Tejero muere a los 93 años y reabre la disputa sobre el 23F
El teniente coronel Antonio Tejero ha fallecido en Valencia a los 93 años, rodeado de su familia, según el mensaje que abrió la conversación. La noticia corrió más rápido que su certificado: en cuestión de horas, la misma persona que entró en el Congreso con la pistola en la mano el 23 de febrero de 1981 pasaba de muerto a «en estado crítico» y de ahí a merendar, hasta que su propio hijo aclaró que estaba «malito pero vivo». El episodio, que arrancó con un escueto «ha fallecido», derivó en un ajuste de cuentas colectivo sobre qué fue exactamente aquel asalto y quién se benefició de él.
Quién era Antonio Tejero y por qué su muerte reabre el 23F
Tejero pasó a la historia por un acto que duró menos de un día y que le costó la carrera militar y varios años de prisión. La conversación no discute el hecho —el asalto al Congreso— sino su significado. Para unos fue un «buen español» que pertenecía a otro tiempo, el de los espadones del siglo XIX que intentaban revertir una decadencia con errores metafísicos y políticos. Para otros, fue un engranaje más de una farsa que se le fue de las manos.
La divisa que se le atribuye es el honor. El problema es que el honor, en política, se mide por los resultados y no por las intenciones. Y ahí el balance es incómodo para todos.
La tesis del engaño: un golpe para frenar otro gobierno
La versión que domina el tramo más valorado de la conversación sostiene que Tejero no actuó solo ni improvisó. Según esta lectura, el entonces rey Juan Carlos habría sido el cabecilla de una operación —con el general Armada como hombre de confianza— para instaurar un gobierno de concentración que incluiría ministros socialistas y comunistas. Tejero, al ver la lista del nuevo gabinete, habría reaccionado: «Conmigo que no cuenten».
Los partidarios de esta hipótesis citan una reunión del diputado socialista Enrique Múgica Herzog con Armada en Lérida el 22 de octubre de 1981, y un encuentro previo en noviembre de 1980 entre Múgica, Felipe González y Sabino Fernández Campo en el restaurante El Parrillón. A partir de ahí, la conclusión que se repite es que el 23F fue un esperpento planeado por bribones, y que los que dieron la cara —Tejero y Milans del Bosch— fueron los únicos empapelados mientras el resto se quedó de perfil.
Hay que ser prudente con esto: son afirmaciones que circulan en el debate, no hechos probados judicialmente. La cautela no impide señalar la paradoja que todos reconocen: el mayor beneficiado político del fracaso del golpe fue quien luego se presentó como su salvador.
El relato del salvador de la democracia y sus agujeros
La versión oficial convirtió a Juan Carlos I en el artífice de la democracia por su mensaje televisado de madrugada. En la conversación se subraya que ese relato sirvió para legitimar la monarquía y desactivar el ejército como actor político. El ejército patriota, se argumenta, fue purgado después; la izquierda, que según esta lectura también estaba al tanto, quedó como la que luchó contra el golpe.
El detalle que más se repite es el de Isidoro, nombre con el que se alude al entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, al que se describe como el gran perjudicado: el golpe le dejó K.O. y allanó su salida. «La izquierda siempre está detrás de todas las miserias de España», sentencia una de las corrientes más repetidas, mientras otra responde que quien se descojonó de los pringaos fue el Borbón y Armada.
El bulo de la muerte y el hijo sacerdote
La confusión sobre si Tejero había muerto o no generó su propio subgénero. Un comentario resume el esperpento: «Esta mañana: Ha muerto. Este mediodía: Está en estado crítico. Esta tarde: Está merendando». La desmentida llegó por vía familiar: el hijo, que según los mensajes va disfrazado de sacerdote, aclaró que estaba malito pero vivo.
Ahí no acaba la cosa. Una intervención asegura, sin aportar prueba alguna, que ese hijo es satanista y que ha estado en dos sacrificios satánicos, los de Rocío Wanninkhof y Julen en Totalán. Es una acusación sin respaldo que conviene dejar donde está: en el terreno de la especulación. «Por sus frutos los conoceréis», añade quien la lanza.
Qué queda del personaje: honor, teatro y mala hierba
El balance final es un choque de marcos irreconciliable. Unos despiden al «buen español», al «último patriota», quiza un paleto pero patriota de verdad, no como los que le utilizaron y traicionaron. Otros celebran que la mala hierba nunca muere y piden que le siga el resto. Y una tercera vía, más cínica, resume que fue un engranaje más de la farsa, quizás de los pocos que no estaba al tanto del montaje y se comió el marrón junto a Milans del Bosch.
La película sobre el 23F, que muchos esperaban como un bodrio, acabó dignificando su figura para sorpresa general. Tiene unos minutos de discurso magistrales, se reconoce. Ese es el punto exacto donde el análisis se atasca: no se puede separar al hombre que dio un golpe de Estado del hombre que, según la hipótesis dominante, fue engañado para darlo. Y con esa contradicción sin resolver se queda la cosa.