Jessica Alba y sus hijas: la banalidad de juzgar genes ajenos
En algún rincón de internet, un usuario se toma la molestia de comparar las fotos de Jessica Alba con las de sus hijas adolescentes. No hay dato, no hay contexto: solo opiniones sobre si el parecido es suficiente, si los genes del padre dominan o si las chicas están a la altura de la madre. El resultado es un compendio de lo peor de la cultura digital: análisis estético sin el menor pudor.
La discusión, como tantas otras, se reduce a un puñado de tópicos: que las hijas no llegan al nivel de la madre en su juventud, que los rasgos del padre (de origen latino) son más marcados en una de ellas, o que todo es cuestión de genética. Alguno incluso se pregunta si la hija mayor tiene una condición cromosómica, sin más prueba que la especulación. Ningún dato, ninguna fuente: solo el morbo de juzgar el aspecto de menores de edad.
La obsesión por el físico ajeno
Lo llamativo del asunto no es que existan estos debates –los hay desde que internet es internet– sino la naturalidad con la que se vierten juicios sobre el cuerpo de personas que no han pedido opinión. Jessica Alba, actriz y empresaria, ha visto pasar décadas desde su momento de mayor exposición mediática. Que hoy se compare a sus hijas con su yo de veintipocos años dice más de la fijación cultural con la juventud femenina que de la realidad.
Los comentarios sobre las supuestas imperfecciones de las chicas o sobre su atractivo sexual (en este caso, con menor intensidad que hacia la madre) reflejan un doble rasero: la misma persona que critica a una madre por envejecer se sorprende de que sus hijas no sean réplicas exactas. El cinismo alcanza cotas altas cuando se acusa a la madre de haberse operado y de promocionar cosméticos, y al mismo tiempo se la descalifica por no parecer ya una veinteañera.
El dato que descoloca
Lo único verdaderamente documentable de todo este intercambio es que ninguno de los participantes ha conocido a Jessica Alba ni a sus hijas. Nadie tiene una foto de ella a la misma edad para la comparación –salvo las que la propia actriz ha publicado– ni datos sobre la altura, el peso o los rasgos exactos. Todo es impresión subjetiva. Y sin embargo, el debate existe, consume tiempo y energía, y probablemente volverá a repetirse cuando otra famosa tenga hijos adolescentes.