Surferos perpetuos. ¿Esta gente de qué vive?

RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

¿De qué vive alguien cuyo currículum se resume en una tabla de surf y cuyo horario lo marca la marea? La crónica sobre la playa de Somo, en Cantabria, retrata a estos profesionales del ocio que han convertido el mar en oficina. El enigma económico persiste: mientras unos los ven como herederos en prácticas, otros apuntan al Estado de bienestar como pagador de última instancia.

Leer el resumen completo →

Epic Failer

Madmaxista
Desde
2 Sep 2013
Mensajes
3.493
Fruta
11.033

A primera hora de la mañana, la playa de Somo empieza a salpicarse de pequeños puntos zainos en el mar. Son ellos: los devotos del océano, los amantes de la sal en la piel, los de piel tostada todo el año. Surfistas, beach boys, probablemente locals –locales, veteranos– que aprovechan las últimas horas de tranquilidad antes de que la playa se atiborre de visitantes y el Cantábrico, de kooks –novatos– dándose sus primeras leches contra sus monstruosas tablas de espuma.

A escasos kilómetros de Santander, la localidad cántabra es una especie de paréntesis en el día a día urbanita de cemento y tráfico continuo. Basta con cruzar la bahía en barca para pasar de una ciudad de oficinas y horarios laborales a un lugar en el que la oficina, para muchos, es... el mar. Los horarios funcionan a su manera. Los pequeños establecimientos se esparcen por el pueblo. Toparse con un finance bro es la excepción dentro de las excepciones. ¿La regla? Gente de piel morena, neoprenos secándose al sol e idas y venidas a escuelas de surf a pie de playa. Pies descalzos. Voluntario, pero recomendado.

En Somo se cargan tablas, no portátiles. Se piensa en clave de quillas, inventos, pies y volumen. El argot es otro y la forma de vida, también. España tiene sus propios paraísos surferos, sus mecas bohemias. En ellos, una tribu discreta, muy «a su rollo», ha construido una vida que gira en torno a caminar sobre el mar.

Cuando el surf apenas empezaba a dar sus primeros pasos como pasatiempo hawaiano, ser un beach boy era abrazar la rebeldía, la sencillez y una despreocupación casi absoluta. Así se conocía a los surfistas pioneros del isleño Waikiki (Hawái). Eran hippies antes de que existieran los hippies. En el Hawái de principios del siglo XX, cuando montar olas seguía siendo una práctica local y estaba muy lejos de convertirse en una industria global, los beach boys de Waikiki habían hecho de la playa su casa y del océano, su lugar de trabajo, ocio y socialización. Surfeaban, enseñaban a hacerlo, acompañaban a los turistas y ejercían como los primeros grandes embajadores del surf moderno. «Los beach boys de Waikiki establecieron el particular sistema de valores por el que acabaría conociéndose el surf», narra el historiador Jim Heimman en Surfing (Taschen), una suerte de enciclopedia detallada sobre la historia de este deporte. Y continúa: «Para aquellos trovadores descalzos, surfear era tan importante como su vida despreocupada, sensual y al margen de las convenciones. Al combinar ambas cosas, los beach boys sentaron las bases de lo que más tarde se llamaría el estilo de vida surfero».

A sus 25 años, Lucas García es un beach boy (casi) como los de antes. Un trovador (a su manera) de pies descalzos y vida consagrada al océano. Melena rubia playera, tatuajes tribales y una vocación que parece haberle marcado el rumbo: «Mucha paz, estar cerca del mar, surfear cada día y no tener una base fija».

Para quienes el surf permea su vida desde que tienen uso de razón, esta forma de vivir ha estado, en mayor o menor medida, presente en su manera de estar en el mundo. Hacer que la vida gire en torno al surf, como deporte o como forma de entender la existencia, es hoy para muchos una nueva versión del sueño americano. Sólo que, en este caso, el sueño no consiste en trabajar más, ganar más y tener más, sino en lo contrario: trabajar lo necesario, vivir cerca del mar y tener tiempo para hacer aquello que realmente importa.

