Antinatalismo: tener hijos, ¿acto de fe o ego?
Nadie firma un contrato con garantía de devolución cuando decide tener un hijo. Y, aun así, buena parte de la conversación pública se comporta como si existiera una póliza: el hijo saldrá sano, será feliz y, llegado el caso, cuidará de nosotros. Cuando la estadística rompe ese supuesto —una enfermedad crónica, una discapacidad severa, una muerte temprana—, aparece el desconcierto y, con él, la pregunta incómoda: ¿sobre qué se sostenía la promesa?
El 'porque yo lo valgo' aplicado a la genética
La crítica más incisiva no se dirige al amor parental, sino a su punto de partida. Se sostiene que buena parte de los progenitores actúa como si criar un hijo fuera una inversión con rendimiento asegurado en lugar de una lotería biológica. El símil que resume esa corriente es brutal y eficaz: comprar una bicicleta e indignarse porque se pincha una rueda. El problema no es el pinchazo, dice, sino haber creído que la unidad venía blindada de fábrica.
Reproducirse: ¿instinto, ignorancia o cálculo?
Las respuestas se dividen. Una línea reduce la decisión a puro instinto: la vida en la Tierra lleva 3.500 millones de años reproduciéndose sin interrupción, y quien no se detiene a pensar ejecuta el programa heredado. Otra apela a la banalidad administrativa, con la imagen de los funcionarios que organizaban ejecuciones masivas sin cuestionarse nada mientras cobraban a fin de mes. Y una tercera es puramente estratégica: si las élites y ciertos colectivos apuestan por familias numerosas mientras otros renuncian, entonces la clave es tener hijos, sin necesidad de saber por qué.
La versión menos épica: no puedo
Entre esos extremos hay un motivo mucho menos filosófico: la incapacidad material. No tener pareja, no llegar a fin de mes, no saber cómo se sostendrá uno mismo en un futuro que se antoja estrecho. Es el argumento menos citado y, seguramente, el más extendido. Reconoce la responsabilidad de criar a alguien y concluye que uno no está en condiciones de asumirla.
El desacuerdo de fondo no es si se quiere a los hijos, sino cuánto de decisión consciente hay en traerlos. Y si esa decisión admite revisión, ¿por qué seguimos tratando la duda como una traición?