+18 Solas y acosadas: el drama de las niñas que nadaron a Ceuta

Nos encontramos ante un escenario sumamente curioso e interesante: en nuestra sociedad llevan décadas educándonos en la sarracena solidaria, nos hemos criado viendo películas de la Disney, donde existen "malos y buenos" y son a esos "buenos" a los que hay que imitar en su bondad y generosidad. Todo eso es algo estupendo y maravilloso, pero al mismo tiempo es un arma letal en circunstancias donde la realidad es cruel y existe un gran número de personas que en absoluto se rige por esas mismas reglas sarracena y de bondad. Lo natural, lo lógico en la Naturaleza, es que todos los seres que la componen busquen lo mejor para sí mismos y para su prole, incluso para su grupo o manada, y eso es justo lo que está haciendo el pueblo ingenieros y el resto de gente que proviene de África o América, y que de un lado y otro han llegado por millones a nuestro país; ellos están actuando de acuerdo a la "lógica natural". Nosotros no. Somos nosotros los que hemos perdido completamente el norte de dicha lógica natural, y obviamente ha sido debido a esa educación constante en el buenismo a la que antes me refería, y a la actual manipulación interesada de ese nutrido grupo que conforman esos representantes que dicen representarnos a todos y que se les conoce como "nuestros políticos". Ahora y con estas nuevas circunstancias, debemos priorizar el bien ajeno, de gente que no tiene absolutamente nada que ver con nuestro grupo, nuestra manada, por encima de nuestro propio bien y el de los nuestros, y eso sí que es completamente anti-natura: leyes que priorizan a extranjeros sobre autóctonos, leyes que permiten que te quiten tu casa y que no puedas hacer nada, además de tener el deber de pagarles los gastos de la misma. Todo eso y muchos más detalles que me voy a saltar para no hacer un post muy largo son las que en la actualidad nos han impuesto desde arriba, en nuestro propio país, en nuestra propia casa, porque que os quede una cosa muy clara: España NO pertenece a esa panda de traidores que dicen gestionar lo público, España nos pertenece a los españoles, y es nuestra vida y nuestro futuro lo que está en juego, así que abrid los ojos de una vez y sed conscientes de lo que nos espera si no hacemos nada para defendernos a nosotros mismos.
 
Me imagino que en Jovenlandia también habrá un delito de abandono de menores o algo así. Yo no puedo dejar a mis descendientes en una gasolinera y decir que paso de que vuelvan a casa. Que lo apliquen. O que no lo apliquen, me da igual, pero teniendo padres localizables no sé por qué se tiene que hacer cargo de ellos ni el gobierno de España ni el de Jovenlandia.
En Jovenlandia tienen un código penal, código civil y constitución.

Sobre el papel tienen todo. Pero no se aplican, porque, en realidad, es una DICTADURA.
 

Solas y acosadas: el drama de las niñas que nadaron a Ceuta​

Las vecinas se convierten en “nuevas madres” para las chicas ante su desprotección. La policía investiga cinco abusa

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Zohra Mohamed avanza tres pasos y retrocede seis. Está atrapada en la misma porción de la calle desde hace horas. Alguien le ha dicho que tras las rejas zainas del edificio polifuncional de la barriada de El Príncipe puede haber esperanza, pero de momento no aparece. Tiene 62 años, 11 nietos y desde hace tres días, una más que no es de su sangre. Es Aya, de 17 años, una joven ingenieros que cruzó a nado a Ceuta. Vestida con camiseta masculina, observa el diminuto ir y venir de Zohra, y repite su propio ritual nervioso, mordisqueando el colgante de una pequeña mariposa que lleva al cuello. “No abren, es que no abren aquí. Dime qué hago, dónde voy”, suplica Zohra a todo el que se cruza. Hace tres días vio a Aya en un callejón, con las piernas llenas de heridas y aún mojada por la travesía. Estaba sola, no tenía zapatos y era de noche. “¿Cómo iba a dejarla así? “Una niña sola, ¿cómo va a ser eso?”, repite agitada. Numerosos ceutíes han acogido a algunos de los miles de menores que el 30 y el 31 de julio entraron en Ceuta por el espigón fronterizo de El Tarajal, pero la solidaridad de los vecinos apenas da abasto para paliar la situación de estos jóvenes, y en especial la de las chicas, expuestas, además, a la violencia sensual.

Hasta el pasado jueves, Aya vivía al otro lado de la frontera, en Rincón , y estudiaba peluquería. Su hermano, de 14 años, la despertó a zarandeos en mitad de la noche diciéndole que iba a cruzar a España. Ella no le creyó y él no la esperó. Consultó su móvil y vio que era cierto: había decenas de personas rebasando el paso fronterizo.

