Viendo el no-futuro de España, ¿toca aprender árabe?
Si el futuro económico de España se sigue torciendo, habrá que ir aprendiendo árabe. La ocurrencia, lanzada como provocación en una discusión sobre el estado del país, mezcla pesimismo demográfico, crisis del modelo productivo y un malestar cultural que ningún dato macro recoge. No es solo una boutade: hay toda una corriente de análisis que ve el declive como irreversible.
El argumento es simple: con una población envejecida y un mercado laboral que no termina de despegar, la presión migratoria desde el norte de África ganaría peso. Y con ella, dicen, un cambio cultural que obligaría a los españoles a manejarse en árabe para sobrevivir en su propio país. La postura contraria lo considera una exageración: la inmigración no equivale a imposición lingüística y la economía, aunque débil, conserva músculo suficiente.
Lo interesante es que ambas posiciones comparten un diagnóstico: España no tiene un proyecto de futuro creíble. Nadie plantea aprender chino o inglés como plan B; la conversación se ha desplazado hacia una distopía concreta. Ahí, entre la ironía y el miedo, el árabe funciona como metáfora del fracaso colectivo.
Con estos mimbres, la cuestión de fondo queda abierta: si el país no arregla sus cimientos económicos, cualquier idioma de supervivencia será poco. Y esa es la única conclusión que no admite frivolidad.