Plastilina y He-Man: el juego infantil que saca los colores a los adultos
Hay infancias que dejan huella y otras que dejan, directamente, una colección de muñecos con atributos de plastilina. Un hombre recuerda que de niño modificaba sus He-Man añadiéndoles de forma artesanal un apéndice de plástico moldeado. A Skeleton, el esqueleto antagonista, le esculpió uno robusto, morado y con venas marcadas. La anécdota sería un simple recuerdo nostálgico si no fuera por la reacción de ciertos adultos: la burla, el asco y esa manía de querer diagnosticar la sexualidad del prójimo a partir de sus juguetes. Poca paciencia hay con la masculinidad frágil.
La creatividad infantil no entiende de censura
Los niños llevan décadas reapropiándose de los juguetes, y la plastilina es su mejor aliada. El mismo autor de la confesión reconoce que extendió su técnica a los dinosaurios de Jurassic Park, con un código de colores: el velociraptor rojo, el dilofosaurio verde. Ahí no hay pulsión sexual, hay un proyecto de diseño. La psicología lo enmarca en la curiosidad corporal y el humor escatológico; eso no incomoda. Lo que incomoda es que el niño no siga los cánones de la masculinidad hegemónica.
La doble vara del asco
En paralelo, otro participante admite que lo que quería era una Barbie para montar escenas prohibidas con sus Madelman. Del primero se ríen; del segundo, ni una sola burla. La asimetría es la clave del asunto. Nadie se escandaliza cuando el juego cruza los géneros de forma simpática; el escándalo llega cuando se toca el símbolo máximo del macho, He-Man, y se le añade lo que supuestamente no debería tener. Un apéndice de plastilina sobre un muñeco es, para algunos, peor que una blasfemia.
¿Quién tiene el problema? ¿El niño que experimentaba con su mundo, o los adultos que no soportan que la infancia se parezca a la suya? Que cada cual responda con su propia infancia en la mano.