Aya salió corriendo de casa, con lo puesto. Caminó 22 kilómetros a oscuras, siguiendo a la masa de gente que avanzaba a la luz de sus móviles. Dice que fueron horas, no sabe cuántas. Después, se lanzó al mar. Recuerda la avalancha, se señalan las heridas aún tiernas, pero dice que eso no era miedo. Lo sintió después, cuando en las calles de Ceuta le persiguió la policía y se escondió debajo de un coche. No quiere contar lo que pasó las dos noches antes de que Zohra la encontrara y sacude la cabeza como ahuyentando algo invisible, pero que aún duele. Zohra la abraza inmenso; se le anegan los ojos cuando le pasa las manos callosas por la circunferencia del rostro: ¿Qué va a hacer ella aquí sola, qué va a hacer? “Ya he hablado con sus padres y no quieren que vuelva a Jovenlandia, ella tampoco”, dice. Pero no puede, no sabe cómo procurarle un futuro. Está insomne desde que la encontró, buscando alternativas. La llevó al centro temporal de acogida de menores y no le dio tiempo ni a ver que estaba colapsado.

“Estaba todo lleno de chicos, de hombres ya, yo no pude dejarla allí con todos ellos, le pueden hacer cualquier cosa”, teme Zohra, echando la mirada al cielo, mentando un terror impronunciable. Volvieron a casa y ahora vuelven a intentarlo en este edificio, donde el boca a boca asegura que hay alguna opción de acogida.

Wafa e Ilhame están en la misma búsqueda desesperada. Wafa tiene 42 años, y ha acogido a cuatro menores ingenieros, que duermen en un sofá de dos plazas en su casa. A Ilhame la ha ubicado en la habitación de su hija. Mientras lo cuenta, Ilhame se pone la mano en el corazón y baja la mirada, un gesto de agradecimiento angustioso, pesado. Se seca los ojos con la chilaba tonalidad crema y dice que quiere estudiar enfermería, por eso vino. Tiene 15 años y es de Río Martín; también cruzó a nado. No sabe dónde están el resto de las amigas con las que surcó el mar. “Me encantaría ocuparme de ella, no quiero que esté en la calle, pero es que no doy abasto” dice Wafa. Moquea por el resfriado y por algo más. Va camino del supermercado para comprar más comida, pero no le salen las cuentas. “Yo también tengo descendientes, mi progenitora, el alquiler, y estoy haciendo todo lo posible por los cinco, pero es que el dinero da para lo que da. No cabemos. ¿Pero qué voy a hacer, dejarla a su suerte?”, se pregunta. Aprieta a mano de Ilhame y le susurra algo en dariya, el árabe dialectal de Jovenlandia. “No te va a pasar nada, estoy aquí. Eso le he dicho”.

Violencia sensual​

Los temores de Zohra y Wafa no son infundados. Este viernes, la Delegación de Gobierno confirmó que se han recibido cinco casos de abusa a menores ingenieros, que se encuentra investigando la Unidad de Atención a Familia y Mujer de la Policía Nacional. Y también confima los temores Rajaa, que entra en la asociación de vecinos de El Príncipe agarrando a una niña de 12 años de los hombros, protegiéndola con su cuerpo. “Por favor, por favor”, suplica. Está muy nerviosa, y la niña, Yuli, tiene los ojos rebosantes de congestión y pánico. Tiembla. Lleva llorando desde anoche. Estaba quedándose dormida tras un contenedor, cuando varios hombres trataron de arrastrarla hacia el monte, manoseándola. Sus gritos despertaron a Rajaa, que vive en una de las casas de colores de la colina, y se asomó temiendo una pelea. Al ver la escena, se echó a la calle junto a su yerno y los atacantes huyeron. “Unos individuos, tirándole de la ropa, arrastrándola. Eran cinco hombres de aquí, tendrían como 30 o 35 años”, dice. Atrae a Yuli hacia su pecho y la acuna. Ella hipa. “Tranquila, ahora eres mi hija también, no te voy a abandonar”, dice, y le riega la frente de besos pequeños. Es de Agadir y cruzó sola. Han hablado con su progenitora, pero no quiere que vuelva. “Ahora esta es tu hermana”, le dice Rajaa, señalando a su hija de sangre.