Lucas es parte de esa ola de jóvenes – y no tanto– que se han propuesto escapar de La rueda de la ardilla, cuenta el bilbaíno. Con rueda se refiere a ese bucle incesante de cotidianidad urbanita: trabajos de oficina, horas y horas pegados a una silla hasta fundirse con ella, ojeras más profundas que el cañón del Colorado y vagones de metro a las ocho de la mañana cargados de zombis adormecidos. Con suerte, una caña after work –como premio por haber regalado 12 horas de tu vida– y venga, vuelta a empezar.

Y lo de ardilla... Bueno, se entiende. «Las ciudades sumergen a las personas en un burbuja de aceleración, inmediatez y búsqueda constante de dopamina; vivir del surf es todo lo contrario», opina el veinteañero.

Si el yin es la vida urbana, con sus horarios, sus oficinas y sus prisas, el yang es el día adía de Lucas. «Tengo pocos días que sean iguales», admite. En términos generales, podría dividirlos en dos: los días con y sin viaje. La monotonía la dejó aparcada el día que decidió que su vida giraría en torno a su deporte favorito.

«Bah, yo que tú dejaría el trabajo. Aquí vivimos muy bien. Llevo viviendo del surf toda mi vida. Tengo mar, tengo paz, tengo tranquilidad. ¿Qué más necesito?». Esta frase –¿pulla? ¿epifanía?– no la pronuncia Lucas, aunque podría. Este consejo de vida gratuito lo deja caer en Somo un local de los buenos: instructor en una de las escuelas de surf pioneras de España, tabla en mano, camino de zambullirse en el Cantábrico en lo que probablemente sea su vigésimo cuarto baño del día. Estos románticos parecen haber resuelto la ecuación en la que muchos, sobre todo jóvenes, se dejan los higadillos: cómo vivir sin que la vida se convierta en eso que ocurre entre una jornada laboral y la siguiente.

Este hombre –convertido en gurú de vida en lo que tardamos en llegar a la orilla– puede llevar toda la vida como un beach boy de los buenos, pero para Lucas fue una decisión que tuvo que tomar. No todos nacemos con la tabla bajo el brazo. El bilbaíno es entrenador de surf –ofrece entrenamientos en Bilbao– y, a través de su proyecto, Let’s Surf Together (LST), organiza viajes, experiencias y campamentos dedicados a este deporte.

«Cuando tengo viajes en grupo, estoy a tiempo completo con ellos. Me muevo con el grupo, ejerzo de guía, hago correcciones técnicas, dirijo entrenamientos y organizo dinámicas. Cuando no estoy de viaje, puedo estar en cualquier parte del mundo. Divido la jornada entre el surf y el trabajo de oficina». Lo de vivir del surf, dice, llegó más adelante: una serie de decisiones que fueron encadenándose hasta desembocar en la vida que lleva hoy. La suya es una vida sin demasiados compartimentos estancos. El trabajo, el ocio y la pasión no ocupan casillas distintas en el calendario.

«Para mí es muy importante tener libertad absoluta. No me gusta tener que estar atado a un sitio o a unos horarios», explica. La libertad también tiene sus facturas. Lucas trabaja por cuenta propia, viaja, organiza campamentos y pasa buena parte del año con la agenda pendiente de las olas. Hay meses en los que las cuentas salen mejor que otros. La vida que ha elegido le permite surfear, viajar y no tener una base fija, pero también exige dedicación constante y abrazar la incertidumbre.

Vivir con poco no es ninguna novedad en el mundo del surf. En California, esa cultura encontró un terreno especialmente fértil durante los años de la Gran Depresión, cuando el desempleo y la precariedad se extendían por Estados Unidos. «Ser pobre en la playa del sur de California era mucho mejor que ser pobre en las llanuras de Nebraska», escribe Jim Heimann. Aquellos pioneros se fabricaban sus propios bañadores y tablas, pescaban en el mar, recogían madera para sus hogueras y podían convertir un ukelele, una guitarra y una botella de vino compartida en el entretenimiento de toda una noche. Surfear no solucionaba estar desempleado o tener un trabajo precario, reconoce el historiador, pero al menos era «una buena manera de pasar el rato» cuando no había trabajo.

