El liberal se disfraza mejor que el socialista y el comunista
¿Por qué el votante de centro derecha se siente más engañado por el Partido Popular que por el PSOE? La respuesta que recorre el análisis económico más escéptico con el relato oficial es incómoda: el socialista y el comunista se ven venir, el liberal no. El primero lleva el cartel puesto; el segundo agita la bandera, recita a José Antonio y luego hace lo contrario. Esa asimetría —la transparencia del adversario declarado frente a la opacidad del que se camufla— vertebra un diagnóstico que lleva
1.206 días de discusión y
163 respuestas sin resolverse.
El punto de partida es una tesis que incomoda a ambos flancos:
son peor los liberatas que los sociatas y comunistas. No porque sus políticas sean más dañinas, sino porque su envoltorio es más difícil de desenmascarar. El argumento se apoya en una observación de comportamiento electoral: el PSOE no necesita disfrazarse de nada, mientras que el PP se presenta en campaña como católico, provida y más patriota que nadie, y luego, según esta lectura, traiciona sistemáticamente a ese votante.
La tesis del camuflaje: por qué el liberal engaña más
El núcleo del planteamiento es una jerarquía de peligrosidad. El socialista y el comunista serían «seres destructivos y dañinos, pero no engañan o al menos sólo a los tontos». El liberal, en cambio, «se camufla mejor y es más inteligente». La frase que resume el reproche es la de servir a dos amos: se declaran católicos pero no pisan una iglesia desde la primera comunión, y presumen de patria mientras, según esta corriente, verían con buenos ojos la inmigración si con ella se especula y se gana dinero.
Hay un repertorio de frases que esta lectura considera marca de la casa: «si cierras la verja de Gibraltar matas a las localidades colindantes», «las colonias españolas son pobres y las anglos ricas». A eso se suma el afecto por el mundo anglosajón —la foto de Manhattan o de Londres en el comedor— y la idea de que la civilización son ellos, con las bombas atómicas de Japón como mal necesario y las visitas a Normandía para dar las gracias a los soldados estadounidenses.
El liberalismo como pecado y la agenda 2030
La conversación deriva pronto hacia el terreno religioso. Se sostiene que la Iglesia ya se posicionó sobre los liberales que se llaman católicos, y se equipara esa condena a la que merecen los marxistas. La formulación más tajante: «El liberalismo es pecado y nos lleva al caos de la agenda 2030, es ellos o nosotros». Frente a eso, la respuesta escéptica es inmediata: si no eres sociata, ni comunista, ni liberal, ¿qué eres? La contestación —«soy católico, no necesito partidos que me representen»— cierra el círculo y deja el debate donde estaba.
La trinchera opuesta no tarda en aparecer. Hay quien defiende que «algunas cosas de los liberales están muy bien, siempre y cuando no se toquen recursos y sectores estratégicos». Y quien apunta que el problema no es el liberalismo sino su caricatura: un sistema que necesita quitarte la mitad de lo que ganas en impuestos, crear una administración elefantiásica y meterse hasta en tus tendencias sexuales no es liberalismo, es otra cosa con la etiqueta cambiada.
¿Se ha aplicado alguna vez el liberalismo en España?
Aquí el análisis se vuelve más interesante que el rifirrafe. El argumento más repetido es que España ha sido comunista, fascista, socialista, esclavista y hasta capitalista, «pero nunca, digo nunca, liberales». La conclusión que se extrae: se critica con dureza el único sistema que no se ha probado. El corolario es que el liberalismo acabaría con la paguita, con las progresiones fiscales, con la jubilación por encima de lo cotizado y con la idea de que ciertos servicios los pagan «los ricos».
La contrarréplica llega por la vía de la coherencia: si el liberalismo nunca se ha implantado de verdad, tampoco puede culpársele de lo que hace el poder financiero global. «Llámalo liberalismo, llámalo poder financiero mundial, a mí me da lo mismo», responde el flanco crítico, que acusa a los liberales de usar la misma excusa que los socialistas: que su modelo real nunca llegó a aplicarse.
El poder financiero por encima del Estado
Una de las derivadas más sustanciosas es la que sostiene que el Estado no está por encima de bancos y multinacionales, sino al revés. Se citan los bancos centrales privados, Basilea y el Banco de Pagos Internacionales como la verdadera arquitectura de poder, frente a lo que se describe como «mentiras liberales». En esta lectura, ese poder financiero estaría además alineado con la agenda progresista que se impone de forma coactiva desde el ámbito anglosajón.
La objeción a esa tesis es de lógica elemental: si una docena de familias controlara el mundo, no necesitarían comprar políticos. El poder de mandar pertenece al Estado, no al millonario. Y ahí se abre una grieta que nadie cierra: si el magnate le come la oreja al político, el sistema no puede ser marxismo, pero tampoco liberalismo puro. Las contradicciones se acumulan en ambos lados.
El feudalismo con otro nombre
La descripción más ácida del sistema actual no lo llama liberalismo, sino feudalismo: «unos señores que viven en sus castillos y que te pastorean y esquilman a cambio de un poco de seguridad y meterte mucho miedo». La comparación tiene recorrido, porque conecta con la defensa de la Edad Media como una de las mejores épocas de la historia y con la reivindicación del papel civilizador de la Iglesia y del Imperio español.
En ese marco, el liberalismo se presenta como la primera izquierda, no como la derecha con la que hoy se le asocia. Y se subraya la paradoja de que muchos de sus defensores presumen de patriotismo mientras, según esta crítica, están a la orden del interés anglosajón. El ejemplo que se pone es el de una dirigente del PP aplaudida en el Parlamento británico.
La inmigración como prueba del doble rasero
El asunto migratorio funciona como test de coherencia. Se reprocha que se culpe a los progres de la inmigración masiva cuando, según esta lectura, millones de personas entraron durante gobiernos del PP. La respuesta liberal es que la inmigración que defienden no es la subvencionada con paguitas del Estado, sino la que se rige por reciprocidad: si un migrante puede entrar y tener residencia y sanidad gratis, entonces un español debería tener lo mismo en su país de origen.
El intercambio se encona y pierde precisión. Aparecen reproches personales, referencias a la OTAN y al Sahara, y una acusación recurrente: que el liberalismo es usura disfrazada de doctrina. La discusión se cierra, como casi siempre, sin acuerdo y con la sensación de que cada bando está respondiendo a un interlocutor imaginario.
La lista que nadie quiere contestar
Uno de los mensajes más valorados propone un test sencillo para saber si la sociedad va hacia más o menos liberalismo: ¿hay cada vez más Estado o menos? ¿Más regulaciones o menos? ¿Más impuestos o menos? ¿Más libertad individual o menos? ¿Más deuda pública o menos? ¿Más creación de dinero o menos? ¿Más adoctrinamiento o menos? ¿Más empoderamiento individual o más borreguismo?
La lista no busca una respuesta, sino dejar en evidencia que la etiqueta importa menos que la dirección del movimiento. Y ahí, efectivamente, nadie se pone de acuerdo. Unos ven más Estado y menos libertad; otros ven exactamente lo contrario. El liberalismo, mientras tanto, sigue sin haberse probado del todo. O eso dicen.