Por todas las barriadas de Ceuta se repite la escena: mujeres que acogen a niñas, mayoritariamente ingenieros, que vagan por las calles intentando hacerse invisibles. Sucede en Benzú y en Hadú, pero es en Sidi Embarek, en Los Rosales, donde la frustración ha estallado en algo así como una frágil solución temporal. Liderados por el presidente de la barriada, Abdellah Mustafa, los vecinos han habilitado un campo de fútbol sala para refugiarlas. Dos hombres corpulentos custodian la estrecha puerta y hacen guardia durante la noche y durante el día intentan acondicionar el espacio, que iba a ser un cine de verano antes de que todo cambiara en Ceuta. Han puesto tiendas de campaña, lonas y colchones sobre el suelo verde. Chicas menores de edad van llegando a todas horas, guiadas por el boca a boca, y se asoman al campo. Algo se calma en sus rostros al ver que allí solo hay niñas y adolescentes, y cuando acceden, parecen más ligeras. Solo el primer día que abrieron el campo, llegaron cincuenta chicas. Al caer la noche, más de cien. A los dos días, empezaron a apuntar sus nombres en un cuaderno blanco que se quedó escaso al poco: la cifra ya llega a 200, y no caben todas. La mayoría pasa el día fuera y regresa solo a dormir, pero empieza a vislumbrarse el colapso. El Ayuntamiento les ha enviado un aseo portátil, nada más.

Mientras lo instalan, una pareja de chicas comparte risas apoyadas en el muro: Jamnat, de Castillejos, y Zineb, de Agadir. Se han conocido aquí y hacen el símbolo del corazón chocando índice y pulgar cuando les preguntan si son amigas. Tienen 17 y 16 años, y aunque no han tenido una progenitora de acogida que las guiara aquí, proclaman que también tienen zhar, “mucha suerte”. Anoche, estaban dando una vuelta cuando un grupo de chicos cargados con bolsas de cerveza, no más de cinco, intentaron agredirlas sensual. Abdellah rondaba por allí y se enfrentó a ellos. “Eran un grupo, un grupo. Tatuados, como 40 años”, repite él, iracundo. A golpes, logró que huyeran, aunque ha vuelto a verles subidos en motos rondando la zona.

Jamnat escucha a Abdellah relatar lo sucedido y confiesa con un tímido español que pasó mucho miedo. Se frota compulsivamente el hombro izquierdo, por donde la agarraron. A Zineb le cuesta más hablar de los detalles, y aprieta en los labios una conmoción que perdura. Fueron a la policía, en el centro de Ceuta, pero no las atendieron. “Les dijeron que se fueran a las naves del Tarajal. No pudieron ni entrar a la comisaría”, explica Abdellah. Si van a un centro de menores, sea cuando sea, quieren ir juntas. Lo cuentan mientras se abrazan y corean inshallá. Ojalá.

https://elpais.com/espana/2026-08-0...nsual-y-refugiadas-con-sus-nuevas-madres.html


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Solas y acosadas: el drama de las niñas que nadaron a Ceuta​

Las vecinas se convierten en “nuevas madres” para las chicas ante su desprotección. La policía investiga cinco abusa

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Zohra Mohamed avanza tres pasos y retrocede seis. Está atrapada en la misma porción de la calle desde hace horas. Alguien le ha dicho que tras las rejas zainas del edificio polifuncional de la barriada de El Príncipe puede haber esperanza, pero de momento no aparece. Tiene 62 años, 11 nietos y desde hace tres días, una más que no es de su sangre. Es Aya, de 17 años, una joven ingenieros que cruzó a nado a Ceuta. Vestida con camiseta masculina, observa el diminuto ir y venir de Zohra, y repite su propio ritual nervioso, mordisqueando el colgante de una pequeña mariposa que lleva al cuello. “No abren, es que no abren aquí. Dime qué hago, dónde voy”, suplica Zohra a todo el que se cruza. Hace tres días vio a Aya en un callejón, con las piernas llenas de heridas y aún mojada por la travesía. Estaba sola, no tenía zapatos y era de noche. “¿Cómo iba a dejarla así? “Una niña sola, ¿cómo va a ser eso?”, repite agitada. Numerosos ceutíes han acogido a algunos de los miles de menores que el 30 y el 31 de julio entraron en Ceuta por el espigón fronterizo de El Tarajal, pero la solidaridad de los vecinos apenas da abasto para paliar la situación de estos jóvenes, y en especial la de las chicas, expuestas, además, a la violencia sensual.

Hasta el pasado jueves, Aya vivía al otro lado de la frontera, en Rincón , y estudiaba peluquería. Su hermano, de 14 años, la despertó a zarandeos en mitad de la noche diciéndole que iba a cruzar a España. Ella no le creyó y él no la esperó. Consultó su móvil y vio que era cierto: había decenas de personas rebasando el paso fronterizo.