Borja Beraza, dueño de la escuela de surf Sunset en Somo, heredó de su padre –uno de los primeros surfistas de España– una relación con el océano que venía de mucho antes de que el surf se convirtiera en una actividad turística. Su padre tuvo durante años una tienda especializada y, cuando llegó la jubilación, la escuela –que a su vez es tienda y cafetería– acabó quedando en sus manos. «Creo que el surf sigue proyectando esa idea de libertad con la que todo el mundo lo asocia y que a todo el mundo seduce. A la gente le gusta vivir esa sensación, aunque sea por unos días».

Esa sensación la conoce bien Sergi Yanes, un madrileño que se sumó a la tribu surfera de almas libres, al estilo de vida beach boy a la española. «Conocí el surf con 15 años, me enamoré y me apasioné. A día de hoy me dedico en gran parte al surf. Trabajo en una escuela donde soy instructor y también llevo sus redes sociales». Yanes se ocupa también de su comunidad online, a la que nutre con vídeos periodísticos sobre su especialidad.

Uno de los síntomas más claros del bum del surf, dice el madrileño, es la cantidad de surfcamps que se han popularizado y que triunfan entre los jóvenes, como el de Lucas. Hoy, las redes sociales cumplen en buena medida la misma función que antaño desempeñaron las películas, revistas y programas de radio: vender un estilo de vida. No es un fenómeno nuevo. En el periodo de entreguerras, Hawái –cuna del surf– descubrió su propio potencial de exportación. Películas, revistas, periódicos y programas de radio empezaron a poblarse de imágenes hawaianas que acabarían instalándose en el imaginario colectivo: camisas de flores, muñequitas bailando hula, tablas de surf convertidas en imanes, llaveros y postales.

El estilo de vida surfero se vendía. Y lo sigue haciendo. Al buen marketing sólo hace falta sumarle el hartazgo colectivo: miles de jóvenes esprintando en dirección contraria a la que se supone que deben seguir. Según el estudio Remote Work and Residential Mobility in Europe, realizado en 2024 entre más de 7.400 trabajadores remotos europeos, el 78% de quienes se habían mudado señalaba la calidad de vida como una de las principales razones para hacerlo. El teletrabajo permite elegir no sólo dónde trabajar, sino también cómo y dónde vivir: para muchos, en una ciudad costera, en una furgoneta junto al mar o en un pueblo de surf donde el trabajo cabe en un portátil y el resto de la vida se organiza alrededor de las olas.

Ahí es donde entran los ahora llamados nómadas digitales. Lucas encaja parcialmente en ese perfil, aunque su funcionamiento es algo más caótico para cualquiera que lo mire desde fuera: «Viajo al destino donde organizo la experiencia, me quedo allí un mes y dedico una semana de ese mes a realizar el viaje con el grupo. No me renta tener una base fija». Al reflexionar sobre el atractivo de la vida surfera, tanto Yanes como García mencionan el mismo tópico que –seamos sinceros– haría resoplar a cualquiera: desconexión. «Al final es un deporte en el que estás alejado del móvil, estás en contacto con la naturaleza y te da perspectiva de lo pequeño que eres. Eso yo no lo he encontrado en otros», dice. Y prosigue: «Antes, el surf se asociaba a un deporte de porretas, de gente rara, de locos. Ahora se ha vuelto el epítome de una vida atractiva y libre».

De los cientos de alumnos que pasan por el coaching de Lucas, explica el entrenador, la mayoría tienen ese factor común: «Quieren salir de la rutina. Y una vez lo prueban descubren lo que nosotros llevamos tiempo viviendo: un medio para conectar con el entorno y consigo mismos. Encuentran un estilo de vida que les da paz. Sabiendo lo que hay fuera, yo no sería capaz de volver a la vida urbana», sentencia el beach boy bilbaíno.

Esta tribu de hippies modernos tiene sus motivos. Su devoción por la sal, las olas y el sol no responde solamente a una cuestión de espíritu. También tiene una explicación científica. El surf combina ejercicio, naturaleza y una concentración absoluta que activa el sistema de recompensa del cerebro. En 2023, un ensayo clínico publicado en el periódico online especializado BMC Psychiatry y realizado con 96 militares estadounidenses con depresión concluyó que seis semanas de surfterapia mejoraban los síntomas depresivos y aumentaban, tres meses después, la probabilidad de remisión. El mar, parece, también hace su parte.

