¿Amistad hombre-mujer o solo un paso hacia la cita?
Un amigo le cuenta a otro que su partida semanal de tenis con una chica se ha convertido en una obsesión. No quiere ser su amigo: quiere una cita, pero no se atreve por miedo al rechazo. La anécdota, sacada de una conversación privada, resume una pregunta incómoda: ¿puede un hombre tener amigas sin que el deseo sexual lo acabe contaminando? El debate no es nuevo, pero cada generación lo revive con los mismos argumentos.
¿Amigos o futuros amantes?
Hay quien sostiene que la amistad heterosexual es un imposible biológico. La comparación favorita: es como ser amigo del propio hijo, una relación asimétrica donde una parte siempre juega desde la autoridad o el interés. En el lado contrario, una corriente pragmática admite que la atracción existe, pero distingue entre deseo y acción. Se citan casos de hombres con amigas atractivas a las que no persiguen, aunque reconocen que si la oportunidad surgiera sin complicaciones, probablemente cederían. La franqueza desarma.
La diferencia de edad aparece como atenuante. Un testimonio describe a dos amigas jóvenes y atractivas a las que no piensa tocar, pero no oculta que ante una oferta directa reconsideraría su postura. Otro presume de llevarse bien con la amiga que considera menos agraciada de su mujer, mientras las otras dos, descritas como más atractivas, quedaron fuera de la ecuación. Con una seguridad que sorprende, añade que las mujeres no son celosas.
El consenso brilló por su ausencia. La única posición unánime fue la del escéptico total: ni amigos ni amigas, y de paso, desconfianza absoluta. Con argumentos así, la conclusión es que la amistad entre hombres y mujeres sigue siendo territorio pantanoso. Y el tenis, simplemente, la excusa perfecta para acercarse sin reconocer las intenciones.