Natalidad bajo mínimos y desprecio hacia los bebés en España
Llamar a un recién nacido con el nombre de una cría de insecto no es la excentricidad de cuatro trasnochados. Es el síntoma de un país que ha dejado de reproducirse y que además ha aprendido a hablar de sus hijos como si fueran una plaga. La pregunta es directa: ¿por qué ese término despectivo ha arraigado justo donde menos niños nacen? La respuesta tiene poco de biológica y bastante de económica.
¿Por qué los bebés generan empatía en casi cualquier adulto?
La primera explicación que aparece es la del instinto. Un bebé humano está diseñado para provocar cuidado: llora para generar urgencia, sonríe para generar ternura y su dependencia absoluta activa un resorte difícil de desactivar. El planteamiento inicial sostiene que este mecanismo no es exclusivo de los padres: cualquiera que pase un rato con un bebé acaba sintiendo algo parecido a la protección, incluso quien jamás había mirado un cochecito con interés.
Se argumenta también que ese efecto deja huella medible. Se mencionan estudios con electrodos que registrarían cambios en estructuras cerebrales de quienes cuidan a un bebé, y no solo de la madre. La adopción de criaturas ajenas por parte de la especie se presenta como prueba de que el dispositivo funciona incluso sin vínculo biológico. Esa es la tesis: la empatía hacia los niños no se elige, viene de fábrica.
Del instinto de cuidado al rechazo: qué explica el término despectivo
Y sin embargo, el lenguaje popular ha encontrado un atajo para nombrar a los hijos que suena a fumigación. El término
larvas, aplicado a bebés y niños, es la pieza central de todo esto, y las explicaciones se dividen. Una parte sostiene que el desprecio no va dirigido al niño sino a la madre, a la que se atribuye el conflicto; otra lo lee como una negación en toda regla, la de quien quería hijos y no pudo tenerlos o no se atrevió.
Hay una tercera vía, menos psicológica y más sociológica:
el contacto con bebés se ha desplomado. Las familias son más pequeñas, hay menos hermanos y menos primos, y la escuela y la guardería ocupan el tiempo que antes transcurría en brazos de la
familia. Si el instinto se activa con la exposición, menos exposición significa menos ternura disponible. También hay quien lo resume como el
síntoma de una sociedad enferma, y quien replica que es solo una palabra cuyo significado depende del tono con que se diga.
Estudiar hasta los 30 y cobrar un sueldo decente a los 40
La objeción más repetida no tiene nada que ver con la empatía: es material. La falta de estabilidad económica, laboral y política se señala como el muro real. El argumento se concreta con crudeza: si se termina de estudiar a los 30 y no se encuentra un trabajo decente hasta los 40, si es que llega, no hay plan de vida que vaya más allá de subsistir. Y sin vida resuelta, se concluye, lo cabal es no tenerlos.
El contraataque es histórico.
Nadie ha tenido hijos con la vida resuelta, se responde: la humanidad se ha reproducido en condiciones infinitamente peores. Según se relata en el hilo, en la Edad Media alrededor del
50% de los bebés no llegaba a cumplir el primer año, muchos por enfermedades comunes con fiebres altas, y el infanticidio —por ilegitimidad o por pobreza extrema— figura entre las causas de mortalidad infantil. Ese dato incómodo sirve para desmontar la idea de que criar exige una vida ordenada.
La natalidad española año a año: del 12,64‰ al 7,52‰
Los números aprietan. La serie de tasa bruta de natalidad que se cita dibuja un descenso sin pausa:
- 2021: 7,52‰
- 2020: 8,52‰
- 2019: 10,41‰
- 2018: 10,86‰
- 2017: 12,64‰
Cinco años, casi cinco puntos de caída. La serie completa, con sus indicadores asociados, deja una pendiente que ningún plan de natalidad ha conseguido doblar. Que el desplome coincida con la extensión del vocabulario despectivo hacia los hijos es,
como mínimo, una coincidencia sugerente.
¿Tener más dinero significa tener más hijos? Lo que dicen Japón e India
El patrón se repite fuera de casa. Se sostiene que cuanto más rico es un país, menos hijos se tienen, y que la tendencia es global.
Japón, una de las tres mayores economías del planeta, lleva décadas con una natalidad mínima;
India, al reducir su fecundidad, ha disparado su producto interior bruto. La conclusión que se extrae es incómoda para el relato que culpa a la precariedad: los países con PIB alto no son precisamente los que más niños tienen.
Enfrente, la desconfianza en las cifras. Hay quien sostiene que los datos de países como Irán —
1,8 hijos por mujer— o China están inflados, y que la eliminación de la política de hijo único no cambió tanto como se dice. La discusión acaba en un callejón: unos ven una ley económica, otros ven propaganda demográfica.
Culpar al Gobierno, culpar a las mujeres
El giro político llega rápido. Una parte de las opiniones atribuye la caída de la natalidad a políticas públicas concretas y a un cambio cultural que habría reordenado las prioridades de toda una generación; otra responde que el problema es la falta de estabilidad económica, laboral y política, y que sin mirar esos números no hay diagnóstico posible. En paralelo, una línea del intercambio derivó hacia el rechazo a la inmigración, un argumento que no responde a la pregunta inicial y que, en este asunto, funciona más como desahogo que como análisis.
Con la serie de natalidad en descenso y el contacto con bebés en mínimos, lo probable es que el vocabulario despectivo no desaparezca: se
reciclará. Falta por ver si algún plan público ataca el coste real de criar a un hijo o si seguiremos discutiendo el nombre mientras se vacían las cunas.