Pero Beraza, desde la Sunset School, observa con cierta melancolía cómo ha cambiado la relación entre el surf y quienes llegan a la playa. Antes, cuenta, las familias acudían con sus descendientes y esos chavales aprendían de los pioneros no sólo a ponerse de pie sobre una tabla, sino también qué significaba formar parte de aquella cultura. Porque, como dice Yanes, «los apasionados del surf que viven en estas comunidades tienen una forma de ver las cosas que quizá en una gran ciudad no existe». Sin embargo, según Borja, el surf se ha convertido para muchas personas en una experiencia vacacional más. «A pocos les interesa aprender y todo el mundo se cree con las mismas posibilidades que la gente que lleva muchos años», lamenta.

García lo corrobora: «En parte, el surf ha perdido su identidad». Es una visión más pesimista que la de quienes ven en la popularización del deporte una oportunidad para transmitir sus códigos a una nueva generación. Pero la tensión es precisamente ésa: el surf nunca había estado al alcance de tanta gente y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil conservar aquello que lo hacía reconocible. Cualquiera puede comprar una tabla, apuntarse a una escuela y meterse en el agua. Lo que no se aprende necesariamente en una clase es cómo comportarse en un pico, cuándo remar, cuándo dejar pasar una ola o qué significa ser local. Cómo pertenecer a la última tribu romántica.
 
Buena industria tienen en Somo con el Surf. Pero casi todos son chicos jovencisimos enviados por los padres para aprender mientras ellos trabajan...hay chavales de todas las nacionalidades.

Luego están los que no han pegado palo al agua en su vida. Éstos se dedican a enseñar o a depender de amigos y familiares. Viven con poco y emigran en cuanto llega el frio.
 
Sólo conozco uno así de mi colegio al que tengo en Facebook, que ya tiene casi 40 años, y no ha dado palo al agua en su vida. Se mueve con una autocaravana según el clima de cada sitio y va rotando de pareja cada cierto tiempo. El padre tiene un estanco heredado del abuelo y la progenitora una farmacia (él también estudió farmacia pero creo que no llegó a licenciarse); no sé si tendrán pisos o lo que sea para alquilar, aunque es frecuente en esos perfiles. Él es descendiente único, así que imagino que le pasarán dinero por no hacer nada.
 
Se parecen un poco a la fauna escaladora más fanática. Comparten piso entre varios en pueblos muy baratos cerca de zonas de escalada en la España profunda, tienen sus imvs y ayudas varias o paro, trabajan de forma irregular unos meses y con eso y lonchafinismo extremo pueden vivir varios meses, a veces hasta años, sólo escalando y viviendo en furgos viejas camperizadas.
El día de mañana les preocupa poco, ni se lo plantean. Todo es el ahora.
Viven en una burbuja donde solo se relacionan entre ellos.
Salvo por vivir de forma irregular y de ayudas no hacen daño a nadie. Pero en un país donde entra más de un millón de personas al año tampoco vamos a ponernos exquisitos.
 
Recuerdo hace años en un surfcamp uno de los que vivían ahí se quejaba de que tenía que ir de vez en cuando a Madrid a la oficina del paro para que se lo mantuvieran.
 

A primera hora de la mañana, la playa de Somo empieza a salpicarse de pequeños puntos zainos en el mar. Son ellos: los devotos del océano, los amantes de la sal en la piel, los de piel tostada todo el año. Surfistas, beach boys, probablemente locals –locales, veteranos– que aprovechan las últimas horas de tranquilidad antes de que la playa se atiborre de visitantes y el Cantábrico, de kooks –novatos– dándose sus primeras leches contra sus monstruosas tablas de espuma.

A escasos kilómetros de Santander, la localidad cántabra es una especie de paréntesis en el día a día urbanita de cemento y tráfico continuo. Basta con cruzar la bahía en barca para pasar de una ciudad de oficinas y horarios laborales a un lugar en el que la oficina, para muchos, es... el mar. Los horarios funcionan a su manera. Los pequeños establecimientos se esparcen por el pueblo. Toparse con un finance bro es la excepción dentro de las excepciones. ¿La regla? Gente de piel morena, neoprenos secándose al sol e idas y venidas a escuelas de surf a pie de playa. Pies descalzos. Voluntario, pero recomendado.

