Tarragona 1986: el concierto sin vallas y el silencio de la responsabilidad
El 3 de octubre de 1986, la playa de la Rabassada en Tarragona se convirtió en el escenario de una de las tragedias más silenciadas de la democracia española. Un concierto de la cantante rockera Luz Casal, organizado por la ONCE, terminó en colisión con un tren de mercancías. El resultado fue letal: dos muertos y once heridos. La pregunta que persiste no es solo la del accidente, sino la de la impunidad. ¿Quién paga? ¿Quién responde? La respuesta oficial fue el silencio administrativo y la ausencia total de dimisiones o responsabilidades penales.
La falta de seguridad y la burocracia del permiso
Los datos del informe de la época son contundentes. No había ambulancias en el lugar. No había seguridad pública ni privada. La Guardia Urbana de Tarragona supervisó el lugar, según la ONCE, pero el Ayuntamiento dio un permiso genérico que no especificaba la ubicación exacta del escenario. La falta de visibilidad y la escasa zona para el público empujó a los asistentes a situarse sobre el terraplén de las vías del tren. El estruendo de la música impidió oír la llegada del tren. La ONCE cambió el escenario unos metros antes, sin aviso, y el accidente ocurrió. Los organizadores cubrieron los gastos funerarios y hospitalarios, pero negaron asumir responsabilidades directas. "Todos los papeles estaban en regla", dijeron. Una frase que recuerda a la impunidad de Alcalá 20 o la Discoteca Flying.
El debate sobre la memoria histórica y la política
La tragedia de 1986 fue tratada con una indiferencia que contrasta con la cobertura actual de otros sucesos. Siete artículos de periódico. Ninguna dimisión. Ninguna petición de responsabilidades políticas o penales. El debate actual sobre este hecho no es solo histórico, sino político. Se critica la "memoria selectiva" y la "indignación de alquiler". Mientras que en 1986 el PSOE gobernaba Tarragona y nadie fue a la cárcel, hoy se exige responsabilidad a figuras del PP. La ironía no es menor: la misma impunidad, distinto partido en el poder. La historia se repite, pero la indignación solo llega cuando el chivo expiatorio cambia de color político.
El contexto de la época y la sociedad
En 1986, el mundo era más confiado y simple. Las leyes de seguridad eran diferentes. A los 16 años se podía beber y fumar sin problemas. La sociedad era distinta, y precisamente por tragedias como esa es por lo que hoy existen medidas de seguridad. Pero la lección no se aprendió en 1986. Se aprendió en 2024, con el Madrid Arena. La diferencia no es la tragedia, es la respuesta. En 1986, nadie fue a la cárcel. En 2024, se buscan culpables. La pregunta es: ¿por qué la justicia y la política solo actúan cuando el partido en el poder no es el del momento?
Conclusión: la impunidad como norma
La tragedia de Tarragona es un ejemplo claro de cómo la burocracia y la falta de seguridad pueden costar vidas. La respuesta del Estado fue el silencio. La respuesta de la sociedad, el olvido. Hoy, al recordar este hecho, no se trata de buscar culpables políticos, sino de entender cómo la impunidad se convierte en norma. La
memoria histórica no es un juego de etiquetas, es una lección de vida. Y la lección de 1986 es que, sin vallas de separación, sin seguridad y sin responsabilidad, la tragedia es solo cuestión de tiempo.