Mujeres que hacen de los festivales una forma de vida: ¿lujo o entrega?
Bob Sinclar ha declarado que ya no le interesa pinchar en Ibiza porque el clubbing ha muerto y la escena se ha convertido en un espectáculo para vips. Su crítica apunta a un fenómeno más amplio: la música en vivo ya no sería cosa de dos, sino de selfies y botellas carísimas. En medio está un colectivo que los medios retratan en ocasiones con condescendencia y otras con asombro: mujeres que convierten los festivales en su forma de vida.
El perfil de la mujer festivalera
El reportaje de El Mundo que ha vuelto a poner el fenómeno sobre la mesa describe a mujeres que no asisten a un festival: participan. Escuchan, bailan, se emocionan y forman parte del ritual colectivo. Esa entrega contrasta con el espectador pasivo que consume el evento como una fotografía. La idea de la participación activa frente a la contemplación tiene, además, una lectura económica: quien participa construye comunidad, y esa comunidad es el verdadero activo de la industria.
La brecha entre participación y espectáculo
Hay dos lecturas enfrentadas. La primera defiende que esta devoción fertiliza la industria musical y el turismo local: personas que repiten destino cada año, alimentan hostelería, transporte y servicios. La segunda sostiene que el fenómeno no es más que consumo aspiracional, el mismo de siempre, solo que con esteroides. Los festivales serían el nuevo campo de batalla de la distinción social: quien va a participar frente a quien va a ser visto.
La cuestión queda abierta, sin cerrar. Sin cifras sobre cuánto gastan estas mujeres ni qué retorno generan, la tensión se mantiene entre el elogio de la entrega y la sospecha de que todo es ya un espectáculo para vips.