En Somo se cargan tablas, no portátiles. Se piensa en clave de quillas, inventos, pies y volumen. El argot es otro y la forma de vida, también. España tiene sus propios paraísos surferos, sus mecas bohemias. En ellos, una tribu discreta, muy «a su rollo», ha construido una vida que gira en torno a caminar sobre el mar.

Cuando el surf apenas empezaba a dar sus primeros pasos como pasatiempo hawaiano, ser un beach boy era abrazar la rebeldía, la sencillez y una despreocupación casi absoluta. Así se conocía a los surfistas pioneros del isleño Waikiki (Hawái). Eran hippies antes de que existieran los hippies. En el Hawái de principios del siglo XX, cuando montar olas seguía siendo una práctica local y estaba muy lejos de convertirse en una industria global, los beach boys de Waikiki habían hecho de la playa su casa y del océano, su lugar de trabajo, ocio y socialización. Surfeaban, enseñaban a hacerlo, acompañaban a los turistas y ejercían como los primeros grandes embajadores del surf moderno. «Los beach boys de Waikiki establecieron el particular sistema de valores por el que acabaría conociéndose el surf», narra el historiador Jim Heimman en Surfing (Taschen), una suerte de enciclopedia detallada sobre la historia de este deporte. Y continúa: «Para aquellos trovadores descalzos, surfear era tan importante como su vida despreocupada, sensual y al margen de las convenciones. Al combinar ambas cosas, los beach boys sentaron las bases de lo que más tarde se llamaría el estilo de vida surfero».

A sus 25 años, Lucas García es un beach boy (casi) como los de antes. Un trovador (a su manera) de pies descalzos y vida consagrada al océano. Melena rubia playera, tatuajes tribales y una vocación que parece haberle marcado el rumbo: «Mucha paz, estar cerca del mar, surfear cada día y no tener una base fija».

Para quienes el surf permea su vida desde que tienen uso de razón, esta forma de vivir ha estado, en mayor o menor medida, presente en su manera de estar en el mundo. Hacer que la vida gire en torno al surf, como deporte o como forma de entender la existencia, es hoy para muchos una nueva versión del sueño americano. Sólo que, en este caso, el sueño no consiste en trabajar más, ganar más y tener más, sino en lo contrario: trabajar lo necesario, vivir cerca del mar y tener tiempo para hacer aquello que realmente importa.

Lucas es parte de esa ola de jóvenes – y no tanto– que se han propuesto escapar de La rueda de la ardilla, cuenta el bilbaíno. Con rueda se refiere a ese bucle incesante de cotidianidad urbanita: trabajos de oficina, horas y horas pegados a una silla hasta fundirse con ella, ojeras más profundas que el cañón del Colorado y vagones de metro a las ocho de la mañana cargados de zombis adormecidos. Con suerte, una caña after work –como premio por haber regalado 12 horas de tu vida– y venga, vuelta a empezar.

Y lo de ardilla... Bueno, se entiende. «Las ciudades sumergen a las personas en un burbuja de aceleración, inmediatez y búsqueda constante de dopamina; vivir del surf es todo lo contrario», opina el veinteañero.

Si el yin es la vida urbana, con sus horarios, sus oficinas y sus prisas, el yang es el día adía de Lucas. «Tengo pocos días que sean iguales», admite. En términos generales, podría dividirlos en dos: los días con y sin viaje. La monotonía la dejó aparcada el día que decidió que su vida giraría en torno a su deporte favorito.

«Bah, yo que tú dejaría el trabajo. Aquí vivimos muy bien. Llevo viviendo del surf toda mi vida. Tengo mar, tengo paz, tengo tranquilidad. ¿Qué más necesito?». Esta frase –¿pulla? ¿epifanía?– no la pronuncia Lucas, aunque podría. Este consejo de vida gratuito lo deja caer en Somo un local de los buenos: instructor en una de las escuelas de surf pioneras de España, tabla en mano, camino de zambullirse en el Cantábrico en lo que probablemente sea su vigésimo cuarto baño del día. Estos románticos parecen haber resuelto la ecuación en la que muchos, sobre todo jóvenes, se dejan los higadillos: cómo vivir sin que la vida se convierta en eso que ocurre entre una jornada laboral y la siguiente.