Aya salió corriendo de casa, con lo puesto. Caminó 22 kilómetros a oscuras, siguiendo a la masa de gente que avanzaba a la luz de sus móviles. Dice que fueron horas, no sabe cuántas. Después, se lanzó al mar. Recuerda la avalancha, se señalan las heridas aún tiernas, pero dice que eso no era miedo. Lo sintió después, cuando en las calles de Ceuta le persiguió la policía y se escondió debajo de un coche. No quiere contar lo que pasó las dos noches antes de que Zohra la encontrara y sacude la cabeza como ahuyentando algo invisible, pero que aún duele. Zohra la abraza inmenso; se le anegan los ojos cuando le pasa las manos callosas por la circunferencia del rostro: ¿Qué va a hacer ella aquí sola, qué va a hacer? “Ya he hablado con sus padres y no quieren que vuelva a Jovenlandia, ella tampoco”, dice. Pero no puede, no sabe cómo procurarle un futuro. Está insomne desde que la encontró, buscando alternativas. La llevó al centro temporal de acogida de menores y no le dio tiempo ni a ver que estaba colapsado.

“Estaba todo lleno de chicos, de hombres ya, yo no pude dejarla allí con todos ellos, le pueden hacer cualquier cosa”, teme Zohra, echando la mirada al cielo, mentando un terror impronunciable. Volvieron a casa y ahora vuelven a intentarlo en este edificio, donde el boca a boca asegura que hay alguna opción de acogida.

Wafa e Ilhame están en la misma búsqueda desesperada. Wafa tiene 42 años, y ha acogido a cuatro menores ingenieros, que duermen en un sofá de dos plazas en su casa. A Ilhame la ha ubicado en la habitación de su hija. Mientras lo cuenta, Ilhame se pone la mano en el corazón y baja la mirada, un gesto de agradecimiento angustioso, pesado. Se seca los ojos con la chilaba tonalidad crema y dice que quiere estudiar enfermería, por eso vino. Tiene 15 años y es de Río Martín; también cruzó a nado. No sabe dónde están el resto de las amigas con las que surcó el mar. “Me encantaría ocuparme de ella, no quiero que esté en la calle, pero es que no doy abasto” dice Wafa. Moquea por el resfriado y por algo más. Va camino del supermercado para comprar más comida, pero no le salen las cuentas. “Yo también tengo descendientes, mi progenitora, el alquiler, y estoy haciendo todo lo posible por los cinco, pero es que el dinero da para lo que da. No cabemos. ¿Pero qué voy a hacer, dejarla a su suerte?”, se pregunta. Aprieta a mano de Ilhame y le susurra algo en dariya, el árabe dialectal de Jovenlandia. “No te va a pasar nada, estoy aquí. Eso le he dicho”.

Violencia sensual​

Los temores de Zohra y Wafa no son infundados. Este viernes, la Delegación de Gobierno confirmó que se han recibido cinco casos de abusa a menores ingenieros, que se encuentra investigando la Unidad de Atención a Familia y Mujer de la Policía Nacional. Y también confima los temores Rajaa, que entra en la asociación de vecinos de El Príncipe agarrando a una niña de 12 años de los hombros, protegiéndola con su cuerpo. “Por favor, por favor”, suplica. Está muy nerviosa, y la niña, Yuli, tiene los ojos rebosantes de congestión y pánico. Tiembla. Lleva llorando desde anoche. Estaba quedándose dormida tras un contenedor, cuando varios hombres trataron de arrastrarla hacia el monte, manoseándola. Sus gritos despertaron a Rajaa, que vive en una de las casas de colores de la colina, y se asomó temiendo una pelea. Al ver la escena, se echó a la calle junto a su yerno y los atacantes huyeron. “Unos individuos, tirándole de la ropa, arrastrándola. Eran cinco hombres de aquí, tendrían como 30 o 35 años”, dice. Atrae a Yuli hacia su pecho y la acuna. Ella hipa. “Tranquila, ahora eres mi hija también, no te voy a abandonar”, dice, y le riega la frente de besos pequeños. Es de Agadir y cruzó sola. Han hablado con su progenitora, pero no quiere que vuelva. “Ahora esta es tu hermana”, le dice Rajaa, señalando a su hija de sangre.

