El consejo del boomer que ya no funciona: por qué las horas extra no pagadas ya no te llevan a fijo
Un trabajador de 60 años cuenta que a su edad se levantaba a las 8 de la mañana, iba a las fábricas a echar currículums, hacía horas extra sin cobrar, se callaba los fines de semana trabajados, y así consiguió un puesto fijo de nivel medio del que se siente orgulloso. Su consejo a los jóvenes: dad el 200%, sed amables con el jefe, haced de las horas extra una inversión. Suena a manual de autoayuda empresarial de los ochenta.
La vieja escuela de la autoexplotación
La receta es simple: madrugar, callarse, trabajar gratis y esperar que el jefe lo recompense con un ascenso. Según esta visión, la disciplina y el sacrificio son la clave del éxito. Pero el discurso choca con una realidad laboral que ha mutado. Quienes lo defienden suelen atribuir su posición actual a ese esfuerzo, ignorando que el contexto era otro: mercado con menos oferta de mano de obra, sindicatos fuertes, contratos indefinidos que sí llevaban a la estabilidad.
La generación que ya no se traga el cuento
La respuesta mayoritaria es clara: ese modelo está agotado. Las horas extra no pagadas ya no son una inversión, sino una puerta giratoria hacia la explotación. «Trabajar gratis para la empresa solo te convierte en un perro que espera migajas», se argumenta. Los jóvenes señalan que el mercado actual permite despedir con facilidad, que los salarios no cubren ni la inflación, y que la inmigración precariza aún más las condiciones. La figura del «empresaurio» que se aprovecha de la buena voluntad es recurrente. El escepticismo es total: muchos afirman que el verdadero camino es pedir la paguilla o irse a otro sitio donde valoren el tiempo.
El dato que descoloca: pese a que se repite el mismo consejo mes tras mes, la precariedad juvenil no remite. Quizá porque el problema no es la falta de «cojones», sino un mercado laboral que ha roto el pacto entre sacrificio y recompensa.
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