Este hombre –convertido en gurú de vida en lo que tardamos en llegar a la orilla– puede llevar toda la vida como un beach boy de los buenos, pero para Lucas fue una decisión que tuvo que tomar. No todos nacemos con la tabla bajo el brazo. El bilbaíno es entrenador de surf –ofrece entrenamientos en Bilbao– y, a través de su proyecto, Let’s Surf Together (LST), organiza viajes, experiencias y campamentos dedicados a este deporte.

«Cuando tengo viajes en grupo, estoy a tiempo completo con ellos. Me muevo con el grupo, ejerzo de guía, hago correcciones técnicas, dirijo entrenamientos y organizo dinámicas. Cuando no estoy de viaje, puedo estar en cualquier parte del mundo. Divido la jornada entre el surf y el trabajo de oficina». Lo de vivir del surf, dice, llegó más adelante: una serie de decisiones que fueron encadenándose hasta desembocar en la vida que lleva hoy. La suya es una vida sin demasiados compartimentos estancos. El trabajo, el ocio y la pasión no ocupan casillas distintas en el calendario.

«Para mí es muy importante tener libertad absoluta. No me gusta tener que estar atado a un sitio o a unos horarios», explica. La libertad también tiene sus facturas. Lucas trabaja por cuenta propia, viaja, organiza campamentos y pasa buena parte del año con la agenda pendiente de las olas. Hay meses en los que las cuentas salen mejor que otros. La vida que ha elegido le permite surfear, viajar y no tener una base fija, pero también exige dedicación constante y abrazar la incertidumbre.

Vivir con poco no es ninguna novedad en el mundo del surf. En California, esa cultura encontró un terreno especialmente fértil durante los años de la Gran Depresión, cuando el desempleo y la precariedad se extendían por Estados Unidos. «Ser pobre en la playa del sur de California era mucho mejor que ser pobre en las llanuras de Nebraska», escribe Jim Heimann. Aquellos pioneros se fabricaban sus propios bañadores y tablas, pescaban en el mar, recogían madera para sus hogueras y podían convertir un ukelele, una guitarra y una botella de vino compartida en el entretenimiento de toda una noche. Surfear no solucionaba estar desempleado o tener un trabajo precario, reconoce el historiador, pero al menos era «una buena manera de pasar el rato» cuando no había trabajo.

Borja Beraza, dueño de la escuela de surf Sunset en Somo, heredó de su padre –uno de los primeros surfistas de España– una relación con el océano que venía de mucho antes de que el surf se convirtiera en una actividad turística. Su padre tuvo durante años una tienda especializada y, cuando llegó la jubilación, la escuela –que a su vez es tienda y cafetería– acabó quedando en sus manos. «Creo que el surf sigue proyectando esa idea de libertad con la que todo el mundo lo asocia y que a todo el mundo seduce. A la gente le gusta vivir esa sensación, aunque sea por unos días».

Esa sensación la conoce bien Sergi Yanes, un madrileño que se sumó a la tribu surfera de almas libres, al estilo de vida beach boy a la española. «Conocí el surf con 15 años, me enamoré y me apasioné. A día de hoy me dedico en gran parte al surf. Trabajo en una escuela donde soy instructor y también llevo sus redes sociales». Yanes se ocupa también de su comunidad online, a la que nutre con vídeos periodísticos sobre su especialidad.

Uno de los síntomas más claros del bum del surf, dice el madrileño, es la cantidad de surfcamps que se han popularizado y que triunfan entre los jóvenes, como el de Lucas. Hoy, las redes sociales cumplen en buena medida la misma función que antaño desempeñaron las películas, revistas y programas de radio: vender un estilo de vida. No es un fenómeno nuevo. En el periodo de entreguerras, Hawái –cuna del surf– descubrió su propio potencial de exportación. Películas, revistas, periódicos y programas de radio empezaron a poblarse de imágenes hawaianas que acabarían instalándose en el imaginario colectivo: camisas de flores, muñequitas bailando hula, tablas de surf convertidas en imanes, llaveros y postales.

