Socióloga y dominatriz: cinco años de trabajo sexual para estudiar el machismo
Una estudiante francesa de Sociología de 21 años llegó a un hotel para su primer servicio como trabajadora sexual y salió corriendo en dirección contraria. No volvió a su vida tranquila de universitaria ejemplar: cogió un látigo y se hizo dominatriz. Cinco años después, Charly Corbie —Emma en el ejercicio— sostiene que ahora siente menos rabia contra los hombres. El dato, publicado por
El Mundo y recogido con sorna en un foro de economía, es la paradoja que vertebra todo el asunto: la inmersión en el mercado del sexo de pago como método etnográfico para medir el machismo.
El relato oficial de la protagonista es que se metió a trabajadora sexual para estudiar el machismo. La sospecha mayoritaria que recorre el debate es la inversa: que ya era trabajadora sexual y se metió a socióloga para justificarlo. La discusión se encona cuando entra el dinero: según su propio testimonio, en cinco años como trabajadora sexual ha vivido una única violación, mientras que en un año de relación con un hombre violento no sabe contar las veces que sucedió.
Qué es una dominatriz y por qué cambia el análisis
El matiz técnico que muchos pasan por alto: no se prostituye ella, sino que son sus clientes quienes se someten. Cobra por actuaciones sexuales, redes sociales y del ecosistema artístico, según el artículo. Practica lo que ella llama cariñoterapia, alternando sumisión con caricias y abrazos. Hay quien lo resume con guasa: aquí somos más de paloterapia.
Ese detalle desmonta media discusión. Si el cliente paga por recibir, la transacción no es la que el imaginario colectivo asume. Y abre una pregunta incómoda sobre el propio método: ¿se puede estudiar el machismo desde el lado del que paga por ser humillado?
El argumento que más se repite: la claridad del contrato
La explicación más elaborada que circula es que las relaciones con los hombres se vuelven más claras, transparentes, definidas y honestas cuando media un precio. El cliente no se siente despreciado, juzgado ni exigido de formas aleatorias a cambio de acceso a nada. De esa claridad emanarían la confianza y la empatía. Es una tesis economicista: el contrato explícito reduce el coste de fricción emocional.
Enfrente está la lectura opuesta. Que la única violación registrada en cinco años de trabajo sexual frente a un año de relación tóxica con abusos incontables no dice nada bueno del mercado afectivo convencional. La conclusión que extraen algunos es que el problema no es el oficio, sino la institución que lo rodea.
El cinturón de castidad y otros mitos medievales
Una de las derivadas más curiosas del asunto es la corrección histórica. Alguien saca a relucir el cinturón de castidad como ejemplo de que los señores de la Edad Media ya sabían lo que había. La respuesta es tajante: es un mito que caricaturiza el período, y si se hubiera aplicado de verdad, esas mujeres habrían muerto infectadas. Cuando los caballeros marchaban a la guerra, los cuernos campaban por ambas partes. La literatura lo deja claro: quien a la guerra va, de su mujer se fía; mas ella queda acá y hace su porfía.
La digresión sirve para algo: cada época inventa su propio relato sobre la fidelidad y el control, y casi siempre el relato dice más del que lo cuenta que del objeto estudiado.
El caso que nadie cita y que explica el resto
Hay un dato lateral que conecta con la actualidad y que aparece en el material: el presunto asesino de una joven de 21 años en Sevilla ya había intentado matarla y tenía una orden de expulsión del país, según la información publicada. La pareja era de origen colombiano y ella contaba también con nacionalidad española. El uso que se hace de ese caso en la discusión es el de contraste: el machismo auténtico, se argumenta, no se estudia en un hotel con un cliente que paga por sumisión, sino que se mide en las estadísticas de violencia.
Es un salto argumental discutible, pero señala el nervio del asunto: la palabra machismo se usa para cosas muy distintas y el debate nunca fija el denominador.
La pregunta que queda abierta
Si el método de inmersión sirve, ¿por qué no hay varones heterosexuales que se hagan chaperos para estudiar la feminidad? Si el contrato explícito reduce la rabia, ¿qué dice eso del mercado afectivo no monetizado? Y si la protagonista cobra por dominar, ¿estudia el machismo o lo factura?