Ni pastilla ni rezo: nadie coincide en el remedio del malestar
Una persona pide un «remedio» o un parche inmediato para un malestar que no termina de definir y recibe una larga lista de respuestas donde casi nada coincide.
Gimnasio, psiquiatra, meditación, fe y hasta porros y cerveza compiten como solución en una conversación que deja una conclusión incómoda: no hay consenso sobre cómo tratar ese
malestar.
Qué pide alguien cuando pide un remedio inmediato
El punto de partida no es un diagnóstico. Es la necesidad de quien reconoce que ni el ocio ni las recomendaciones de manual le distraen lo suficiente y pide un
parche que funcione ya. «Solo quería saber si había algún remedio o parche más o menos inmediato», resume el autor del mensaje inicial. El problema, admite después, es que al ponerlo por escrito acaba llamando la atención más de lo que quería y sintiéndose peor.
En esa demanda se cuelan dos cosas que el resto de respuestas no resuelve: qué hacer con el vacío y cómo no sentirse solo en el proceso. Una de las respuestas lo deja claro: parte del alivio es «no sentirse solo y formar parte de una comunidad», incluso anónima. La búsqueda del remedio se mezcla con la búsqueda de compañía, y ahí es donde todo se desborda.
¿Por qué el tratamiento psiquiátrico se vuelve un ensayo-error?
La recomendación más repetida, y la que menos atajos ofrece, es acudir a un especialista. El argumento central es que localizar el fármaco adecuado casi nunca es cosa de un solo intento. Un relato lo describe sin adornos: el tratamiento se cambió
tres veces hasta dar con «el que me iba», y hasta entonces la vida era «infernal». El mismo forero describe además un insomnio cruel: despertarse
dos, tres y cuatro horas antes del despertador con una ansiedad difícil de explicar a quien no la ha vivido.
Frente a eso pesa el miedo a la pastilla. Se apunta al riesgo de quedar «sin dejarte zombie» y se insiste en que existe una gama amplia de tratamientos, no un único fármaco. La conclusión que se impone es que no hay atajo: hace falta tiempo, pruebas y un profesional dispuesto a ajustar dosis. El detalle de por qué fallan los primeros intentos es, quizá, lo que más se pierde quien solo lee titulares.
El ejercicio físico como remedio sin receta
La segunda gran corriente defiende el deporte por encima de la química. «La droga que mejor funciona es entrenamiento de fuerza», sostiene un mensaje que cifra la superación en un par de semanas duras antes de notar la mejoría. Otros apuntan al efecto inmediato: la rutina cuesta arrancarla, pero al terminarla el ánimo cambia. Andar a ritmo ligero, senderismo, subir a las cimas de la zona, retos que «de normal no harias ni de coña».
Hay un matiz que aparece con fuerza: no todo ejercicio sirve. Se advierte de que años de gimnasio y piscina en solitario acaban aburriendo y no llenan; lo que funciona, según varios, es el deporte de equipo —tenis, por ejemplo— por el componente social. El ejercicio deja de ser solo un remedio y se convierte también en una forma de romper el aislamiento.
Meditación, alcohol y porros: dónde acaba la ayuda
El tramo más resbaladizo llega con las sustancias. Hay quien propone la meditación como alternativa a la medicación y quien, en el extremo opuesto, sugiere empezar a fumar porros al final del día o tomarse unas cervezas para sobrellevarlo; el propio mensaje que hace esa sugerencia avisa de que cualquier substancia «le creará una adicción directamente proporcional al refugio que busque en ella» y lo describe como una «muerte progresiva, dulce y exultante» al principio y con «sabor a suelo» al final.
Otro forero avisa, sobre el alcohol, de que tiene «uno de los peores síndromes de abstinencia de todas las drogas» y lo señala como posible responsable del mayor número de muertes. En paralelo, un exalcohólico cuenta que lleva
año y medio en seco, con una racha previa de
once años limpio, y no recomienda dejarlo, pero sí controlar cuánto es demasiado. También aparece la mención al CBD y a formatos de vaporización como supuesta vía no psicoactiva, sin ningún dato que los respalde. Ninguna de estas salidas sustituye a un tratamiento, y así se recuerda varias veces.
La fe como último refugio y el incendio que provoca
La otra vía que se ofrece es religiosa. Se propone rezar, leer los Evangelios y buscar la verdad «con humildad», con el argumento de que quien deja de creer «enseguida cree en cualquier cosa». El autor del mensaje inicial se declara «profundamente ateo» y con «buenas razones», y a partir de ahí el intercambio se encona: varios mensajes reprochan con dureza la falta de fe, con descalificaciones mutuas y referencias a castigos religiosos, mientras otros responden desde una espiritualidad al margen de la iglesia. No son posiciones que se puedan zanjar con datos, y el tono sube y baja según quién entre
al trapo.
Merece la pena señalar que el enfrentamiento no aporta ninguna solución práctica al problema de partida. El intercambio deriva hacia territorios —la salvación, la condena, la verdad revelada— que no responden a la pregunta inicial.
El problema de fondo: todo remedio se queda corto
Al final queda la sensación que resume un mensaje: «no hay remedio en este vacío que toda persona padece y que todo el que quiere aportar un remedio, sólo es un parche». La religión llena el hueco durante un tiempo; las sustancias, hasta que el cuerpo se hace inmune y pide más; el ejercicio, mientras la rutina aguanta. La única salida con respaldo profesional en toda la conversación es la que el autor era reacio a aceptar: pedir cita con un especialista y asumir que el proceso es lento.
El propio autor del mensaje termina por ahí. Reconoce ser «muy reacio» y anuncia que va a pedir hora «a ver qué me dicen y a dónde me derivan». Cierra con un agradecimiento y una idea que planea sobre todo el asunto: a veces gente anónima apoya más que la familia o los amigos.
¿Cuántos de los que recomiendan gimnasio, pastillas o fe han pasado de verdad por ese trámite?