El estilo de vida surfero se vendía. Y lo sigue haciendo. Al buen marketing sólo hace falta sumarle el hartazgo colectivo: miles de jóvenes esprintando en dirección contraria a la que se supone que deben seguir. Según el estudio Remote Work and Residential Mobility in Europe, realizado en 2024 entre más de 7.400 trabajadores remotos europeos, el 78% de quienes se habían mudado señalaba la calidad de vida como una de las principales razones para hacerlo. El teletrabajo permite elegir no sólo dónde trabajar, sino también cómo y dónde vivir: para muchos, en una ciudad costera, en una furgoneta junto al mar o en un pueblo de surf donde el trabajo cabe en un portátil y el resto de la vida se organiza alrededor de las olas.

Ahí es donde entran los ahora llamados nómadas digitales. Lucas encaja parcialmente en ese perfil, aunque su funcionamiento es algo más caótico para cualquiera que lo mire desde fuera: «Viajo al destino donde organizo la experiencia, me quedo allí un mes y dedico una semana de ese mes a realizar el viaje con el grupo. No me renta tener una base fija». Al reflexionar sobre el atractivo de la vida surfera, tanto Yanes como García mencionan el mismo tópico que –seamos sinceros– haría resoplar a cualquiera: desconexión. «Al final es un deporte en el que estás alejado del móvil, estás en contacto con la naturaleza y te da perspectiva de lo pequeño que eres. Eso yo no lo he encontrado en otros», dice. Y prosigue: «Antes, el surf se asociaba a un deporte de porretas, de gente rara, de locos. Ahora se ha vuelto el epítome de una vida atractiva y libre».

De los cientos de alumnos que pasan por el coaching de Lucas, explica el entrenador, la mayoría tienen ese factor común: «Quieren salir de la rutina. Y una vez lo prueban descubren lo que nosotros llevamos tiempo viviendo: un medio para conectar con el entorno y consigo mismos. Encuentran un estilo de vida que les da paz. Sabiendo lo que hay fuera, yo no sería capaz de volver a la vida urbana», sentencia el beach boy bilbaíno.

Esta tribu de hippies modernos tiene sus motivos. Su devoción por la sal, las olas y el sol no responde solamente a una cuestión de espíritu. También tiene una explicación científica. El surf combina ejercicio, naturaleza y una concentración absoluta que activa el sistema de recompensa del cerebro. En 2023, un ensayo clínico publicado en el periódico online especializado BMC Psychiatry y realizado con 96 militares estadounidenses con depresión concluyó que seis semanas de surfterapia mejoraban los síntomas depresivos y aumentaban, tres meses después, la probabilidad de remisión. El mar, parece, también hace su parte.

Pero Beraza, desde la Sunset School, observa con cierta melancolía cómo ha cambiado la relación entre el surf y quienes llegan a la playa. Antes, cuenta, las familias acudían con sus descendientes y esos chavales aprendían de los pioneros no sólo a ponerse de pie sobre una tabla, sino también qué significaba formar parte de aquella cultura. Porque, como dice Yanes, «los apasionados del surf que viven en estas comunidades tienen una forma de ver las cosas que quizá en una gran ciudad no existe». Sin embargo, según Borja, el surf se ha convertido para muchas personas en una experiencia vacacional más. «A pocos les interesa aprender y todo el mundo se cree con las mismas posibilidades que la gente que lleva muchos años», lamenta.

García lo corrobora: «En parte, el surf ha perdido su identidad». Es una visión más pesimista que la de quienes ven en la popularización del deporte una oportunidad para transmitir sus códigos a una nueva generación. Pero la tensión es precisamente ésa: el surf nunca había estado al alcance de tanta gente y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil conservar aquello que lo hacía reconocible. Cualquiera puede comprar una tabla, apuntarse a una escuela y meterse en el agua. Lo que no se aprende necesariamente en una clase es cómo comportarse en un pico, cuándo remar, cuándo dejar pasar una ola o qué significa ser local. Cómo pertenecer a la última tribu romántica.

fockan chotinas megamillonarias que los patrocinan,,,
 
Somo, calidad de pueblo, playotes y naturaleza bestial.

En Fuerteventura también se ven locos de esos surfeando con más de 60
 
pijos argentinos e italianos a montones en somo
 

Estadísticas del foro

Temas
2.061.433
Mensajes
58.503.521
Miembros
191.113
Último miembro
PlantaDeCafe

El blog de burbuja.info

-
-
Volver