Berenjena morada a 4,99 €: la cesta de la compra se desboca
Un kilo de berenjenas negras a 3,99 euros. Las moradas, a 4,99. Y en la misma visita, ni zanahorias, ni patatas, ni judías verdes, ni cebollas. La escena se repite estos días en los lineales de buena parte de las cadenas de alimentación, con la ola de frío golpeando los campos y la palabra escasez instalada en la conversación. En un pasillo, la berenjena disparada; en el de al lado, el kilo de cebollas a
0,60 euros y una bandeja de salmón ahumado a 7. La horquilla se ha vuelto tan ancha que comparar precios ya no sirve si no se compara también la tienda.
Los precios de los alimentos llevan meses moviéndose con una volatilidad que desconcierta a quien hace la compra. No es el fenómeno de un solo producto ni de una sola semana: es la suma de heladas, logística interrumpida y una demanda europea que aprieta durante la
cuesta de enero.
¿Cuánto ha subido la compra? Los precios, uno a uno
Un carrito con 8 cocacolas, 4 pizzas, patatas fritas, detergente, atún y arroz se va a
40 euros. Cada visita al supermercado cuesta entre 40 y 50 euros, incluso para quien vive solo. El desglose de los tickets de estos días da cifras que hace un par de años sonaban a broma: una pizza carnívora a 3,40; un cono de nata con fresa a 2,40; dos kilos de patatas para freír a 3,90; el kilo de cabeza de lomo a 5,40; una tarrina de tomate pera a 2,45. El huevo ronda ya los 0,25 euros por unidad.
Las conservas no escapan. Unas latas de calamares en su tinta han pasado de
1,50 a 2 euros en un año, y un after shave de marca blanca ha seguido el mismo camino: 50 céntimos de subida en un producto que costaba 1,50. Hay quien ha optado por la
elasticidad de la demanda de andar por casa: dejar de comprar lo que sube y buscarlo más barato en otro establecimiento. La ironía es que ese mismo consumidor reconoce que se deja 10 euros en una tragaperras sin pestañear.
¿Por qué la berenjena está a 5 euros en enero?
Las heladas han hecho daño a los campos. A eso se suma que la logística ha estado parada cerca de una semana por el covid, y el resultado es un repunte de precios difícil de esquivar. Productos como el brócoli, la berenjena, el calabacín o las espinacas están complicados de conseguir. La previsión que se maneja apunta a que los precios bajen la semana siguiente.
Hay un factor que se repite cada invierno y que conviene no olvidar: la berenjena necesita calorcillo. Fuera de temporada, el producto escasea y se paga. El problema es que el consumidor quiere comer lo mismo todo el año y luego se sorprende del precio.
La berenjena ya subió un 239% en 2017
No es la primera vez. En febrero de 2017 una ola de frío disparó los precios de la verdura con una virulencia que quedó registrada: la berenjena subió un
239%, la lechuga un 156% y el tomate un 72%, según los datos que recogió
El País entonces. El calabacín pasó de 4 a 5,20 euros el kilo en los mercados de barrio. La película se repite con otro decorado y los mismos protagonistas: frío, campo y cesta de la compra.
¿Es inflación real o sueldos que no llegan?
Aquí el diagnóstico se parte en dos. Una corriente sostiene que no hay
inflación de verdad, sino consumidores más pobres o con menos margen. La respuesta desde el otro lado es que cada vez hay más gente con capacidad de gasto, y que el problema es de renta, no de precios. En medio queda un dato incómodo: el salario mínimo ha pasado de
750 a 950 euros, pero hay quien calcula que con el mínimo anterior se compraba más que ahora. El mínimo exento de declarar no ha acompañado al alza del salario, de modo que parte de ese incremento se queda por el camino.
La sospecha de fondo es la de siempre: que la inflación real supera a la oficial porque la cesta del IPC se cambia como en un juego de
trileros. Es una tesis discutida, sin confirmación estadística en los datos que se manejan, pero con arraigo entre quien mira el ticket y no reconoce la cifra que le cuentan.
Escasez, China y la cartilla de racionamiento
El relato más extremo sostiene que China está acaparando la producción de grano, incluso a futuro, y que España camina hacia una cartilla de racionamiento. Conviene separar el temor del hecho: no hay ningún anuncio oficial en ese sentido. Lo que sí existe es un mercado global tenso, con precios de materias primas al alza y una logística que ha demostrado ser frágil. La escasez puntual de productos básicos alimenta la hipótesis, pero de ahí a un sistema de racionamiento hay un trecho que nadie ha confirmado.
La parte más agorera del análisis apunta a que las plataformas logísticas de alimentación acabarán convertidas en servicios armados. Es una imagen de ciencia ficción, no un pronóstico con respaldo.
Comprar latas y aprender a cocinar
Entre las estrategias que se comparten, dos ganan por goleada: llenar la despensa de conservas y volver a la cocina. Un manual de cocina clásico, de esos que están en casa de cualquier abuela, se ha convertido en el objeto más recomendado para ahorrar. La otra vía es dejar de comer fuera: el menú del día de un centro social sale más barato al mes que comprar y cocinar en casa.
El horizonte que dibujan los más pesimistas es una España donde comer bien sea un lujo. Con la berenjena a 4,99 en un pasillo y la cebolla a 0,60 en el de al lado, lo que no acaba de cuadrar es el propio mercado.