Cinco años para el fin: el catastrofismo económico que invade los foros
Corría el año 2021 cuando la tasa de fecundidad mundial cayó por debajo del nivel de reemplazo en más de la mitad de los países. Datos del Instituto de Métrica y Evaluación Sanitaria publicados en The Lancet lo confirmaban. Pero para muchos, esa cifra no era un dato demográfico más, sino una confirmación: el sistema se está quedando sin gente, y lo que viene no es bonito.
La frase «no tendrás nada y serás feliz en el 2030» se ha convertido en un mantra de quienes ven en la Agenda 2030 un plan de reinicio total. La promesa de felicidad tras la pérdida de todo —propiedades, dinero, salud, familia— evoca el relato de las antiguas profecías milenaristas, pero esta vez con datos económicos y robóticos de fondo.
La explosión robótica de 2026
En los debates económicos de los últimos meses ha cobrado fuerza la idea de que 2026 será el año de la «explosión robótica». La automatización masiva dejaría sin empleo a millones de personas, mientras que una minoría acumularía todo el capital. «Para qué quieren los cuatro ricachoides tanto comecaga», se preguntan algunos, insinuando que la élite no necesita una población numerosa si las máquinas hacen el trabajo. Esta visión se alinea con la tesis del «sometimiento a fuego lento»: no se busca un exterminio, sino reducir a la masa a un colectivo dócil que solo consuma y trabaje lo justo.
La demografía no miente: menos niños, más control
El dato de la fecundidad es contundente. Más de la mitad de los países tienen tasas por debajo del reemplazo (2,1 hijos por mujer) desde 2021, y ninguna nación ha conseguido remontar hasta ese umbral tras alcanzar su mínimo. Mientras tanto, el salario mínimo sube por decreto, pero el resto de salarios se estancan, y la «invasión» migratoria se utiliza como chivo expiatorio para justificar políticas de control. La combinación de envejecimiento, robotización y precariedad laboral alimenta el pesimismo.
¿Reset o revolución industrial?
No todo el mundo compra el Apocalipsis. Hay quienes recuerdan que cada revolución industrial ha ido precedida de una época de «sacrificio» para luego llegar a una nueva abundancia. La cuarta revolución —digital y robótica— estaría ahora en esa fase intermedia. Pero la analogía histórica tropieza con un hecho inédito: la población se reduce voluntariamente, y la tecnología avanza a un ritmo que deja atrás a los sistemas de protección social.
La pregunta que flota es clara: ¿estamos ante un colapso real en cinco años, o es la ansiedad de una clase media que ve cómo se desvanece su futuro? El dato de la fecundidad, frío y medible, sugiere que el cambio es estructural. Lo que vendrá después —sea un «reset» orquestado o una adaptación dolorosa— nadie lo sabe. Pero el cronómetro corre.