Alegrarse de la muerte de alguien: el alivio que cuesta confesar
Reconocer que uno se ha alegrado de la muerte de otra persona no queda bien. Y aun así, en el debate hay quien lo admite sin rodeos. La discusión no es si resulta moral, sino qué revela de quien lo siente y por qué no siempre se admite en público.
Una parte del análisis separa el odio del alivio. El odio desgasta a quien lo cultiva; el alivio es solo constatar que un problema ha dejado de existir. Bajo esa lógica, no es lo mismo desear un mal que dejar de temerlo. «El odio es un sentimiento autodestructivo», resume uno de los participantes.
El alivio cuando desaparece quien amargaba la vida
Otra corriente admite sin rodeos que hay personas cuya ausencia descansa a su entorno. Quien ha convivido con alguien que hace la vida imposible a los demás conoce esa mezcla incómoda de pena y tranquilidad. También hay quien confiesa su alivio ante la muerte de quienes se dedicaban a la violencia, o quien sostiene que la muerte de Franco fue celebrada por buena parte de la población con festejos más largos que una nochevieja.
El caso cotidiano que rompe cualquier teoría
Un participante cuenta un viaje de agosto a Singapur, un compañero de 52 años fallecido de un infarto el 19 de agosto y una lista mental de gente a la que daría igual perder. Otro relata años de carreras de F1 virtuales, hacia 2010, un rival insoportable que insultaba a todos y que un día murió; la muerte la anunció su propia viuda en el foro y no todos los participantes dieron el pésame.
Con estos mimbres, la predicción es incómoda. La moral pública seguirá condenando la alegría ante una muerte y la privada seguirá sintiéndola. Muy pocos lo firmarán.