Por todas las barriadas de Ceuta se repite la escena: mujeres que acogen a niñas, mayoritariamente ingenieros, que vagan por las calles intentando hacerse invisibles. Sucede en Benzú y en Hadú, pero es en Sidi Embarek, en Los Rosales, donde la frustración ha estallado en algo así como una frágil solución temporal. Liderados por el presidente de la barriada, Abdellah Mustafa, los vecinos han habilitado un campo de fútbol sala para refugiarlas. Dos hombres corpulentos custodian la estrecha puerta y hacen guardia durante la noche y durante el día intentan acondicionar el espacio, que iba a ser un cine de verano antes de que todo cambiara en Ceuta. Han puesto tiendas de campaña, lonas y colchones sobre el suelo verde. Chicas menores de edad van llegando a todas horas, guiadas por el boca a boca, y se asoman al campo. Algo se calma en sus rostros al ver que allí solo hay niñas y adolescentes, y cuando acceden, parecen más ligeras. Solo el primer día que abrieron el campo, llegaron cincuenta chicas. Al caer la noche, más de cien. A los dos días, empezaron a apuntar sus nombres en un cuaderno blanco que se quedó escaso al poco: la cifra ya llega a 200, y no caben todas. La mayoría pasa el día fuera y regresa solo a dormir, pero empieza a vislumbrarse el colapso. El Ayuntamiento les ha enviado un aseo portátil, nada más.

Mientras lo instalan, una pareja de chicas comparte risas apoyadas en el muro: Jamnat, de Castillejos, y Zineb, de Agadir. Se han conocido aquí y hacen el símbolo del corazón chocando índice y pulgar cuando les preguntan si son amigas. Tienen 17 y 16 años, y aunque no han tenido una progenitora de acogida que las guiara aquí, proclaman que también tienen zhar, “mucha suerte”. Anoche, estaban dando una vuelta cuando un grupo de chicos cargados con bolsas de cerveza, no más de cinco, intentaron agredirlas sensual. Abdellah rondaba por allí y se enfrentó a ellos. “Eran un grupo, un grupo. Tatuados, como 40 años”, repite él, iracundo. A golpes, logró que huyeran, aunque ha vuelto a verles subidos en motos rondando la zona.

Jamnat escucha a Abdellah relatar lo sucedido y confiesa con un tímido español que pasó mucho miedo. Se frota compulsivamente el hombro izquierdo, por donde la agarraron. A Zineb le cuesta más hablar de los detalles, y aprieta en los labios una conmoción que perdura. Fueron a la policía, en el centro de Ceuta, pero no las atendieron. “Les dijeron que se fueran a las naves del Tarajal. No pudieron ni entrar a la comisaría”, explica Abdellah. Si van a un centro de menores, sea cuando sea, quieren ir juntas. Lo cuentan mientras se abrazan y corean inshallá. Ojalá.

https://elpais.com/espana/2026-08-0...nsual-y-refugiadas-con-sus-nuevas-madres.html
A Jovenlandia, que está a sólo unos metros.
 
El problema es el sensiblerismo. ¿Dónde pones el listón para justificar por motivos humanitarios la residencia en el país de un forastero? ¿Guerra? De acuerdo. ¿Hambrunas? De acuerdo. ¿Persecución política por parte de una dictadura? De acuerdo. A todos los ingenieros que están en Ceuta y les han preguntado por qué han venido, todos han dicho, de manera literal, "que allí en Jovenlandia no hay trabajo, que el que tiene trabajo cobra 400 euros al mes y que el alquiler de una vivienda está en 200 euros al mes y que es imposible vivir así". Y yo me pregunto..., ¿Qué piensan hacer en España...? ¿Qué trabajo u oficio saben desempeñar? ¿Se han enterado de que no van a poder ganar más de 1200 euros al mes en el mejor de los casos? ¿Saben que alquilar una vivienda en España se te va a los 700 euros al mes? ¿Qué piensan hacer en España? ¿Vivir en la calle o en un parque? Donde vivo tenemos a los onegetas conmocionados porque muchos forasteros viven en los parques sin trabajar y tienen que ir a centros para que les den de comer... Y eso en el mejor de los casos, en el peor, directamente, se dedican a la delincuencia. ¿Dónde pones el nivel de sensiblería?
 
"Sus padres no quieren que vuelva a Jovenlandia". ¿Y esto...?
Ya hace muchos años que pasa en la zona del antiguo protectorado español de Jovenlandia (El Rif), que, por cierto, es la zona más deprimida del país. El Jovenlandia moderno nació de la independencia de la gran zona administrada por los galos en 1956. El Rif cayó ese mismo año, aunque son ciudadanos maltratados por Rabat desde entonces. No me extraña que los padres echen a sus descendientes a España. Conforme pasan los años tenemos nosotros con esta emigración un problema que se va haciendo cada vez más grave.
 

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