre. El oro arrastra el engorro de almacenarlo, pero Bitcoin añade una fragilidad propia: depende de una infraestructura enorme de telecomunicaciones. Si algo le pasa a esa infraestructura, todo el valor se va al garete. Los defensores contestan con los defectos del oro: venderlo es mucho más difícil, moverlo es un problema y viajar con él es impensable.
¿Burbuja mayor que la de las punto com?
Aquí escépticos y entusiastas coinciden en la palabra incómoda. Unos ven la reedición de la fiebre de las punto com del año 2000; otros, una hiperburbuja de libro que solo puede subir. La defensa habitual es la analogía del ferrocarril: quien mira un invento nuevo con ojos de carreta solo ve un capricho caro. Y el dato que se pone sobre la mesa:
PayPal, una simple empresa de pagos, capitalizaba 70.000 millones, frente a lo que valía Bitcoin entonces.
148 predicciones de su muerte, y sigue cotizando
El argumento más incómodo para los agoreros es su propio historial. Las profecías sobre el final de Bitcoin acumuladas en listas públicas
superan el centenar, y año tras año economistas y banqueros han ido fallando. Un crítico calculaba que, tras ocho años de existencia,
menos de un millón de personas lo usaba en Estados Unidos, y zanjaba: comprarlo y guardarlo en la guantera no es adoptarlo. Otro admitía el vaivén de las ballenas, capaces de mover el precio cuando les da la gana.
El precio: de 4.000 dólares a 16.000 euros y de vuelta
Los números del relato marcan el vértigo. Bitcoin a 4.000 dólares en el arranque, a 4.100 dólares en pleno intercambio, a 16.000€ cuando alguien reabre la conversación, y más tarde a 4.300 dólares tras haber caído por debajo de los 4.000. Quien compró en máximos de 15.000 dólares mira la cifra con amargura. El mercado de futuros tampoco ayuda a moverse: ponerse corto obliga a márgenes del 50% que expulsan al pequeño inversor.
Que nadie espere una respuesta cerrada. El historial invita a la humildad y el precio, a la arrogancia. Quién sabe si Bitcoin terminará como el sistema monetario del futuro, como una red que cambió las finanzas y murió como moneda, o como la mayor reliquia especulativa del siglo. Lo que aún no ha ocurrido es lo que anunciaba el análisis inicial: un día hará «puf» y se irá a cero sin dejar rastro.