La Siberia española: 1,63 habitantes por km² y ni un médico
Hay una comarca española que tiene menos densidad de población que Laponia. No es una licencia literaria de verano: en el Señorío de Molina de Aragón (Guadalajara) viven
1,63 personas por kilómetro cuadrado, por debajo de Siberia y del círculo polar. El dato se convierte en diagnóstico cuando se pone junto a otro: en algunos de sus pueblos casi la mitad de los vecinos supera los
80 años. La despoblación rural española no es solo un problema de gente que se va, es un problema de gente que ya no está en edad de tener hijos.
El territorio es fronterizo con Soria, Zaragoza, Teruel y Cuenca y funciona como eje de una de las zonas menos pobladas de Europa. El panadero
Alberto Usero reparte a diario por los pueblos de alrededor, y en temporada alta no pasa de setenta barras. Define su oficio, sin ironía, como «un servicio público». Lo mismo hace el autobús escolar, que recoge dos o tres niños por población: sin él, comerían sin pan o no irían a clase. Muchos de esos municipios no tienen tienda, ni médico, ni colegio.
Por qué se vaciaron los pueblos de Guadalajara
El éxodo arrancó a finales de los años 50, con un desarrollismo que necesitaba mano de obra para las fábricas de Madrid y el litoral y un campo poco tecnificado del que costaba salir. Se levantaron barrios enteros como la colonia Marconi o Ciudad Pegaso. La economía se concentró en las áreas litorales y las grandes ciudades. En el resto de Europa nacieron industrias derivadas de los productos agrarios; aquí, no.
El jubilado
Jerónimo Lorente forma parte de esa estadística con nombre y apellidos. Se marchó a Madrid, trabajó en Correos y volvió veintiún años después. «Cuando me fui, en mi pueblo —Adobes— aún vivía casi un centenar de personas y cuando volví, nada, ocho o diez, tres bombillas y las ovejas pastando por las calles», resume. Fue alcalde diez años y participó en la plataforma
La otra Guadalajara, hermana de Teruel Existe o Soria Ya, que agrupó una docena de reivindicaciones comunes: carreteras, banda ancha, servicios básicos. Según su relato, la crisis primero y el ciclo político después truncaron el avance.
El mapa que se apaga: 614 pueblos por debajo de 100 vecinos
El catedrático de Prehistoria
Francisco Burillo puso nombre al conjunto: Serranía Celtibérica, una región interregional de
65.825 kilómetros cuadrados —el doble de Bélgica— repartida entre Guadalajara, Cuenca, Soria y Aragón. No llega al medio millón de habitantes y perdió 8.000 personas en un solo año, buena parte por defunción. Solo cuatro localidades superan los 20.000 residentes: Calatayud, Teruel, Cuenca y Soria. En el otro extremo, 614 municipios no llegan al centenar de vecinos. Burillo lo califica como el territorio más desarticulado de la Unión Europea, con una pirámide de población sin base y cuatro administraciones distintas que tendrían que ponerse de acuerdo para pedir ayudas como entidad global.
El agricultor
Ángel Luis López, de 47 años, pone cifras al desplome desde La Yunta: de cada cien habitantes, solo 25 están en edad de trabajar y hay cinco niños. Casi la mitad de la población pasa de los 80. Su pronóstico es crudo: en una década y media, muchos de estos pueblos habrán desaparecido. La tendencia nacional no ayuda. Las proyecciones demográficas apuntan a que solo Madrid, Canarias, Illes Balears, Murcia y Andalucía ganarán población en los próximos quince años; el resto del país se encoge.
¿Se puede repoblar la España vacía?
La respuesta corta es que nadie lo ha conseguido todavía. La receta más repetida pasa por una fiscalidad casi inexistente —impuestos al 1%, fuera el IBI y las licencias—, fibra óptica de última generación y cero burocracia, con el argumento de que el capital y las empresas llegarían solos. El problema, señalan otros análisis, es el margen: dentro de la UE una rebaja así puede leerse como ayuda de Estado ilegal. El espejo que se cita son los cantones suizos de Obwalden y Nidwalden, que compiten con tipos planos ridículos y se han enfrentado al Gobierno federal por su política fiscal.
Hay más propuestas sobre la mesa. La fusión de municipios a punta de pala, dejando vivas solo las cabeceras comarcales y los pueblos con valor histórico, geográfico o estratégico, aparece como la vía menos romántica y la más citada. También la ganadería extensiva, aunque con matices: unos sostienen que sobran pastos y falta gente dispuesta a un trabajo que describen como esclavitud; otros replican que en la sierra oriental de Guadalajara llueve poco y no hay monte cerca. Y una tercera vía, la de dejar que la naturaleza recupere el terreno, choca con la seguridad alimentaria y con la España que envejece.
El obstáculo real, apuntan análisis con experiencia directa sobre el terreno, no es la falta de recursos. Es que las propiedades están en pocas manos, a menudo heredadas y vacías, y sus dueños no las sueltan ni a precio de ruina. Quien intenta instalarse se encuentra con casas inhabitables desde hace décadas a 30.000 euros y alquileres que en algunos casos no envidian a los de Madrid, sin servicios ni transporte público detrás. La motorización no es una opción, es una condena.
Añádase el detalle que rompe cualquier postal: en esas sierras se han registrado mínimas de 35 grados bajo cero, y el suministro eléctrico y de agua se cae con cuatro gotas más de lo habitual. Sin embargo, en algunas zonas han sido familias de origen extranjero asentadas en el campo las que han sostenido la actividad agraria y frenado la pérdida de vecinos. Es el dato incómodo para todos los relatos.
El caso de la alfalfa que un pueblo de Teruel vende a Arabia Saudí se repite como prueba de que la comercialización ya no es una barrera. Un arquitecto no necesita estar todos los días en La Castellana. Con esas piezas sobre la mesa, la predicción razonable es que algunas cabeceras comarcales aguanten y se conviertan en islas de servicios, mientras el resto del mapa se apaga despacio. Tampoco hay que fiarse: diez años después del primer diagnóstico, la conversación sigue abierta y la densidad, más baja.